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Chapter 2: El Hombre Detrás de la Ventana

Daniel no podía apartar los ojos de la ventana.

El antiguo propietario seguía allí, inmóvil bajo la lluvia, como si estuviera parado sobre una superficie invisible. Su rostro pálido apenas se distinguía entre los relámpagos, pero Daniel reconoció la cicatriz que atravesaba su ceja izquierda.

Se llamaba Samuel Rivas.

Había vendido la cabaña tres meses antes a una compañía de alquileres vacacionales. Daniel la había reservado aquella misma semana, después de que un accidente en la carretera principal los obligara a cambiar sus planes de viaje.

Samuel debía estar a kilómetros de distancia.

Y, sin embargo, estaba allí.

—¡Daniel, ayúdame! —gritó Elena.

La voz de su esposa lo devolvió al presente.

Su brazo comenzaba a temblar. Los lobos golpeaban los peldaños, y uno había logrado colocar las patas delanteras sobre el cuarto escalón.

Daniel apretó la barandilla.

—¡Sofía, agárrate de mi chamarra!

La niña obedeció y tiró de él con todas sus fuerzas.

—¡No puedo, papá! ¡No puedo!

—Sí puedes, mi amor. Mírame. No mires abajo.

Elena retrocedió sobre las rodillas, arrastrando a Daniel centímetro a centímetro hacia el ático.

La escalera se dobló bajo su peso.

Un crujido seco resonó en la madera.

—¡Se va a romper! —gritó Elena.

—¡Entonces no pares!

Daniel logró subir un peldaño más. La punta de sus dedos alcanzó el borde de la trampilla, pero una mordida al aire le rozó el pantalón.

Sofía cerró los ojos.

—¡Papá!

Con un último esfuerzo, Elena consiguió arrastrarlo hasta el suelo del ático. Los tres cayeron sobre unas cajas cubiertas de polvo.

Daniel se levantó de inmediato y empujó la trampilla.

Una cabeza gris apareció entre los peldaños.

El lobo lanzó una mordida hacia arriba.

Daniel bajó la tapa de golpe.

Las fauces chocaron contra la madera.

—¡Ayúdame! —le gritó a Elena.

Ambos empujaron un viejo baúl contra la trampilla. Las garras rasparon la superficie desde abajo, acompañadas por gruñidos que parecían multiplicarse en el pasillo.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Solo se escuchaban sus respiraciones.

Sofía estaba temblando tanto que sus dientes castañeteaban.

Daniel la abrazó.

—Ya pasó, princesa. Estamos juntos.

—Pero el lobo casi te muerde.

—No me pasó nada.

—¡Te vi caer!

Daniel le acarició el cabello.

—Y tú me ayudaste a subir. Fuiste muy valiente.

Elena los abrazó a ambos, pero su mirada seguía fija en la ventana.

—Daniel —susurró—. ¿Qué estabas mirando?

Él tardó demasiado en contestar.

—A nadie.

—Te conozco desde hace doce años. No me mientas ahora.

Un golpe sacudió la trampilla.

Los tres se estremecieron.

Daniel tomó una linterna de una caja y examinó el ático. El espacio era bajo, con vigas expuestas y un techo inclinado. Había muebles cubiertos con sábanas, cajas de herramientas, una silla rota y una puerta pequeña al fondo.

La ventana estaba vacía.

No había ninguna plataforma afuera.

No había escaleras.

Nada que explicara cómo Samuel había llegado hasta allí.

Elena siguió la dirección de su mirada.

—¿Quién estaba ahí?

Daniel iluminó el cristal.

—Samuel Rivas. El hombre que era dueño de esta casa.

Elena palideció.

—¿El mismo que te llamó antes de que saliéramos?

Daniel bajó lentamente la linterna.

—¿Cómo sabes que me llamó?

—Te escuché hablando en la cocina. Dijiste que todo estaba arreglado y que no había nada de qué preocuparse.

Un nuevo golpe resonó bajo sus pies.

Esta vez, sin embargo, no procedía de la trampilla.

Venía de la pequeña puerta al fondo del ático.

Daniel giró la linterna.

—¿Qué hay detrás de esa puerta? —preguntó Elena.

—No lo sé.

Se acercó despacio y probó el picaporte.

Estaba cerrado.

Sobre la madera había tres marcas profundas, paralelas, como si alguien hubiera intentado arañarla desde el otro lado.

Sofía se escondió detrás de su madre.

—Papá, no la abras.

Daniel observó las marcas.

—No voy a abrirla, cariño.

Entonces escucharon un golpe desde dentro.

Uno solo.

Después, una voz infantil.

—¿Hay alguien ahí?

Elena se llevó una mano a la boca.

La voz volvió a sonar.

—Por favor, ayúdenme.

Daniel miró a su esposa.

—¿Escuchaste eso?

Elena asintió, incapaz de hablar.

Sofía salió lentamente de detrás de ella.

—Parece una niña.

La voz volvió a escucharse.

—Tengo frío.

Daniel apoyó la palma sobre la puerta.

—¿Cómo te llamas?

Hubo un silencio.

Después, la niña respondió:

—Sofía.

La pequeña se quedó rígida.

—Papá… dijo mi nombre.

Daniel apartó la mano.

—No eres Sofía —dijo con firmeza—. Dime quién eres.

Desde el otro lado llegó una risita.

No sonó como la risa de una niña asustada.

Sonó como la de alguien que acababa de ganar un juego.

—Pregúntale a tu esposa —respondió la voz—. Ella sabe quién soy.

Elena retrocedió hasta chocar con una viga.

Daniel la miró.

—¿Qué significa esto?

—No lo sé.

—Elena.

—¡Te estoy diciendo la verdad!

La trampilla volvió a temblar. El baúl se deslizó unos centímetros sobre el suelo.

Daniel corrió para empujarlo de nuevo.

Mientras Elena lo ayudaba, Sofía permaneció mirando la pequeña puerta.

—¿Por qué sabes mi nombre? —susurró.

La voz contestó inmediatamente.

—Porque tu mamá me lo puso antes de que nacieras.

Elena dejó de empujar.

El silencio que siguió fue más aterrador que los gruñidos de los lobos.

Daniel se volvió lentamente hacia ella.

—¿Qué acaba de decir?

Elena tenía los labios entreabiertos, pero no salía ningún sonido.

Sofía miró a su madre.

—Mamá, ¿quién está ahí?

Elena comenzó a llorar.

—Daniel, necesito que me escuches.

Él se levantó, sin apartar los ojos de ella.

—Te estoy escuchando.

—Hay algo que nunca te conté sobre el nacimiento de Sofía.

La puerta del ático recibió tres golpes desde el otro lado.

La voz infantil volvió a hablar.

—Dile la verdad, mamá.

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Y entonces pronunció un nombre que hizo que Daniel sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Me llamo Lucía. Soy tu otra hija.

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