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Chapter 9: La Verdad Detrás Del Proyecto Espejo

Daniel golpeó la reja con la llave inglesa.

El metal vibró, pero no cedió.

Teresa permaneció al otro lado, protegida por una pequeña estructura de concreto. La lluvia le corría por el rostro y el control remoto descansaba en su mano como si fuera un simple juguete.

—¡Abre la puerta! —gritó Daniel.

—No puedo hacerlo.

—¡Tú la cerraste!

—Y puedo volver a abrirla. Pero primero debes escucharme.

Elena se acercó a la reja.

—¡Ya te escuchamos! ¡Nos mentiste durante ocho años!

Teresa apretó los labios.

—Lo hice para proteger a la familia.

Lucía soltó una carcajada desesperada.

—¿Protegernos? ¡Me encerraste con animales!

—Te mantuve viva.

—¡Me dijiste que mi madre no me quería!

Teresa bajó la mirada por un instante.

—Era necesario.

Daniel sintió que la ira le nublaba la vista.

—No existe ninguna razón que justifique lo que hiciste.

Teresa levantó el control remoto.

—Entonces escucha esto antes de condenarme.

Presionó un botón.

Una pantalla instalada sobre la reja se encendió.

Apareció una grabación médica fechada ocho años atrás. En ella se veía a Elena acostada en una cama de hospital, inconsciente, mientras dos médicos examinaban a dos recién nacidas.

Una enfermera sostenía a Sofía.

La otra tenía a Lucía en brazos.

En el fondo, un hombre con bata blanca hablaba con Teresa.

—La alteración genética está presente en ambas niñas —decía el médico—, pero solo una muestra una respuesta inmunológica estable.

Teresa, en la grabación, preguntaba:

—¿Cuál de las dos?

El médico miraba sus documentos.

—La primera presenta una reacción inflamatoria peligrosa. La segunda podría tener una protección natural frente a ciertas infecciones.

Daniel miró a Elena.

Ella tenía lágrimas en los ojos.

—Nunca vi esto.

La grabación continuó.

El médico señaló a una de las bebés.

—Si los resultados se confirman, podríamos desarrollar tratamientos para pacientes con inmunodeficiencias.

Teresa respondió:

—Entonces las dos deben permanecer bajo observación.

—Eso sería ilegal sin el consentimiento de los padres.

Teresa se acercó a él.

—El consentimiento puede conseguirse.

La pantalla se apagó.

Daniel golpeó la reja otra vez.

—¡Eres una enferma!

Teresa no reaccionó.

—Mi fundación había perdido a sus principales patrocinadores. Necesitábamos resultados. Cuando descubrimos que las niñas tenían características distintas, pensé que podríamos estudiar sus respuestas a lo largo de los años.

—¡Son personas! —gritó Elena—. ¡No experimentos!

—Lo sé.

—¡No! ¡No lo sabes!

Elena agarró los barrotes.

—Yo enterré a una hija que nunca murió. Pasé años preguntándome qué había hecho mal, por qué mi cuerpo no había podido protegerla. Mientras tanto, tú la tenías encerrada a unos kilómetros de mí.

Teresa apartó la mirada.

Por primera vez, parecía incapaz de sostener la mirada de su hija.

Daniel observó la pantalla apagada.

Había algo que no encajaba.

—Espera —dijo—. El médico habló de respuestas distintas. Pero tú dijiste que una de nuestras hijas debía morir.

Teresa no respondió.

—¿Por qué?

Ella levantó la cabeza.

—Porque los resultados más recientes indican que una de ellas está desarrollando una enfermedad progresiva.

Elena se quedó inmóvil.

—¿Cuál?

Teresa miró hacia las niñas.

—Sofía.

La pequeña comenzó a llorar.

Daniel la abrazó inmediatamente.

—No le creas.

—Los síntomas ya han comenzado —continuó Teresa—. El cansancio, los episodios de fiebre, los moretones que aparecen sin motivo. ¿Nunca te preguntaste por qué se enfermaba tan a menudo?

Elena se llevó una mano a la boca.

Recordó las visitas al pediatra, los análisis de sangre, las noches en que Sofía despertaba sudando y las ocasiones en que la niña decía sentirse demasiado cansada para jugar.

Daniel sintió que el mundo se derrumbaba.

—Sus médicos dijeron que eran infecciones comunes.

—Porque no tenían acceso a todos los datos.

Teresa señaló a Lucía.

—Su hermana podría tener la respuesta que necesita. Pero si la dejamos fuera del programa, quizá perdamos la única oportunidad de comprender lo que está ocurriendo.

Elena abrazó a ambas niñas.

—No vas a tocar a ninguna.

Teresa suspiró.

—Entonces Sofía podría morir.

El silencio fue devastador.

Sofía levantó la cabeza.

—Mamá, ¿me voy a morir?

Elena le sostuvo el rostro entre las manos.

—No, mi amor. No sabemos eso. Y no vamos a dejar que nadie te haga daño.

Daniel miró a Teresa.

—Si realmente hay una enfermedad, un hospital puede tratarla.

—No conocen su origen.

—¡Entonces les daremos los documentos!

—Los documentos no bastan. Necesitan las muestras y los registros que están dentro de la instalación.

Daniel miró hacia el túnel.

Detrás de ellos, los lobos empezaban a inquietarse. La nube blanca del laboratorio se acercaba lentamente.

Teresa levantó una pequeña tarjeta.

—La información completa está almacenada en el servidor central. Si me entregas a Lucía, te daré todo lo necesario para salvar a Sofía.

Lucía palideció.

Sofía negó con la cabeza.

—No.

Daniel apretó los puños.

—No voy a entregar a mi hija.

—Entonces no puedo ayudarte.

Elena observó a su madre durante unos segundos.

Después hizo algo que Teresa no esperaba.

Sacó del bolsillo la pequeña pulsera de estrella azul.

La había recogido del suelo del corredor mientras Daniel estaba distraído con la grabación.

—¿Reconoces esto?

Teresa miró el objeto.

Su expresión cambió.

—Dámelo.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de especial?

Teresa dio un paso hacia la reja.

—Esa pulsera contiene el número de identificación original de Lucía.

Elena examinó el cierre.

Había una pequeña placa metálica escondida debajo de la estrella.

Con la linterna del teléfono, logró leer una serie de números.

Daniel se acercó.

—¿Y eso qué significa?

Elena recordó los documentos de la carpeta.

Cada muestra tenía un código.

Cada niña tenía un expediente.

Pero los nombres habían sido cambiados.

Teresa extendió la mano.

—Dámela y te explicaré todo.

Elena negó con la cabeza.

—No.

Introdujo la mano entre los barrotes y dejó caer la pulsera al otro lado.

Teresa se agachó para recogerla.

En ese instante, Samuel apareció detrás de ella.

Ya no llevaba la radio ni parecía herido de gravedad. Tenía una pequeña tarjeta de acceso en la mano y la expresión de alguien que había pasado demasiado tiempo esperando el momento adecuado.

Golpeó el panel de control con la tarjeta.

La reja se abrió.

Daniel no perdió un segundo.

Agarró a Elena y a las niñas y salió del túnel.

Samuel se interpuso entre ellas y Teresa.

—Váyanse —dijo—. Yo me encargo de ella.

Teresa lo miró con incredulidad.

—Después de todo lo que hice por ti…

Samuel soltó una risa amarga.

—Tú no hiciste nada por mí. Me pagaste para mentir y me amenazaste cuando intenté detenerte.

Daniel ayudó a Elena a cruzar el terreno embarrado.

La camioneta seguía estacionada cerca del garaje, con una de las puertas abierta.

A lo lejos, unas sirenas comenzaron a sonar.

—¡La policía! —gritó Sofía.

Daniel sintió que el alivio lo inundaba.

Pero antes de llegar al vehículo, Lucía se detuvo.

Miraba su muñeca vacía.

—Papá.

Daniel se volvió.

—¿Qué pasa?

—La pulsera.

Elena se acercó a ella.

—La tenemos, cariño.

Lucía negó con la cabeza.

—No. Esa no era la mía.

Elena se quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

Lucía levantó la manga de su chaqueta roja.

En su muñeca había una segunda pulsera, mucho más pequeña, escondida bajo una venda.

Tenía una estrella azul idéntica.

Pero en el reverso, grabada en letras diminutas, aparecía una frase:

*SUJETO ORIGINAL: SOFÍA.*

Daniel sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—Eso no puede ser.

Lucía miró a su hermana.

—Abuela me dijo que nunca debía mostrarla.

Sofía retrocedió.

—¿Por qué?

Lucía comenzó a llorar.

—Porque yo no fui la primera bebé que se llevaron.

Las sirenas se acercaron.

Elena abrazó a ambas niñas, pero sus ojos estaban fijos en la pulsera.

Daniel comprendió que Teresa no había mentido sobre todo.

Había una enfermedad.

Había experimentos.

Había una niña que podía necesitar a la otra para sobrevivir.

Pero también había un secreto todavía más oscuro.

Si Lucía no había sido la primera bebé que desapareció del hospital…

¿A quién habían entregado realmente a Elena ocho años atrás?

Un último sonido llegó desde la casa.

La voz de Teresa, amplificada por los altavoces exteriores, atravesó la lluvia.

—Daniel, si la policía entra en ese laboratorio, descubrirá lo que hicimos con la tercera bebé.

Elena dejó de respirar.

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Porque nunca había tenido tres hijas.

O al menos, eso era lo que siempre le habían dicho.

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