Chapter 6: La Niña Que Dormía En Su Casa
—¡Aléjate de mi hija! —gritó Daniel.
La niña se detuvo.
No parecía asustada por la llave inglesa ni por la furia del hombre. Simplemente ladeó la cabeza, observándolo con una curiosidad inquietante.
—¿Cuál de las dos? —preguntó.
Sofía se aferró a la espalda de su padre.
—Papá, tiene mi cara.
—No la mires, cariño.
—Pero…
—¡No la mires!
Elena se interpuso entre Daniel y la niña.
—¿Eres Lucía?
La pequeña sonrió.
—Ese es el nombre que me dieron.
—¿Quién te lo dio?
—Tu madre.
Elena sintió que las piernas le fallaban.
—¿Dónde está Teresa?
La niña levantó la fotografía que sostenía.
—Más cerca de lo que imaginas.
Entonces señaló una puerta al final del corredor.
Daniel se volvió hacia ella.
Hasta ese momento no había notado que la pared terminaba en un marco estrecho, cubierto parcialmente por una cortina negra.
Se acercó con cautela y apartó la tela.
Detrás había una puerta metálica.
Tenía un teclado numérico y una pequeña pantalla apagada.
—Esto no es parte de una cabaña normal —murmuró.
—Nada de esta casa es normal —respondió Elena.
La niña se acercó un paso.
—Mi abuela dice que ya es hora.
—¿Hora de qué? —preguntó Daniel.
—De que la familia vuelva a estar completa.
Daniel apretó la llave inglesa.
—Si das otro paso, te juro que…
—¿Qué vas a hacer? —lo interrumpió ella—. ¿Golpear a una niña?
La pregunta lo dejó inmóvil.
La pequeña aprovechó para mirar a Sofía.
—¿Te gusta tu habitación?
Sofía no respondió.
—¿Te gusta la ventana por la que miras las estrellas? —continuó la niña—. ¿Te gusta el cajón secreto debajo de tu cama?
Daniel sintió un escalofrío.
Sofía tenía un pequeño cajón escondido debajo de la cama donde guardaba sus dibujos y cartas. Nadie, excepto ella y sus padres, sabía que existía.
O eso habían creído.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Elena.
La niña sonrió con tristeza.
—Porque he dormido en esa habitación.
Daniel se colocó delante de Sofía.
—Eso es imposible.
—¿De verdad? —preguntó la niña—. Pregúntale a tu esposa por qué encontró barro en el pasillo hace tres semanas. Pregúntale quién dejó una muñeca sentada en la cocina el día que ustedes regresaron del supermercado.
Elena abrió mucho los ojos.
Recordó perfectamente aquella tarde.
Había encontrado una pequeña muñeca de porcelana sobre la mesa. Pensó que Sofía la había comprado en la escuela, pero la niña había jurado no haberla visto nunca.
Elena la había guardado en una caja.
A la mañana siguiente, la caja estaba vacía.
—No… —susurró.
La niña asintió.
—Yo estaba ahí.
Daniel miró a su esposa.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
—Pensé que había sido una broma. Creí que Sofía estaba jugando conmigo.
—¡Yo no fui! —protestó Sofía, llorando.
Daniel la abrazó.
—Te creo.
La niña de la chaqueta roja bajó la mirada.
Por un instante, pareció realmente triste.
—Yo solo quería ver a mi familia.
Elena dio un paso hacia ella.
—Si eres mi hija, necesito saber qué te hicieron.
La niña levantó los ojos.
—Me enseñaron a ser como Sofía.
—¿Qué significa eso?
—Me enseñaron a hablar como ella, a escribir como ella, a caminar como ella. Me mostraron videos de sus cumpleaños y de sus clases. Me hicieron practicar su sonrisa frente a un espejo.
Daniel sintió una náusea repentina.
—¿Quién te obligó?
—Mi abuela.
—¿Por qué?
La niña señaló la puerta metálica.
—Porque una de nosotras tenía que quedarse con ella.
Elena comenzó a negar con la cabeza.
—No entiendo.
—Cuando nacimos, la abuela dijo que solo podía haber una nieta perfecta. Una hija que llevara el nombre de la familia y otra que desapareciera.
—Eso no tiene sentido —dijo Daniel.
La niña se encogió de hombros.
—Para ella sí.
Sofía levantó la mirada.
—¿Somos gemelas?
La niña asintió.
El silencio se extendió por el corredor.
Elena sintió que el mundo entero se inclinaba.
—Me dijeron que habías muerto —susurró.
—Lo sé.
—Te lloré durante años.
—Lo sé.
—¿Por qué no viniste a buscarme?
La niña bajó la cabeza.
—Porque me dijeron que no me querías.
Elena soltó un sollozo.
Se acercó a la pequeña lentamente, como si temiera que desapareciera al tocarla.
—Nunca dejé de quererte.
La niña levantó el rostro.
—Entonces, ¿por qué solo viniste a buscarme cuando recibiste la carta?
Elena se quedó paralizada.
Daniel miró a su esposa.
—¿Qué carta?
Elena cerró los ojos.
—La que recibí hace dos años. La que decía que Lucía estaba viva.
—¿Qué más decía?
—Que debía dejar de buscarla.
La niña soltó una risa amarga.
—Porque sabían que encontrarías la verdad.
Daniel se acercó a la puerta metálica.
—Necesitamos salir de aquí y llamar a la policía.
La pequeña negó con la cabeza.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque la policía ya vino.
La niña señaló una esquina del corredor.
Allí había una cámara de seguridad, casi oculta entre las vigas.
Una luz roja parpadeaba lentamente.
—Mi abuela está mirando —susurró—. Nos ha estado mirando desde que llegaron.
Daniel levantó la llave inglesa y golpeó la cámara.
Saltaron fragmentos de plástico.
La luz roja se apagó.
Por primera vez, la niña pareció asustada.
—¡No debiste hacer eso!
—¿Por qué? —preguntó Daniel—. ¿Ahora no puede vernos?
—No entiendes. Si pierde la imagen, activa el cierre.
Un pitido agudo resonó en el corredor.
La puerta metálica comenzó a emitir una luz roja.
Desde el techo salió una voz femenina.
—Daniel, Elena, gracias por traer a las dos niñas.
Elena reconoció aquella voz inmediatamente.
—¡Mamá! ¡¿Qué has hecho?!
La voz ignoró la pregunta.
—El procedimiento comenzará en cinco minutos.
Daniel golpeó la puerta con la llave inglesa.
—¡Ábrela!
—No puedo hacerlo —respondió Teresa—. Una de las niñas debe quedarse conmigo.
—¡Son tus nietas!
—Precisamente.
Sofía comenzó a llorar.
—Papá, quiero irme.
Daniel la tomó en brazos.
—Nos vamos a ir, te lo prometo.
La voz de Teresa volvió a escucharse.
—Tienes razón, Daniel. Solo una familia podrá salir de esta montaña.
Se oyó un clic detrás de ellos.
La puerta pequeña del ático se abrió lentamente.
Desde el pasillo llegaron los gruñidos de los lobos.
La niña de la chaqueta roja retrocedió, aterrorizada.
—No… No puede ser.
Daniel levantó la linterna.
Al otro lado de la puerta había un hombre ensangrentado, apoyado contra la pared. Tenía la ropa rasgada y una herida profunda en el hombro.
Era Samuel.
Pero no estaba solo.
Detrás de él, una mujer mayor sostenía una pistola.
Tenía el cabello plateado, los ojos fríos y una sonrisa que Elena conocía desde la infancia.
Teresa.
La madre que había enterrado a una hija sin permitirle ver su cuerpo.
La mujer que ahora apuntaba directamente a Sofía.
—Hola, Elena —dijo con tranquilidad—. Ha pasado demasiado tiempo.
Elena se interpuso inmediatamente.
—Si le haces daño a mi hija, te juro que…
Teresa suspiró.
—Sigues sin comprender. No he venido a hacerle daño a ninguna de las dos.
Bajó el arma y señaló a las niñas.
—He venido a recuperar a la que me pertenece.
Daniel apretó a Sofía contra su pecho.
—Ninguna de ellas te pertenece.
Teresa sonrió.
—Eso es lo que tú crees.
Después sacó un documento doblado del bolsillo y se lo entregó a Elena.
Era un certificado de nacimiento.
En la línea destinada al nombre de la madre aparecía Elena.
En la línea del padre aparecía el nombre de Daniel.
Y debajo había una fecha de registro que demostraba que el documento había sido emitido ocho años antes de que Daniel conociera a Elena.
Él miró el papel, confundido.
—Esto es falso.
Teresa negó lentamente con la cabeza.
—No, Daniel. Tu esposa te ha ocultado muchas cosas, pero esta no es una de ellas.
Elena comenzó a temblar.
Teresa levantó la pistola otra vez.
—Porque tú no conociste a Elena por casualidad.
Daniel miró a su esposa.
—¿De qué está hablando?
Teresa sonrió sin apartar el arma de Sofía.
—Díselo, Elena. Dile quién eligió a Daniel como padre de tus hijas.
Elena abrió la boca.
Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, la niña de la chaqueta roja gritó:
—¡Abuela, no! ¡Él no es el verdadero padre!
Teresa se volvió hacia ella con una furia repentina.
—¡Cállate!
La niña retrocedió, chocando contra la pared.
Y entonces Daniel vio algo que lo dejó sin respiración.
Debajo del cuello de la chaqueta roja, la pequeña tenía una cicatriz idéntica a la suya.
La misma marca que él llevaba desde niño.
La misma forma.
El mismo lugar.
Sofía también la tenía.
Daniel miró a las dos niñas.
Después miró a Elena.
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Y comprendió que la pregunta nunca había sido cuál de ellas era su hija.
La verdadera pregunta era por qué alguien había pasado ocho años intentando convertir a una en la otra.