Chapter 1: Los Lobos Ya Estaban Dentro
—¡Si sueltas la mano de tu papá, Sofía, lo vas a perder para siempre!
El grito de Elena atravesó la oscuridad del ático justo cuando los dedos de Daniel comenzaron a resbalarse de los suyos. Abajo, una manada de lobos salvajes saltaba contra la escalera, con las fauces abiertas y los ojos brillando bajo la luz intermitente de la tormenta.
Pero ninguno de los tres sabía que el verdadero peligro no estaba debajo de ellos.
Todo había comenzado cuarenta minutos antes, cuando Daniel estacionó su camioneta frente a una casa de madera escondida entre las montañas de Colorado.
La lluvia golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que apenas podía distinguir el camino de grava. Los árboles se doblaban bajo el viento, y las ramas arañaban las ventanas como dedos desesperados por entrar.
—¿De verdad tenemos que quedarnos aquí? —preguntó Sofía desde el asiento trasero, abrazando su mochila contra el pecho.
A sus ocho años, la niña tenía una imaginación enorme, pero aquella casa le provocaba una inquietud que no sabía explicar.
Daniel apagó el motor.
—Solo esta noche, princesa. Mañana temprano nos vamos y desayunamos panqueques en el pueblo.
—Me prometiste que no habría animales salvajes —murmuró Sofía.
Daniel miró a Elena antes de responder.
Su esposa llevaba varios días durmiendo mal. Tenía ojeras profundas, el cabello recogido de cualquier manera y las manos constantemente apretadas sobre su suéter beige.
—No te preocupes, mi amor —dijo Elena, forzando una sonrisa—. Tu papá revisó la casa. Estamos seguros aquí.
Daniel tomó las llaves.
—La cabaña tiene puertas reforzadas y un generador. La carretera estará despejada al amanecer.
No mencionó que el dueño anterior había insistido en que no salieran después del anochecer.
Tampoco les dijo que, cuando había hablado con él por teléfono esa tarde, el hombre le había preguntado tres veces si viajaría solo.
Daniel pensó que se trataba de un anciano excéntrico.
Ahora deseaba haber hecho más preguntas.
La casa estaba rodeada por un bosque espeso, lejos de cualquier vecino. Tenía dos pisos, un garaje adjunto y una escalera estrecha que conducía a un pasillo superior. Sobre ese pasillo había una trampilla que daba acceso a un ático bajo, utilizado para guardar herramientas y cajas viejas.
Después de entrar, Daniel dejó las maletas en la sala y encendió las luces.
Una lámpara parpadeó.
—Qué acogedor —dijo Elena, observando las paredes de madera—. Parece el lugar perfecto para una película de terror.
Daniel sonrió.
—Entonces prometo no revisar ningún sótano.
Sofía soltó una risita.
Por unos minutos, la casa pareció normal.
Elena calentó sopa en la cocina. Daniel revisó las ventanas y aseguró la puerta trasera. Sofía se sentó en el sofá con una manta roja sobre las piernas, viendo cómo la lluvia convertía los cristales en espejos oscuros.
Entonces escuchó un ruido.
Tres golpes.
Lentos.
Procedían del garaje.
Sofía levantó la cabeza.
—Mamá, ¿papá está afuera?
Elena dejó la cuchara sobre la encimera.
—No, cariño. Está revisando la puerta del patio.
Los golpes volvieron a sonar.
Esta vez fueron seguidos por un raspón prolongado, como si algo arrastrara las uñas por la madera.
Elena caminó hasta el pasillo.
—¿Daniel?
—¿Qué pasó? —respondió él desde el garaje.
—¿Escuchaste eso?
Hubo un silencio.
Después, Daniel contestó con una voz demasiado tranquila.
—Métete con Sofía a la sala. Ahora.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Elena, hazme caso.
Algo golpeó el otro lado de la puerta del garaje.
La madera tembló.
Elena tomó a Sofía de la mano y retrocedió.
Desde el otro lado, Daniel abrió una pequeña puerta lateral para mirar hacia la entrada de vehículos.
Y entonces los vio.
Cinco lobos corrían bajo la lluvia.
Uno era enorme, con el pelaje gris oscuro y una cicatriz que le cruzaba el hocico. Los otros avanzaban detrás de él, esquivando la camioneta como si conocieran perfectamente el terreno.
El más grande se detuvo.
Miró directamente a Daniel.
Y gruñó.
Daniel cerró la puerta de golpe.
—¡Suban! ¡Ahora!
Elena agarró a Sofía y corrió hacia la escalera. Detrás de ellas, Daniel atravesó el garaje y se lanzó contra la puerta interior justo cuando un golpe brutal sacudió el marco.
—¡Papá! —gritó Sofía.
—¡No se detengan!
Daniel empujó un pesado gabinete de herramientas contra la puerta.
El metal chirrió sobre el concreto.
Un segundo impacto hizo saltar astillas de la madera.
Daniel apenas tuvo tiempo de apartarse antes de que una tercera embestida torciera las bisagras.
Arriba, Elena encontró la escalera plegable del ático y tiró del cordón.
La trampilla se abrió con un crujido.
—¡Sofía, sube!
La niña trepó, llorando, y desapareció en el espacio oscuro.
Elena subió detrás de ella y extendió el brazo hacia el hueco.
Abajo, la puerta del garaje finalmente cedió.
El sonido de las garras sobre el piso inundó la planta baja.
Daniel corrió hacia la escalera.
Cuando llegó al pasillo, los lobos ya estaban entrando en la casa.
—¡Dame la mano! —gritó Elena.
Daniel saltó hacia la escalera plegable.
Un lobo se lanzó contra el primer peldaño y alcanzó a morder la parte inferior de su bota.
Daniel pateó con todas sus fuerzas.
El animal cayó, pero los demás ya estaban debajo.
Sofía se asomó por la abertura.
—¡Papá, rápido!
Daniel subió dos peldaños más.
La escalera tembló.
Elena le sujetó la muñeca con ambas manos. Sofía se abrazó a la cintura de su madre para ayudarla a sostenerlo.
—¡No me sueltes! —gritó Daniel.
—¡No te voy a soltar! —respondió Elena.
Los lobos comenzaron a saltar contra los peldaños inferiores.
Uno de ellos se alzó sobre las patas traseras y lanzó una mordida hacia la pierna de Daniel.
Él intentó subir, pero el peso de su cuerpo hizo que la madera crujiera.
Entonces ocurrió.
Una de sus manos resbaló.
Elena apretó los dientes y tiró de él, mientras Sofía gritaba detrás de su espalda.
Daniel levantó la mirada.
Por encima del hombro de Elena, vio algo que lo dejó helado.
Al fondo del ático había una pequeña ventana.
Y detrás de ella, iluminado por un relámpago, había un hombre observándolos desde el exterior.
Un hombre que no debería haber podido llegar hasta allí.
Porque la ventana estaba a más de seis metros del suelo.
Y porque Daniel reconoció perfectamente su rostro.
Era el antiguo propietario de la cabaña.
El hombre levantó un dedo hasta sus labios, ordenándole guardar silencio.
Después señaló a Sofía.
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Y movió los labios para pronunciar una sola palabra:
—Ella.