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NADIE LE CREYÓ A MIA / Chapter 5 / 10

Chapter 5: El secreto detrás de la muerte de su madre

Mia retrocedió hasta chocar con el borde del sofá.

—Dime que mi tía está mintiendo.

Roman se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesa. Era un gesto que hacía cuando necesitaba concentrarse, pero aquella vez sus dedos no parecían obedecerle.

—Siéntate, hija.

—¡No me digas que me siente! ¡Dime qué pasó!

Roman la miró durante varios segundos.

—Tu madre murió cuando tú tenías cuatro años. Eso es cierto. Pero nunca te conté toda la historia de aquella noche.

—Me dijiste que estaba enferma.

—Estaba enferma.

—Entonces, ¿por qué habló de un accidente?

Roman respiró hondo.

—Porque el accidente ocurrió antes de que tu madre muriera. Y porque, durante mucho tiempo, creí que contarte los detalles solo te haría daño.

Mia negó con la cabeza.

—Eso no es una explicación.

—Lo sé.

Se sentó frente a ella y apoyó los codos sobre las rodillas.

—La noche del accidente, tu madre salió de una cena benéfica. Yo había enviado un automóvil para recogerla. En el trayecto, el vehículo chocó contra una barrera de protección. Tu madre sufrió lesiones graves.

Mia apretó los dedos contra la tela de su pantalón.

—¿Quién conducía?

—Un empleado de confianza.

—¿Murió?

—No. Sobrevivió.

—¿Y qué le pasó?

Roman guardó silencio un instante.

—Desapareció antes de que pudiéramos interrogarlo formalmente.

Mia sintió un escalofrío.

—¿Y tú nunca lo encontraste?

—Lo busqué durante años.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque después del accidente comenzaron a llegar amenazas. Algunas iban dirigidas a mí. Otras mencionaban tu nombre.

Mia se puso de pie.

—¡Yo era una niña! ¡Tenía derecho a saber por qué mi madre estaba enferma, por qué tú nunca hablabas de aquella noche y por qué mi tía acaba de decir que tú estabas involucrado!

—Tienes razón.

La respuesta la desconcertó.

Roman no intentó justificarse. No culpó a sus abogados, a sus negocios ni a las personas que le habían aconsejado guardar silencio.

—Me equivoqué —continuó—. Pensé que mantenerte lejos de esa historia era protegerte. Con el tiempo, convertí ese silencio en una costumbre. Y una costumbre no deja de ser un error solo porque dure muchos años.

Mia se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

—¿Mi mamá sabía que había alguien intentando hacerle daño?

Roman miró la fotografía.

—No estoy seguro.

—¿Y la carta que encontré en sus cosas?

—¿Qué carta?

Mia regresó al vestíbulo, tomó su mochila y sacó un sobre amarillento que llevaba escondido en un compartimento interior.

Lo había guardado durante meses, convencida de que algún día necesitaría entender su contenido.

Se lo entregó a Roman.

Él reconoció inmediatamente la letra de su esposa.

La primera línea decía: Si algo me sucede, busca el registro original del hospital. No confíes en la copia que te entreguen.

Roman leyó el resto sin pronunciar palabra.

Mia observó cómo cambiaba su expresión.

—¿Qué significa?

Él dejó la carta sobre la mesa.

—Tu madre creía que alguien había alterado documentos médicos relacionados con tu nacimiento.

Mia sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Mis documentos?

—Eso parece.

—¿Por qué alguien haría algo así?

—No lo sé todavía.

—¿Y tú tampoco lo investigaste?

Roman apretó la mandíbula.

—Lo hice. El hospital me aseguró que todos los registros estaban completos. Confié en el informe que recibí porque no encontré ninguna prueba de que fuera falso.

—¿Y ahora?

—Ahora tenemos motivos para comprobarlo otra vez.

Mia se dejó caer en el sofá.

Todo lo que había creído conocer sobre su familia parecía desmoronarse a su alrededor. Su madre había guardado secretos. Su tía había participado en una agresión. Y su padre, el hombre que acababa de defenderla frente a todo Ashford, había ocultado una parte fundamental de su historia.

Su teléfono vibró.

Un nuevo mensaje de la cuenta anónima apareció en la pantalla.

Tu padre no es el único que te ha mentido. Pregúntale por qué tu certificado de nacimiento fue reemplazado cuando tenías cuatro años.

Mia se quedó mirando aquellas palabras.

—Papá.

Roman levantó la cabeza.

Ella le mostró el mensaje.

Él lo leyó y pidió a Gabriel que fotografiara la pantalla y registrara la hora de recepción.

—No respondas —dijo—. No sabemos quién está detrás de esto.

—¿Qué significa que mi certificado fue reemplazado?

Roman tardó demasiado en contestar.

Mia se puso de pie.

—¿Lo sabías?

—Sabía que hubo una corrección administrativa cuando eras pequeña. Me dijeron que era un error en el registro del hospital.

—¿Qué clase de error?

—Una discrepancia en los datos de filiación.

Mia sintió que las manos le comenzaban a temblar.

—¿Filiación? ¿Quieres decir que alguien cambió el nombre de mis padres?

—No sé exactamente qué modificaron. Nunca vi el expediente original.

—¡Pero firmaste los documentos!

Roman bajó la mirada.

—Firmé una autorización para que corrigieran el registro. Confié en el abogado que gestionaba el trámite.

Mia se alejó de él.

—Entonces sí sabías que algo había cambiado.

—Sabía que había un problema administrativo. No sabía que pudiera estar relacionado con lo que ocurrió esta mañana.

—¡Siempre hay una parte que no sabes! —gritó ella—. ¡Siempre aparece alguien que te oculta algo y tú me dices que lo hiciste para protegerme!

Roman aceptó el golpe de aquellas palabras sin defenderse.

Gabriel regresó de una llamada.

—Señor, nuestro equipo legal encontró el nombre del hospital y confirmó que todavía conserva archivos antiguos en un depósito externo.

—Quiero que soliciten acceso por las vías legales —respondió Roman—. Necesitamos el expediente original, la corrección administrativa y el historial de quién autorizó el cambio.

—Hay otra cosa —añadió Gabriel.

Roman levantó la mirada.

—¿Qué?

—La abogada que gestionó la corrección fue Verónica Salazar.

Mia dejó de respirar.

Su tía.

La mujer que acababa de negar cualquier responsabilidad en el incidente de Ashford.

La misma mujer que había estado presente durante toda su infancia.

—¿Por qué ella tendría acceso a mis documentos? —preguntó Mia.

Roman se levantó lentamente.

—Porque tu madre confiaba en ella. Verónica era la persona que podía acompañarla al hospital cuando yo estaba fuera de la ciudad.

Mia sintió que las lágrimas volvían a caerle por las mejillas.

—¿Y si nunca me dijo quién soy realmente?

Roman no contestó.

En ese momento, Gabriel recibió otro mensaje. Lo leyó dos veces antes de acercarse.

—Señor, hay una coincidencia en el archivo preliminar del hospital. La corrección de filiación se realizó el mismo día en que su esposa falleció.

Roman tomó el teléfono.

En la pantalla aparecía una nota breve del registro administrativo.

*«Modificación autorizada por solicitud de un familiar directo. Se adjunta declaración de consentimiento.»*

Debajo figuraba un nombre.

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No era Verónica.

Era el nombre de la madre de Roman, una mujer que llevaba doce años muerta.

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