Chapter 8: La Manada Eligió A Mi Hija
El lobo avanzó por el corredor sin mirar atrás.
Daniel sostuvo una mano sobre su herida mientras Elena lo ayudaba a caminar. Sofía y Lucía iban delante, tomadas de la mano, siguiendo al animal a través de la oscuridad.
Cada pocos metros, la luz roja de una alarma iluminaba sus rostros.
—¿Cómo sabes su nombre? —preguntó Daniel.
Lucía no dejó de caminar.
—Porque estaba conmigo cuando me encerraron aquí por primera vez.
—¿Lo criaste?
—No exactamente.
La niña miró al lobo.
—Cuando tenía cinco años, me escapé de la habitación donde me tenían. Llegué a un lugar debajo de la casa. Había jaulas y muchos animales.
Ámbar era un cachorro. Estaba herido y no podía caminar.
Elena apretó los labios.
—¿Qué te hicieron cuando te encontraron?
Lucía tardó en responder.
—Me castigaron. Me dejaron dos días sin comida.
Sofía apretó con más fuerza la mano de su hermana.
—Lo siento.
Lucía la miró.
—Tú no hiciste nada.
Daniel observó al animal con cautela.
—¿Por qué nos está ayudando ahora?
—Porque nunca me ha hecho daño.
—Es un lobo salvaje, cariño.
—Lo sé, papá.
La palabra salió con tanta naturalidad que Daniel sintió un nudo en la garganta.
Lucía nunca lo había llamado así.
Durante ocho años, alguien le había enseñado a imitar a Sofía, a reproducir sus gestos y a memorizar sus recuerdos. Pero ahora, por primera vez, lo estaba llamando padre porque había decidido hacerlo.
Daniel extendió una mano y le acarició el cabello.
—Estoy aquí, mi amor.
Lucía intentó sonreír.
El pasillo terminó en una escalera metálica que descendía hacia un nivel inferior.
El lobo se detuvo en el primer escalón.
Desde abajo llegaban sonidos de cadenas, golpes y respiraciones agitadas.
Daniel levantó la linterna.
—No me gusta esto.
—Es el laboratorio —dijo Lucía.
Elena la miró horrorizada.
—¿Sabías que existía?
—Me llevaron ahí muchas veces.
—¿Para qué?
Lucía bajó la mirada.
—Para hacerme pruebas. Me sacaban sangre. Me tomaban fotografías.
Me pedían que me lastimara el brazo y observaban cuánto tardaba en dejar de sangrar. A veces me daban medicamentos y después me hacían correr hasta que me desmayaba.
Elena se llevó una mano a la boca.
Daniel sintió que la rabia le quemaba el pecho.
—¿Teresa te hizo eso?
—Ella decía que era necesario para encontrar una cura.
—¿Una cura para qué?
Lucía negó con la cabeza.
—Nunca me lo explicaron.
El lobo descendió unos escalones.
Daniel lo siguió, aunque cada movimiento le provocaba una punzada en el costado.
Al llegar al final, encontraron una sala enorme iluminada por luces fluorescentes. Había jaulas vacías, mesas de acero y estanterías repletas de archivos.
En una pared, detrás de un cristal, colgaban fotografías de varios niños.
Algunos aparecían con vendas.
Otros tenían números escritos debajo de sus nombres.
Daniel sintió náuseas.
—Tenemos que sacar todo esto a la luz.
Elena se acercó a una computadora.
La pantalla mostraba una lista de expedientes.
En la parte superior aparecía el nombre de Lucía.
Debajo estaba el de Sofía.
Y junto a ambos, una etiqueta:
*PROYECTO ESPEJO: FASE FINAL.*
Elena hizo clic en el archivo.
Una serie de documentos apareció en la pantalla.
Había informes médicos, registros de observación y grabaciones de video. En uno de los documentos, Teresa describía el objetivo del proyecto: estudiar cuánto podía alterarse la identidad de una niña cuando se la obligaba a vivir bajo la identidad de otra.
Elena comenzó a llorar.
—Quería convertirlas en una sola persona.
Daniel leyó otra página.
—No solo eso. Aquí dice que planeaban sustituir legalmente a una de ellas cuando cumpliera nueve años.
Sofía retrocedió.
—¿Sustituirme?
Lucía bajó la cabeza.
—Querían que yo fuera tú.
Daniel se volvió hacia ella.
—¿Te dijeron que tenías que hacerlo?
—Me dijeron que, si aprendía a ser Sofía, podría vivir con mamá y papá. Pensé que, si hacía todo bien, algún día me llevarían a casa.
Elena cayó de rodillas.
—Debí encontrarte antes.
Lucía se acercó y la abrazó.
—No sabías dónde estaba.
Elena rodeó a su hija con ambos brazos, llorando contra su cabello.
Durante unos segundos, el laboratorio dejó de existir para ellas.
Solo eran una madre y una niña que se habían perdido durante ocho años.
Entonces sonó una alarma distinta.
La computadora comenzó a parpadear.
En la pantalla apareció una cuenta regresiva de tres minutos.
Daniel se acercó.
—¿Qué es esto?
Lucía palideció.
—El cierre de emergencia.
—¿Qué ocurre cuando llega a cero?
—Las puertas se bloquean y se libera el gas de las salas de contención.
Elena se levantó de inmediato.
—¿Qué gas?
—No lo sé. Nunca me dejaron estar aquí cuando ocurría.
Daniel buscó un botón para detener la cuenta regresiva, pero el teclado no respondía.
—¡Maldita sea!
Un golpe resonó al otro lado de las jaulas.
Después apareció un lobo.
Luego otro.
Y otro más.
Los animales caminaban por el laboratorio, inquietos, con las orejas pegadas al cráneo.
Ámbar se interpuso entre ellos y la familia.
Gruñó una sola vez.
Los demás se detuvieron.
Daniel miró a Lucía.
—¿Puedes hacer que nos dejen pasar?
La niña tragó saliva.
—Voy a intentarlo.
Se arrodilló lentamente y extendió la mano hacia el primer animal.
—Ámbar, somos nosotros. Necesitamos salir.
El lobo se acercó y olfateó sus dedos.
Después giró hacia una puerta situada al fondo del laboratorio.
Lucía se puso de pie.
—Por ahí.
Daniel corrió hasta la puerta y tiró de la manija.
Estaba cerrada electrónicamente.
La cuenta regresiva marcaba dos minutos y diez segundos.
Elena buscó una tarjeta de acceso entre los documentos.
Encontró una con el nombre de Teresa.
Daniel la pasó por el lector.
La luz cambió de rojo a verde.
La puerta se abrió.
Al otro lado había un túnel que descendía hacia el bosque.
El aire frío entró de golpe.
—¡Vamos! —gritó Daniel.
Sofía tomó la mano de Lucía.
Elena sostuvo a Daniel por la cintura para ayudarlo a caminar.
Pero justo cuando llegaron a la salida, una voz surgió de los altavoces.
—Daniel, si abandonas esta instalación, nunca sabrás cuál de las dos niñas fue concebida para sobrevivir.
Daniel se detuvo.
Elena levantó la mirada hacia los altavoces.
La voz de Teresa continuó:
—Una de tus hijas tiene una enfermedad hereditaria que podría matarla antes de cumplir los diez años. La otra posee una mutación que podría salvarla.
Sofía empezó a temblar.
Lucía miró a su madre.
—¿Es verdad?
Elena no respondió.
Daniel sintió que el miedo regresaba con una fuerza brutal.
La pantalla del laboratorio mostró dos expedientes.
Uno llevaba el nombre de Sofía.
El otro, el de Lucía.
Debajo de ambos aparecía la misma frase:
*SOLO UNA PUEDE SER SALVADA.*
La cuenta regresiva llegó a treinta segundos.
Daniel miró a sus hijas.
Y comprendió que Teresa todavía esperaba obligarlo a hacer exactamente lo que había intentado desde el principio.
Elegir.
Pero esta vez, él no iba a jugar con sus reglas.
—No necesitamos su permiso para salvarlas —dijo.
Tomó a Sofía de una mano y a Lucía de la otra.
—Vamos a salir de aquí. Y cuando lleguemos al hospital, los médicos decidirán qué es verdad.
Elena asintió.
La familia entró en el túnel.
Detrás de ellos, Ámbar lanzó un aullido.
Toda la manada respondió.
La cuenta regresiva llegó a cero.
Las luces se apagaron.
Y una nube blanca comenzó a llenar el laboratorio.
Daniel corrió hacia la salida, con el dolor desgarrándole el costado.
Pero al llegar al extremo del túnel, encontraron una reja metálica bloqueando el paso.
Y detrás de ella, bajo la lluvia, estaba Teresa.
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Sostenía un pequeño control remoto.
—Lo siento, Daniel —dijo—. Pero todavía no has entendido cuál de tus hijas necesita morir.