Chapter 3: La Hija Que Elena Enterró en Su Pasado
Daniel miró a Elena como si acabara de convertirse en una desconocida.
—¿Otra hija?
Elena se cubrió la boca con ambas manos.
—Por favor, Daniel…
—No. No me pidas que me calme. Acabo de arriesgar mi vida para llegar hasta aquí, hay lobos intentando entrar y una niña encerrada detrás de esa puerta acaba de decir que es tu hija.
Sofía se aferró a la chamarra de su padre.
—Papá, ¿tengo una hermana?
Daniel no respondió.
Elena cayó de rodillas.
—Sí —susurró—. Pero no es lo que crees.
Desde el otro lado de la puerta llegó una carcajada suave.
—Siempre dices eso, mamá.
Daniel se acercó a Elena.
—Explícamelo. Ahora.
Ella respiró temblorosamente y miró a Sofía.
—Hace nueve años, antes de que nacieras, tuve una bebé. Se llamaba Lucía.
Daniel frunció el ceño.
—Me dijiste que habías tenido un embarazo complicado antes de Sofía. Dijiste que perdiste al bebé.
—Eso fue lo que todos me dijeron.
—¿Todos quiénes?
Elena cerró los ojos.
—Mi madre. Los médicos del hospital donde di a luz. El hombre que firmó los documentos de defunción.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Firmaste una defunción sin ver el cuerpo?
Elena comenzó a sollozar.
—Me desperté después de una hemorragia. Estaba sedada. Mi madre me dijo que la bebé había nacido sin vida. Cuando pedí verla, me dijeron que ya se habían llevado el cuerpo.
—¿Y nunca investigaste?
—Lo intenté. Pero mi madre me aseguró que estaba confundida por los medicamentos. Después me mostró documentos.
Un certificado. Un registro del hospital. Todo parecía real.
Daniel apretó los puños.
—¿Y por qué nunca me lo contaste?
—Porque todavía no te conocía.
—¿Cuándo descubriste que podía estar viva?
Elena bajó la mirada.
—Hace dos años.
La respuesta cayó entre ellos como una piedra.
Daniel dio un paso atrás.
—¿Dos años?
—Recibí una carta sin remitente. Decía que mi hija estaba viva. Incluía una fotografía de una niña de unos siete años.
Sofía miró a la puerta.
—¿Era ella?
Elena asintió lentamente.
—La reconocí por una marca pequeña en el hombro izquierdo. La misma que tenía cuando nació.
Daniel pasó una mano por su rostro.
—¿Y qué hiciste?
—Busqué al hombre que había firmado los documentos. Descubrí que había muerto. Después contraté a un investigador, pero desapareció antes de entregarme sus resultados.
La voz detrás de la puerta interrumpió.
—No desapareció, mamá.
Elena levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Lo encontraron en el bosque.
Daniel sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Quién te dijo eso?
—El hombre de la ventana.
Daniel miró inmediatamente hacia el cristal.
Estaba oscuro. Solo se veía el reflejo de la linterna y las siluetas de su familia.
—¿Samuel? —preguntó.
La niña detrás de la puerta respondió:
—Él me trajo aquí.
Sofía comenzó a llorar.
—Quiero irme a casa.
Daniel la abrazó contra su pecho.
—Nos vamos a ir. Te lo prometo.
—No pueden salir —dijo la voz—. Los lobos no los dejarán.
—¿Qué quieres de nosotros? —preguntó Daniel.
—Quiero que mamá abra la puerta.
Elena se puso de pie.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no sé quién eres.
La respuesta provocó un silencio prolongado.
Después, la niña habló con una dulzura que hizo que Elena se estremeciera.
—¿Recuerdas la canción que me cantabas cuando todavía estaba en tu vientre?
Elena dejó escapar un gemido.
La voz comenzó a tararear una melodía.
Cuatro notas descendentes.
Una pausa.
Otras tres notas suaves.
Elena se llevó una mano al pecho.
Daniel conocía aquella canción. Elena se la había cantado a Sofía cuando era bebé, balanceándola junto a la ventana de su antigua casa.
Pero había algo más.
Elena nunca la había escuchado en ninguna grabación. Su abuela se la había enseñado cuando era niña, diciéndole que era una canción de cuna de su familia.
—No… —susurró Elena.
La niña continuó tarareando.
Entonces añadió una frase que Elena recordaba haber inventado durante el embarazo de su primera hija.
—Duérmete, Lucía, que la luna te cuida…
Elena se derrumbó contra la pared.
—Dios mío.
Daniel se acercó a ella.
—¿Es posible que sea ella?
—No lo sé.
—¿Cómo podría saber esa canción?
Elena negó con la cabeza, llorando.
—Solo yo la conocía.
Desde abajo llegó un golpe ensordecedor.
El baúl saltó sobre la trampilla.
Uno de los lobos había conseguido introducir el hocico por una abertura entre la tapa y el marco.
Daniel corrió a sostener el mueble.
—¡Elena, ayúdame!
Ella reaccionó y empujó junto a él.
Sofía recogió una barra metálica del suelo y la colocó entre las patas del baúl y una viga para impedir que se deslizara.
Los gruñidos se volvieron más fuertes.
Daniel miró alrededor, buscando una salida. La ventana era demasiado estrecha para que Elena pudiera pasar con Sofía, y el techo descendía hasta quedar a pocos centímetros del suelo.
La única puerta estaba cerrada.
La única escalera conducía directamente a los animales.
Entonces escucharon un ruido distinto.
Un golpe metálico procedente del exterior.
La ventana vibró.
Daniel levantó la linterna.
Samuel estaba de nuevo allí.
Esta vez sostenía una llave antigua y una pequeña radio.
Su rostro se veía demacrado, y la lluvia le corría por las mejillas.
Daniel se acercó al cristal.
—¡Abre la ventana! ¡Ayúdanos!
Samuel negó con la cabeza.
Luego levantó la radio hasta su boca.
Una voz distorsionada salió del aparato.
—La familia está reunida.
Daniel se quedó inmóvil.
No era la voz de Samuel.
Era una voz femenina.
Una voz que Elena reconoció inmediatamente.
—Mamá —susurró Sofía—, ¿por qué estás tan asustada?
Elena miró la ventana, después la puerta cerrada y finalmente a Daniel.
—Porque esa voz…
La radio volvió a emitir un sonido.
Esta vez, la voz femenina habló con absoluta claridad.
—Elena, si quieres que tu hija mayor salga viva de esa habitación, abre la puerta del ático.
Daniel sintió que la sangre se le helaba.
—¿Quién eres? —gritó hacia la ventana.
Samuel acercó la radio al cristal.
La voz respondió:
—Soy la mujer que te entregó a Sofía hace ocho años.
Elena retrocedió, negando desesperadamente con la cabeza.
—No puede ser.
Daniel se volvió hacia ella.
—¿Qué está diciendo?
Elena lo miró con lágrimas en los ojos.
—Daniel, cuando Sofía nació, mi madre no estaba en el hospital.
Un golpe sacudió la puerta pequeña.
La voz de Lucía surgió desde el otro lado, esta vez sin dulzura alguna.
—Mamá, abre. No tenemos mucho tiempo.
Y desde abajo, entre los gruñidos de los lobos, una segunda voz infantil respondió desde el pasillo:
—No le creas. Yo soy Lucía.
Sofía soltó un grito.
May you like
Porque ahora había dos niñas con la misma voz.
Y ambas estaban llamando a Elena mamá.