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NADIE LE CREYÓ A MIA / Chapter 1 / 10

Chapter 1: La hija que nadie quiso defender

—¿Quién te golpeó?

La voz de Roman Corleone resonó en el patio principal de la preparatoria Ashford, tan fría que hasta los padres que conversaban junto a las escaleras guardaron silencio.

Mia temblaba frente a él. Su cabello oscuro se pegaba a sus mejillas húmedas, su cárdigan desgastado estaba torcido sobre la blusa color crema y una marca roja le ardía en el rostro. Roman tenía las manos apoyadas sobre sus hombros, como si quisiera asegurarse de que nadie volviera a tocarla.

Mia levantó un dedo hacia Victoria Sterling, la chica rubia que sonreía a unos metros de distancia.

—Ellas… Victoria me empujó y después…

Victoria soltó una carcajada.

—¡Ay, por favor! ¿Otra vez inventando historias, Mia?

Tres estudiantes detrás de ella comenzaron a reírse. Una chica levantó su teléfono y enfocó directamente el rostro de Mia.

—Graba bien —dijo Victoria—. Quiero que todos vean cómo se hace la víctima.

Mia abrió la boca, pero la profesora Eleanor Hayes se interpuso entre ambas.

—Mia, deja de causar problemas frente a todos.

—¡Pero ella me golpeó! —protestó Mia—. ¡Todos lo vieron!

—Yo vi que Mia empezó a gritar —intervino Brandon, uno de los amigos de Victoria.

—Y yo vi que Victoria ni siquiera la tocó —añadió otra estudiante, cruzándose de brazos.

Mia miró a los dos. Hacía apenas diez minutos, Brandon había estado presente cuando Victoria la acorraló junto a los casilleros y le arrebató una carpeta. También había visto cómo Victoria la empujaba contra una pared después de encontrar una carta que Mia llevaba escondida.

Pero ahora Brandon ni siquiera podía mirarla a los ojos.

—Brandon, tú estabas ahí —susurró Mia—. Sabes lo que pasó.

—No me metas en tus problemas —respondió él.

Victoria ladeó la cabeza con fingida compasión.

—¿Ven? Siempre hace lo mismo. Provoca a la gente y luego llora cuando alguien le pone límites.

Roman no apartaba los ojos de su hija.

Había llegado a Ashford aquella mañana para una reunión privada con la junta directiva. Sus hombres le habían avisado que había un incidente en el patio. Nunca imaginó encontrar a Mia con la mejilla enrojecida y rodeada de personas que parecían disfrutar de su sufrimiento.

—Mia —dijo con suavidad—, mírame.

Ella levantó los ojos.

—Estoy aquí, hija.

Aquella palabra hizo que Victoria dejara de sonreír durante un instante.

Después observó el traje negro de Roman, sus zapatos impecables y su cabello plateado.

—¿Ese hombre es tu papá? —preguntó, soltando otra risa—. No puede ser.

Una de sus amigas se tapó la boca para disimular una carcajada.

—Mia es la becada —dijo Brandon—. Su familia ni siquiera pertenece a este lugar.

—Exactamente —añadió la profesora Hayes—. Señor, no puede presentarse aquí y respaldar acusaciones sin fundamento.

Roman giró lentamente la cabeza hacia ella.

—¿Acusaciones sin fundamento? Mi hija tiene una marca en la cara. ¿Alguien se ha molestado en preguntarle cómo ocurrió?

La profesora ajustó sus lentes.

—Estamos investigando la situación.

—¿Desde cuándo?

—Desde que ella comenzó a alterar el orden.

Mia sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

No era la primera vez que Victoria la humillaba. Durante meses había soportado comentarios sobre su ropa, su beca y el hecho de que trabajara algunas tardes en una cafetería para comprarse sus propios útiles escolares.

Había aguantado porque necesitaba graduarse.

Su beca cubría los estudios, pero no le garantizaba protección frente a los hijos de las familias que financiaban el colegio.

Y Victoria era la hija de uno de los principales benefactores de Ashford.

—Yo solo quería recuperar mi carpeta —dijo Mia, intentando explicar lo ocurrido—. Victoria encontró algo mío y empezó a decir que…

—¡Cállate! —la interrumpió Victoria—. Nadie quiere escuchar tus dramas.

La profesora levantó una mano.

—Mia, basta.

Roman dio un paso adelante.

—No vuelva a hablarle así.

—¿Me está amenazando? —preguntó Hayes, endureciendo el rostro—. Este colegio tiene protocolos. No vamos a permitir que un desconocido venga a intimidar a nuestros alumnos.

—¿Desconocido? —repitió Roman.

Dos hombres vestidos de negro aparecieron detrás de él. No llevaban insignias ni hicieron movimientos bruscos. Simplemente se colocaron a una distancia prudente, observando el patio.

El murmullo de los estudiantes cambió.

Victoria, sin embargo, recuperó su sonrisa.

—Qué conveniente. Ahora trae guardaespaldas. ¿También los contrataste para fingir que eres rico?

Mia se aferró al brazo de su padre.

—Papá, por favor. Vámonos.

Roman miró las cámaras instaladas sobre las escaleras, después los teléfonos que seguían apuntando hacia su hija.

—No nos iremos hasta saber qué pasó.

—Pues yo sí sé qué pasó —respondió Victoria—. Tu hija me atacó porque está celosa de mí.

—Eso es mentira —susurró Mia.

—¿Perdón? —Victoria se acercó un paso—. ¿Qué dijiste?

Mia retrocedió instintivamente.

Roman se interpuso entre ambas.

—Un paso más y tendremos una conversación muy diferente.

Victoria levantó inmediatamente su teléfono.

—¡Me está amenazando! ¡Todos lo escucharon!

La profesora Hayes se apresuró a colocarse junto a Victoria.

—Señor, debe abandonar el patio ahora mismo.

Roman ni siquiera la miró.

—Soy Roman Corleone.

El nombre cayó sobre el patio como una piedra sobre el cristal.

Un administrador que acababa de salir del edificio principal palideció.

—¿Roman Corleone? —murmuró—. ¿El hombre que controla las inversiones de medio Ashford?

La sonrisa de Victoria vaciló.

Su padre llevaba semanas intentando conseguir una reunión con Roman. Había hablado de él durante cenas familiares, describiéndolo como un hombre al que nadie debía hacer esperar y con quien nadie debía cometer errores.

Pero Victoria todavía se aferraba a una última defensa.

—Eso no demuestra que sea su padre —dijo, señalando a Mia—. Cualquiera puede inventar una historia.

Roman sacó su teléfono.

—Excelente. Entonces comprobaremos las dos cosas.

Mia sintió que su padre le apretaba suavemente la mano.

Por primera vez aquella mañana, alguien parecía dispuesto a escucharla.

Pero antes de que Roman pudiera llamar a la dirección del colegio, el administrador se acercó apresuradamente.

—Señor Corleone, hay algo que necesita saber.

Miró a Mia, luego a Victoria.

Y bajó la voz.

—La dirección acaba de ordenar que se eliminen las grabaciones de las cámaras del pasillo donde ocurrió el incidente.

Roman dejó de moverse.

—¿Quién dio esa orden?

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El administrador tragó saliva.

—El padre de Victoria.

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