Chapter 4: Dos Niñas, Una Sola Verdad
—¡No abras esa puerta! —gritó la voz del pasillo—. ¡Mamá, por favor, soy yo!
Elena permaneció inmóvil, con una mano sobre la boca y la otra aferrada al brazo de Daniel. Desde el otro lado de la pequeña puerta del ático, la primera niña comenzó a golpear suavemente la madera. Abajo, los lobos seguían embistiendo la trampilla principal.
Dos voces idénticas.
Dos niñas que conocían su nombre.
Y una familia atrapada entre ambas.
Daniel levantó la linterna hacia la ventana. Samuel seguía afuera, sosteniendo la radio contra el pecho. La lluvia le había empapado la ropa, pero no parecía sentir frío. Sus ojos estaban fijos en Elena.
—¡Dinos qué está pasando! —le gritó Daniel.
Samuel presionó el botón de la radio.
—No tienes tiempo para entenderlo todo. Tienes que elegir a cuál de las dos vas a creer.
—¡No voy a elegir nada! ¡Voy a sacar a mi familia de aquí!
Samuel negó lentamente con la cabeza.
—Entonces todos morirán.
La transmisión terminó con un chasquido.
Daniel golpeó el cristal con la palma.
—¡Maldito cobarde!
—Daniel, espera —dijo Elena.
Él se volvió hacia ella.
—¿Qué más sabes?
—Nada que pueda explicar esto.
—¡Hay dos niñas que dicen ser tus hijas, Elena!
—¡Lo sé!
El grito de Elena hizo que Sofía se encogiera contra unas cajas.
Su madre respiró profundamente y se arrodilló frente a ella.
—Mi amor, necesito que me escuches. Pase lo que pase, no te alejes de tu papá.
Sofía tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Y si una de ellas es mi hermana?
Elena acarició su mejilla.
—Entonces vamos a descubrirlo.
—¿Y si las dos lo son?
Elena no pudo responder.
Desde la puerta, la primera niña volvió a hablar.
—Mamá, ¿te acuerdas de la pulsera?
Elena levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué pulsera?
—La que me pusiste cuando me llevaron al hospital. Tenía una estrellita azul. Me dijiste que, cuando creciera, podría seguir las estrellas hasta encontrarte.
Elena comenzó a temblar.
Aquello no aparecía en ningún documento. Nunca se lo había contado a Daniel. Era un recuerdo privado, una promesa que había susurrado a su bebé mientras esperaba que las enfermeras regresaran.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó con voz quebrada.
—Porque yo estaba ahí.
Daniel miró a su esposa.
—¿Es suficiente?
—No.
La respuesta sorprendió a ambos.
Elena se secó las lágrimas.
—Quiero creerle. Pero no voy a poner en peligro a Sofía por una voz detrás de una puerta.
Entonces la segunda niña gritó desde el pasillo:
—¡Mamá, la otra está mintiendo! ¡Yo tengo la pulsera!
Se oyó el ruido de unos pasos corriendo sobre el piso de abajo.
Daniel miró hacia la trampilla.
—No me gusta esto.
Un golpe hizo temblar la pequeña puerta del ático.
—¡Abre! —gritó la niña encerrada—. ¡No puedo mantenerla afuera!
La madera se arqueó hacia dentro.
Elena retrocedió.
—¿Mantener a quién afuera?
Nadie respondió.
Después, algo arañó la puerta desde el otro lado.
No eran uñas pequeñas.
Los surcos eran profundos, largos y separados, como los de un animal enorme.
Sofía empezó a sollozar.
—Papá, quiero salir de aquí.
Daniel la abrazó con un brazo mientras con el otro buscaba algo que pudiera servir como arma.
Encontró una llave inglesa junto a una caja de herramientas.
—Escúchenme las dos —dijo, mirando alternativamente la puerta y la trampilla—. Si alguna de ustedes quiere que la ayudemos, tendrá que decirnos algo que solo la verdadera Lucía pueda saber.
Se hizo el silencio.
Luego, la niña detrás de la puerta respondió:
—Cuando nací, mamá me puso contra su pecho y me dijo que algún día tendría una hermana llamada Sofía.
Elena se quedó sin aire.
Daniel la miró.
—¿Es verdad?
Ella asintió lentamente.
—Lo soñaba antes de que naciera Lucía. Quería tener dos niñas.
La segunda voz surgió desde abajo.
—¡Yo también sé eso!
Daniel apretó la llave inglesa.
—Entonces dime otra cosa.
La niña del pasillo respondió inmediatamente:
—Mamá tiene una cicatriz debajo de la rodilla derecha porque se cayó de una bicicleta cuando tenía doce años.
Elena palideció.
Daniel la miró, sorprendido.
—¿También es verdad?
—Sí, pero…
La niña encerrada golpeó la puerta.
—¡No le preguntes cosas que cualquiera podría descubrir! ¡Pregúntale qué pasó la noche en que nací!
Elena cerró los ojos.
—No puedo.
—¡Pregúntale! —insistió la niña—. ¡Pregúntale por qué no lloré cuando me sacaron!
Elena empezó a respirar demasiado rápido.
Daniel la sujetó por los hombros.
—Elena, mírame. ¿Qué pasó esa noche?
Ella negó con la cabeza.
—Me dijeron que había nacido muerta.
—¿La escuchaste llorar?
Elena abrió los ojos.
Y por primera vez, su respuesta no fue inmediata.
—No.
Un golpe brutal resonó desde la trampilla principal.
El baúl se deslizó varios centímetros.
Daniel corrió hacia él.
—¡Ayúdame!
Elena se levantó, pero antes de llegar, una voz distinta surgió de la radio que Samuel había dejado encendida junto a la ventana.
—Elena, mi niña, sé que puedes escucharme.
La mujer se quedó paralizada.
Aquella voz no pertenecía a ninguna niña.
Era la voz de su madre.
—Mamá… —susurró.
La transmisión continuó.
—Te dije que nunca buscaras a Lucía. Te dije que, si alguna vez descubrías la verdad, debías mantenerte lejos de esa casa.
Daniel dejó de empujar el baúl.
—¿Tu madre está viva?
Elena lo miró, horrorizada.
La voz de la radio se volvió más fría.
—Y ahora que has traído a Sofía hasta aquí, ya no puedo protegerla.
Se oyó un ruido metálico.
Después, un disparo.
La ventana estalló.
Samuel desapareció entre la lluvia.
Sofía gritó y se cubrió la cabeza mientras Daniel la protegía con su cuerpo.
Cuando levantó la mirada, vio algo que le hizo olvidar por un instante a los lobos.
Sobre el alféizar roto había quedado enganchada una pequeña pulsera infantil.
Una estrella azul colgaba de ella.
Elena la reconoció inmediatamente.
Era la pulsera que había colocado en la muñeca de su primera hija.
Y tenía una mancha oscura, casi negra, en el cierre.
Daniel la recogió con cuidado.
—Elena, ¿qué es esa mancha?
Ella observó el metal bajo la luz de la linterna.
Su rostro perdió todo el color.
—Sangre.
Desde el otro lado de la puerta, Lucía susurró:
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—Ahora ya sabes por qué nunca debes dejarme salir.
Y, detrás de ellos, el baúl comenzó a moverse otra vez.