Chapter 7: El Padre Que Nunca Debió Conocerlas
Daniel no podía apartar la mirada de las cicatrices.
La pequeña marca debajo de la clavícula derecha era idéntica a la suya. No se trataba de una semejanza aproximada ni de una coincidencia imposible de ignorar. Era una línea curva, delgada, con una pequeña ramificación en el extremo, exactamente como la que él había tenido desde que era niño.
Miró a Sofía.
Después, a la niña de la chaqueta roja.
Finalmente, volvió los ojos hacia Elena.
—¿Qué significa esto?
Elena parecía incapaz de respirar.
—Daniel, yo…
—No me digas que no sabes nada. ¡Mírame y dime qué está pasando!
Teresa soltó una carcajada seca.
—Por fin haces las preguntas correctas.
Daniel se interpuso entre ella y las niñas.
—Baja el arma.
—No estás en posición de dar órdenes.
—¡Bájala!
Teresa levantó ligeramente el cañón, apuntando ahora al pecho de Daniel.
—Tu problema siempre ha sido creer que puedes proteger a todos. Es una cualidad admirable en un hombre, pero también una debilidad muy fácil de explotar.
Samuel, todavía apoyado contra la pared, intentó incorporarse.
—Teresa, ya basta.
Ella giró la cabeza.
—Tú no tienes derecho a hablar.
—Los lobos están sueltos. El sistema está fallando. Si no abrimos la salida ahora, nadie va a salir de esta montaña.
—Te dije que mantuvieras a los animales en el nivel inferior.
Samuel se rio con amargura.
—¿Y qué querías que hiciera cuando Daniel rompió la cámara? ¿Pedirles amablemente que volvieran a sus jaulas?
Elena palideció.
—¿Jaulas?
Teresa guardó silencio.
Daniel sintió que la rabia comenzaba a superar al miedo.
—¿Están criando lobos aquí?
—No son el problema que tienes que resolver —respondió Teresa—. Tu familia es mucho más complicada.
La mujer señaló a la niña de la chaqueta roja.
—Ella es Lucía. Tu hija biológica.
Después señaló a Sofía.
—Y ella es Sofía, la niña que criaste.
Daniel apretó los dientes.
—Ambas son mis hijas.
—Biológicamente, sí.
La frase cayó como una sentencia.
Elena dio un paso adelante.
—¡Tú dijiste que Lucía había muerto!
—Necesitaba que dejaras de buscarla.
—¡Era mi bebé!
—Y la crié para que sobreviviera.
Lucía comenzó a llorar.
—No me criaste. Me encerraste.
Teresa la miró con desprecio.
—Te di un techo, comida y educación.
—Me obligaste a ver videos de Sofía durante horas. Me castigabas cuando no podía imitar su voz. Me decías que, si no aprendía a ser ella, mi mamá nunca me querría.
Elena soltó un grito ahogado.
Sofía se acercó a su hermana.
Por primera vez, las dos niñas se miraron sin miedo.
—Yo nunca quise reemplazarte —susurró Sofía.
Lucía negó con la cabeza.
—Yo tampoco quería reemplazarte. Solo quería conocer a mamá.
Daniel sintió que algo se rompía dentro de él.
Había imaginado muchas veces cómo reaccionaría si alguien amenazaba a su familia. Siempre se había visto luchando, enfrentándose al peligro, haciendo lo necesario para mantener a salvo a su esposa y a su hija.
Nunca había imaginado que el enemigo sería la mujer que había ayudado a criar a Elena.
—¿Por qué nosotros? —preguntó.
Teresa lo observó durante unos segundos.
—Porque tu sangre era la pieza que faltaba.
Daniel frunció el ceño.
—No entiendo.
—Hace ocho años, cuando Elena estaba embarazada, descubrimos que las niñas habían heredado una característica genética muy poco común de tu familia. Una mutación que afectaba la cicatrización y ciertas respuestas inmunológicas. Los médicos de mi fundación querían estudiar ese rasgo.
—¿Tu fundación?
—Un centro privado de investigación médica. Teníamos patrocinadores, instalaciones y recursos. Podríamos haber hecho descubrimientos extraordinarios.
—¿Usando a mis hijas como experimentos?
Teresa no respondió directamente.
—Cuando nacieron, decidí que una de ellas sería criada dentro del programa y la otra crecería contigo. Así podríamos comparar sus resultados sin que las familias sospecharan nada.
Elena la abofeteó.
El sonido resonó por todo el corredor.
—¡Monstruo!
Teresa retrocedió un paso, sorprendida.
Después levantó el arma.
—Nunca vuelvas a tocarme.
Daniel se lanzó hacia ella.
Pero Teresa disparó.
El estruendo hizo vibrar las paredes.
Samuel gritó.
Daniel sintió un golpe caliente en el costado y cayó de rodillas.
—¡Papá!
Sofía corrió hacia él.
Elena se arrodilló a su lado, presionando la herida con ambas manos.
—¡Daniel, mírame! ¡Por favor, mírame!
Él apretó los dientes.
La bala le había rozado el costado, pero la sangre empapaba rápidamente su camisa.
—Estoy bien —murmuró.
—¡No estás bien!
Teresa retrocedió hacia la puerta metálica.
—No quería que esto ocurriera.
Samuel soltó una carcajada dolorosa.
—Siempre dices eso después de dispararle a alguien.
Teresa le apuntó.
—Cállate.
Samuel levantó lentamente las manos.
—Ya no tienes control sobre nada. La policía está buscando esta propiedad desde hace meses. Las fotografías, los documentos, los registros médicos… Todo está guardado en el servidor del laboratorio. Si desaparecemos, alguien encontrará las pruebas.
Teresa perdió por un instante su expresión de seguridad.
Daniel aprovechó para agarrar a Elena del brazo.
—Tenemos que salir.
Elena ayudó a Daniel a ponerse de pie. Sofía tomó la mano de Lucía.
Las dos niñas avanzaron juntas hacia el corredor.
Pero Teresa sonrió.
—¿Creen que pueden marcharse?
Presionó un botón en el panel metálico.
Se escuchó un estruendo bajo sus pies.
Las luces se apagaron.
Después, una alarma comenzó a sonar.
Desde las paredes llegaron golpes violentos, acompañados por gruñidos y arañazos.
Samuel miró hacia la escalera.
—¿Qué hiciste?
Teresa mantuvo el dedo sobre el botón.
—Liberé el nivel inferior.
Daniel sintió que la sangre se le helaba.
—Los lobos…
—Ya no están encerrados.
Un golpe sacudió la puerta del corredor.
Otro golpe.
Después, el metal comenzó a doblarse.
Teresa aprovechó la oscuridad para desaparecer detrás de una puerta lateral.
Samuel se lanzó tras ella, pero se desplomó antes de alcanzarla.
Elena sostuvo a Daniel mientras las niñas se abrazaban.
—¿Qué hacemos? —preguntó Sofía.
Daniel miró a sus hijas.
Por primera vez en toda la noche, supo exactamente qué debía hacer.
No iba a elegir entre ellas.
No iba a permitir que Teresa volviera a separarlas.
—Nos vamos juntos —dijo—. Los cuatro.
La puerta metálica cedió parcialmente.
Una cabeza gris apareció entre la abertura.
Lucía soltó un grito.
Pero en lugar de abalanzarse sobre ellos, el lobo se detuvo frente a la niña.
La observó.
Después inclinó la cabeza.
Lucía, temblando, extendió lentamente una mano.
—Tranquilo, Ámbar —susurró.
Daniel se quedó helado.
El animal no gruñó.
No atacó.
Solo se apartó de la puerta y miró hacia el corredor oscuro.
Como si estuviera esperando que lo siguieran.
Lucía miró a Daniel.
—Papá, tenemos que ir con él.
Y cuando el lobo comenzó a caminar, Daniel comprendió que Teresa había cometido un error mucho más grande que liberar a los animales.
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Había olvidado que Lucía llevaba ocho años viviendo entre ellos.
Y que, en aquella montaña, la única persona que los lobos reconocían como parte de su manada era su hija.