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Chapter 5: La Habitación Que No Existía

Elena no podía dejar de mirar la pulsera.

La estrella azul giraba lentamente entre los dedos de Daniel. Una gota oscura descendió desde el cierre hasta la palma de su mano.

—Tenemos que salir de aquí —dijo él—. Ahora.

—¿Y si la sangre es de Lucía? —preguntó Sofía.

Nadie respondió.

Daniel guardó la pulsera en el bolsillo de su chamarra y examinó la ventana rota. El viento entraba con tanta fuerza que hacía temblar las sábanas que cubrían los muebles.

Desde el exterior llegaba un ruido extraño.

No era la lluvia.

Era el sonido de algo arrastrándose sobre el techo.

Daniel levantó la linterna.

Una sombra cruzó el cristal.

Después, un golpe sacudió las vigas.

—Todos al centro del ático —ordenó—. Lejos de las paredes.

Elena tomó a Sofía de la mano.

—¿Qué es eso?

—No lo sé.

—Daniel, ya basta. No puedes seguir diciéndome que no sabes nada.

Él la miró, agotado.

—¿Quieres que te diga qué sé? Sé que alguien nos trajo aquí deliberadamente. Sé que hay animales intentando entrar y que dos niñas idénticas están jugando con nuestros recuerdos. Y sé que, si no encontramos una salida, no vamos a sobrevivir para averiguar quién está detrás de todo esto.

Elena bajó la mirada.

—Tienes razón.

Daniel suavizó la voz.

—Pero necesito que confíes en mí.

—Confío en ti.

—Entonces dime todo lo que recuerdes de aquella noche.

Elena se sentó sobre una caja y apretó las manos.

—Mi madre se llamaba Teresa. Siempre fue controladora, pero nunca pensé que pudiera hacerme daño. Cuando nació Lucía, ella estaba conmigo en el hospital. Recuerdo que me pidió que descansara mientras las enfermeras se llevaban a la bebé.

—¿Y después?

—Desperté varias horas más tarde. Mi madre estaba sentada junto a la cama. Me dijo que Lucía había muerto por una complicación respiratoria.

Lloré durante días. Después me convenció de que debía olvidar lo ocurrido y empezar de nuevo.

—¿Y lo hiciste?

Elena asintió con vergüenza.

—Intenté hacerlo.

Daniel le tomó la mano.

—No puedes culparte por confiar en tu madre.

Un sonido interrumpió la conversación.

La pequeña puerta se había quedado en silencio.

Daniel se acercó despacio.

—¿Lucía?

Nada.

—Si todavía estás ahí, necesito que respondas.

Tres golpes.

Luego, una voz débil.

—Estoy aquí.

—¿Estás sola?

—Sí.

—¿Qué hay detrás de ti?

La niña tardó en responder.

—La otra puerta.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué otra puerta?

—La que lleva al cuarto donde guardan las fotografías.

Elena se puso de pie.

—En esta casa no hay ningún cuarto así.

—Sí lo hay, mamá. Tú estuviste ahí.

Elena negó desesperadamente con la cabeza.

—Nunca había venido a esta casa.

—No a esta casa. A la otra.

Daniel sintió que algo encajaba.

—¿De qué otra casa estás hablando?

La niña susurró una dirección.

Elena se llevó una mano al pecho.

Era la dirección de la casa donde había vivido con su madre durante su infancia.

La misma casa que había vendido después de marcharse a estudiar fuera del estado.

—Eso es imposible —murmuró—. La demolieron hace años.

—No toda —respondió Lucía—. La habitación sigue ahí.

Un crujido recorrió el ático.

Daniel miró hacia arriba.

Una de las vigas estaba cediendo bajo el peso de algo que se movía sobre el techo.

—No podemos quedarnos.

Se dirigió a la trampilla principal y empujó el baúl contra ella con todas sus fuerzas.

Los gruñidos habían disminuido.

Aquello no lo tranquilizó.

Los lobos que dejan de hacer ruido no necesariamente se han marchado.

Daniel levantó la tapa apenas unos centímetros, lo suficiente para iluminar los escalones inferiores.

No vio ningún animal.

Solo el pasillo oscuro.

—Voy a bajar —dijo.

—¡No! —gritaron Elena y Sofía al mismo tiempo.

Daniel cerró la tapa.

—Necesitamos encontrar otra salida. Tal vez haya una escalera de servicio detrás de esa puerta.

—O tal vez sea una trampa —dijo Elena.

—Todo aquí parece una trampa.

Tomó la llave inglesa y se acercó a la pequeña puerta.

—Lucía, voy a abrir. Aléjate.

—No lo hagas.

Daniel se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque si la abres, ella va a entrar.

—¿Quién?

La respuesta llegó en un susurro.

—La que tiene mi cara.

Daniel miró a Elena.

Después apoyó el hombro contra la puerta.

—A la cuenta de tres.

Uno.

Dos.

Tres.

La madera cedió con un estruendo.

Daniel entró primero, levantando la llave inglesa.

Detrás de la puerta había un corredor estrecho que no debería haber cabido en el espacio disponible del ático. Las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas, sujetas con alfileres oxidados.

Fotografías de Elena.

Fotografías de Daniel.

Fotografías de Sofía en el parque, en la escuela, junto a su ventana.

Y en todas ellas, al fondo, aparecía una niña con una chaqueta amarilla.

Daniel sintió que se le helaba la sangre.

—¿Quién tomó estas fotos?

Elena entró detrás de él y se llevó ambas manos a la boca.

En la pared del fondo había una fotografía de su boda.

Era una imagen que nunca habían publicado.

Daniel reconoció el momento exacto: Elena estaba bailando con él, descalza, riéndose mientras la lluvia golpeaba las ventanas del salón.

En el extremo de la fotografía aparecía Teresa.

Y a su lado, una niña de aproximadamente un año.

La pequeña tenía una estrella azul dibujada en la muñeca.

—Mi madre —susurró Elena.

Sofía se acercó a otra fotografía.

—Papá, mira.

Era una imagen tomada tres meses antes.

Sofía aparecía frente a la escuela, sosteniendo una cartulina. Detrás de ella, junto a un automóvil negro, estaba la misma niña de la chaqueta amarilla.

La niña sonreía directamente a la cámara.

Daniel arrancó la fotografía de la pared.

En el reverso había una fecha y una frase escrita con tinta roja:

*LA PRIMERA VEZ QUE SOFÍA VIO A SU HERMANA.*

—Esto es una locura —murmuró Daniel—. Alguien nos ha estado siguiendo.

Elena encontró una carpeta debajo de una mesa.

En su interior había copias de documentos médicos, certificados de nacimiento y fotografías de dos bebés.

Ambas niñas tenían el mismo pequeño lunar junto a la clavícula.

Pero en uno de los certificados, el nombre había sido tachado.

Elena pasó las páginas con manos temblorosas.

Entonces encontró una hoja firmada por Teresa.

Era una declaración escrita hacía ocho años.

Decía que Elena había aceptado entregar a su segunda hija a una familia adoptiva después de sufrir una crisis emocional.

—Yo nunca firmé esto —susurró.

Daniel examinó la firma.

—Parece auténtica.

—Porque copiaron la mía.

En la última página había una fotografía de Teresa frente a la casa de montaña.

A su lado estaba Samuel.

Entre ambos sostenían a una niña envuelta en una manta blanca.

Y detrás de ellos, sobre el suelo, yacía un hombre con una herida en la cabeza.

Daniel reconoció al instante al investigador que Elena había contratado dos años atrás.

—El hombre no desapareció —dijo—. Lo trajeron aquí.

Un golpe resonó en el corredor.

La puerta por la que habían entrado se cerró de golpe.

Sofía gritó.

Daniel corrió hacia ella, pero una voz surgió desde el fondo del pasillo.

—Qué bueno que encontraron las fotografías.

Una niña salió de las sombras.

Llevaba una chaqueta roja.

La misma chaqueta que Sofía.

Tenía el mismo cabello oscuro, los mismos ojos y el mismo lunar junto a la clavícula.

Sofía retrocedió hasta chocar contra su padre.

—¿Quién eres?

La niña sonrió.

—Tú sabes quién soy.

Daniel levantó la llave inglesa.

—No te acerques.

La niña miró a Elena.

—Mamá, ya puedes dejar de fingir.

Elena comenzó a llorar.

Porque la niña tenía el rostro de Sofía.

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Pero llevaba en la muñeca la pulsera de estrella azul.

Y en su mano derecha sostenía una fotografía reciente de Daniel durmiendo junto a su esposa.

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