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NADIE LE CREYÓ A MIA / Chapter 9 / 10

Chapter 9: La verdad que todos intentaron enterrar

Mia contempló la fotografía hasta que las letras comenzaron a desenfocarse.

Richard Vale.

El abogado que había organizado sus documentos escolares, administrado el patrimonio familiar y aparecido en las cenas de cumpleaños como un amigo de confianza.

El hombre al que había llamado tío Richard desde que tenía memoria.

—No —susurró—. No puede ser él.

Roman tomó la fotografía de sus manos, pero no la apartó de la vista.

—Una fotografía no demuestra parentesco.

—¿Lo conocías con mi mamá? —preguntó Mia.

—Sí. Richard trabajaba con nuestra familia antes de que tú nacieras.

—¿Y nunca sospechaste nada?

Roman cerró los ojos durante un instante.

—Elena y Richard discutieron varias veces. Ella quería que él dejara de trabajar para mí, pero nunca me explicó por qué.

Mia sintió un dolor profundo, distinto al que había experimentado en Ashford. Allí la habían humillado frente a sus compañeros. Ahora sentía que alguien había construido su vida sobre una mentira y que todos los recuerdos podían tener un significado diferente.

—¿Mamá estaba enamorada de él?

Roman negó lentamente.

—No lo sé. Y no voy a inventarte una respuesta solo para llenar el silencio.

Alessandro se acercó a la ventana.

—Richard y Elena se conocían desde antes de que ella conociera a Roman. Hubo una disputa relacionada con una operación financiera. Después, Elena encontró documentos que demostraban que alguien había utilizado empresas familiares para desviar dinero.

—¿Y qué tiene que ver Victoria? —preguntó Mia.

—Su padre era socio de una de esas empresas —respondió Alessandro—. Si Elena hubiera presentado las pruebas, varias personas habrían perdido sus fortunas y enfrentado cargos criminales.

Roman apretó la mandíbula.

—¿Estás diciendo que Richard falsificó la documentación de Mia para ocultar un fraude?

—Estoy diciendo que esa es una hipótesis que debe investigarse. Elena dejó pruebas, pero no todas llegaron a manos de los abogados que debían recibirlas.

Mia miró a Verónica.

—¿Tú sabías lo del dinero?

Verónica asintió con lágrimas en los ojos.

—Tu madre me mostró algunos documentos. Me pidió que los guardara por si le ocurría algo.

—¿Y los entregaste a Richard?

—No.

—Entonces, ¿dónde están?

Verónica apretó el bolso contra su pecho.

—No los tengo.

Roman dio un paso hacia ella.

—Verónica, necesito que me digas la verdad.

—¡Te estoy diciendo la verdad!

—Tu hermana te dejó una carta. Fuiste tú quien gestionó la modificación de los documentos de Mia. Y hoy participaste en un plan para incriminarla. No puedes esperar que confiemos en tu palabra sin una explicación completa.

Verónica bajó la cabeza.

—No quería que le pasara nada a Mia.

—Entonces explícame por qué ayudaste a Victoria.

La mujer tardó varios segundos en contestar.

—Porque Richard me dijo que, si Mia empezaba a investigar su nacimiento, él haría público un documento que podía destruir todo lo que quedaba de Elena.

Mia sintió que el pecho se le oprimía.

—¿Qué documento?

Verónica la miró.

—Una declaración firmada por tu madre.

—¿Sobre qué?

—Sobre la noche del accidente.

Roman se quedó completamente quieto.

—¿Qué declaración?

Verónica comenzó a llorar de nuevo.

—Richard decía que Elena había aceptado dinero para ocultar un fraude. También decía que ella había provocado el accidente porque estaba intentando escapar con las pruebas.

Mia negó con la cabeza.

—Mamá nunca haría algo así.

—Yo tampoco lo creí —dijo Verónica—. Pero él tenía documentos, firmas y fotografías. Me aseguró que, si no cooperaba, conseguiría que todo el mundo creyera que Elena era una criminal.

Roman se inclinó hacia ella.

—¿Y por eso permitiste que Mia fuera humillada en Ashford?

—Victoria me dijo que solo necesitaba una fotografía comprometedora para conseguir que la suspendieran. Pensé que Richard se conformaría con eso. No sabía que la golpearía.

Mia se levantó.

—¡Me viste crecer! ¡Sabías que estaba sufriendo y aun así ayudaste a que todos me llamaran mentirosa!

Verónica extendió una mano.

—Mia, por favor…

—¡No me toques!

La mujer retiró la mano como si hubiera recibido una bofetada.

Por primera vez, no intentó justificarse.

Roman se acercó a su hija, pero no la tocó.

—Podemos irnos.

Mia asintió.

Antes de abandonar la cafetería, Alessandro colocó una tarjeta sobre la mesa.

—No tienes que decidir ahora si quieres volver a verme. Pero si aceptas, me someteré a cualquier prueba que sea necesaria para aclarar mi relación con esta familia.

Mia guardó la tarjeta sin mirarlo.

—Quiero la verdad. No quiero otro hombre prometiéndome que me protegerá mientras decide qué puedo saber.

Alessandro inclinó la cabeza.

—Lo entiendo.

El regreso a casa transcurrió en silencio.

Roman había ordenado a su equipo legal que no contactara con Richard directamente. Las pruebas debían conservarse y cualquier investigación tendría que realizarse por vías legítimas. También había pedido que se revisaran las grabaciones originales de Ashford y los registros de acceso al sistema de seguridad.

A las diez y media de la noche, Gabriel entró en el despacho.

—Señor, el equipo independiente ha encontrado una transferencia financiera entre una empresa vinculada a Richard Vale y una fundación controlada por el padre de Victoria.

Roman dejó el bolígrafo.

—¿Fecha?

—Dos días antes de la modificación del certificado de Mia.

Mia, que había entrado para escuchar la conversación, se quedó junto a la puerta.

—¿Eso demuestra que Richard es mi padre?

—No —respondió Roman—. Demuestra que existió una transferencia que merece investigarse.

Gabriel continuó:

—También recuperaron una parte de los registros de Ashford. La cámara del pasillo fue desconectada desde una terminal administrativa. El acceso se realizó utilizando las credenciales de la profesora Hayes.

Mia sintió que la rabia volvía a subirle por la garganta.

—Ella sabía que Victoria iba a atacarme.

—Todavía no podemos afirmar que conociera el plan completo —dijo Roman—. Pero el registro debe entregarse a los investigadores.

Gabriel dejó una carpeta sobre el escritorio.

—Hay otra grabación. Proviene de una cámara exterior que no pertenece al sistema de Ashford.

Roman abrió la carpeta.

En la imagen se veía a Richard Vale entrando en el estacionamiento del colegio aquella mañana. Estaba acompañado por Elena Sterling, la madre de Victoria.

Ambos hablaron junto a un automóvil durante varios minutos.

Después Richard le entregó un sobre.

Mia observó la imagen ampliada.

—Ese es el sobre que mi tía tenía en la cafetería.

Roman asintió lentamente.

En el siguiente fotograma, Richard miraba directamente hacia la cámara exterior.

Parecía saber que lo estaban grabando.

Y sonreía.

—¿Por qué haría eso? —preguntó Mia.

Roman siguió revisando los archivos.

—Tal vez quería que supiéramos que estaba allí.

Gabriel recibió una llamada y salió del despacho para contestarla.

Cuando regresó, tenía el rostro tenso.

—Señor, Richard Vale acaba de presentar una solicitud urgente ante el tribunal para obtener la tutela temporal de los bienes personales de Mia.

Roman se puso de pie.

—¿Con qué fundamento?

—Afirma que usted está involucrado en un conflicto familiar que podría comprometer la seguridad de su hija. También sostiene que la reciente aparición de Alessandro demuestra que la familia Corleone está ocultando información sobre la identidad biológica de Mia.

Mia sintió que las manos se le helaban.

—¿Puede hacer eso?

—Puede presentar la solicitud —respondió Roman—. Eso no significa que vaya a prosperar.

Gabriel le entregó una segunda hoja.

—Hay una declaración adjunta, firmada por Verónica.

Roman leyó el documento.

La mujer afirmaba que Mia había sufrido una crisis emocional y que Roman se había negado a permitirle recibir atención independiente.

—Está mintiendo —susurró Mia.

Roman dejó la hoja sobre el escritorio.

—La declaración será revisada junto con las demás pruebas.

En ese momento, el teléfono de Mia vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Richard no necesita demostrar que Roman no es tu padre. Solo necesita que todos crean que tu familia es incapaz de protegerte.

Llegó otro mensaje.

Pero hay una persona que puede probarlo todo.

Mia escribió una sola pregunta:

¿Quién?

La respuesta apareció casi inmediatamente.

*«La enfermera que te entregó a Elena la noche en que naciste. Sigue viva. Y mañana declarará ante un abogado independiente».*

Mia levantó la mirada hacia Roman.

Él había leído el mensaje.

Por primera vez en toda la noche, su padre parecía genuinamente asustado.

—¿Qué pasa? —preguntó Mia.

Roman miró la fotografía de Elena que seguía sobre el escritorio.

—La enfermera que atendió tu nacimiento murió hace doce años.

El teléfono de Mia vibró una última vez.

El mensaje incluía una fotografía reciente de una mujer mayor sentada frente a una ventana.

Debajo aparecía una frase:

Tu padre cree que estoy muerta. Mañana sabrás por qué.

Roman tomó el teléfono con manos tensas.

Porque en la fotografía, detrás de la mujer, se veía claramente un periódico con la fecha del día siguiente.

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La imagen era reciente.

Y la mujer sostenía en sus manos un sobre con el mismo sello oscuro que aparecía en las cartas de Elena.

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