Chapter 6: La firma de una mujer muerta
Roman leyó el documento tres veces.
No porque las palabras fueran difíciles de entender, sino porque cada lectura hacía más imposible aceptar lo que estaba viendo.
Su madre, Isabella Corleone, había autorizado una modificación en los registros de Mia el mismo día en que Elena murió.
Pero Isabella llevaba años sin hablar con él cuando nació su nieta. Habían roto relaciones después de una disputa familiar que Roman nunca había querido explicar a Mia.
Y, sobre todo, Isabella había fallecido doce años atrás.
—¿Podría ser un error en la fecha? —preguntó Mia.
Roman amplió la imagen.
—Podría ser. No vamos a sacar conclusiones basándonos en una copia preliminar.
—¿Y si alguien utilizó su firma?
—Entonces tendremos que descubrir quién.
Gabriel guardó el teléfono.
—El equipo legal ya solicitó una copia certificada del expediente. También pidió que se preserve el registro de modificaciones y la documentación de respaldo.
Roman asintió.
—Que no contacten con Verónica todavía.
Mia se volvió hacia él.
—¿Por qué? ¿Porque podría huir?
—Porque no sabemos si está actuando sola, si alguien la está presionando o si existe otra explicación. No voy a permitir que una sospecha se convierta en otra acusación sin pruebas.
Mia soltó una risa amarga.
—Es curioso. En Ashford nadie quiso escucharme cuando les dije que Victoria me había golpeado. Pero ahora todos estamos dispuestos a escuchar a mi tía aunque ella aparezca en un video.
Roman sintió el peso de aquella comparación.
—Tienes razón. No debería ser así.
—¿Cómo voy a saber cuándo me estás diciendo toda la verdad?
Él la miró de frente.
—No puedo pedirte que confíes en mí solo porque soy tu padre. Tendré que demostrarte que merezco esa confianza.
Mia no respondió.
Por primera vez, Roman comprendió que defenderla ante el mundo no bastaba si ella ya no se sentía segura a su lado.
A media mañana, el equipo legal confirmó que una copia del expediente original podía solicitarse formalmente, pero que la entrega no sería inmediata. El hospital debía verificar la identidad de los solicitantes y revisar las restricciones de acceso a documentos antiguos.
Roman autorizó el procedimiento y ordenó que todas las comunicaciones quedaran registradas.
Después llamó a la directora Collins.
La mujer respondió al tercer intento.
—Señor Corleone, esperaba tener noticias suyas.
—Las tendrá. Quiero confirmación escrita de que el expediente disciplinario de Mia permanece abierto y de que no se destruirán pruebas relacionadas con el incidente.
—Por supuesto.
—También quiero saber si la fotografía presentada contra ella fue verificada.
La directora hizo una pausa.
—Estamos revisando su procedencia.
—¿Y la suspensión?
—La medida sigue vigente mientras investigamos.
—Entonces envíeme la política disciplinaria que permite suspender a una alumna basándose en una fotografía sin verificar, mientras se ignoran las pruebas que podrían exonerarla.
—No es necesario adoptar un tono hostil.
—No estoy siendo hostil, directora. Estoy pidiendo documentos.
Collins suspiró.
—Los recibirá a través de nuestro departamento legal.
—Bien. Y una cosa más: no permita que ningún empleado contacte con Mia para presionarla o pedirle que retire su declaración.
—Nadie está presionando a su hija.
Roman miró a Mia, que permanecía sentada junto a la ventana.
—Espero que siga siendo así.
Terminó la llamada.
Mia se había cambiado la blusa, pero la marca roja en su mejilla continuaba visible. Había rechazado la comida que le ofrecieron y llevaba casi una hora sin apartar los ojos de su teléfono.
—¿Quieres descansar? —preguntó Roman.
—Quiero volver a la escuela.
—Podemos hablar con nuestros abogados para impugnar la suspensión.
—No quiero que me devuelvan mi lugar porque tengas dinero. Quiero que admitan que mintieron.
Roman asintió.
—Entonces eso será lo que pidamos: una investigación justa y una decisión basada en pruebas.
Mia se levantó y caminó hacia la biblioteca de la casa.
—Voy a buscar las cosas de mamá.
Roman estuvo a punto de acompañarla, pero se detuvo.
—Si encuentras algo que te parezca importante, no lo tires ni lo alteres. Lo revisaremos con cuidado.
—¿Y si encuentro algo que no quieras que vea?
La pregunta lo dejó sin respuesta.
Mia entró en la biblioteca y cerró la puerta.
Durante la siguiente hora, revisó cajas antiguas, álbumes y carpetas que su padre había guardado después de la muerte de Elena. Encontró fotografías de cumpleaños, recibos médicos, tarjetas escritas a mano y una pequeña caja de madera que reconoció inmediatamente.
Su madre la guardaba en el cajón de su mesa de noche.
Dentro había un collar de plata, dos cartas y una llave diminuta.
Mia tomó la primera carta.
Era una nota dirigida a Verónica.
Si algún día Mia descubre que los documentos no coinciden, no la convenzas de que está confundida. Ayúdala a encontrar el registro original. No permitas que Roman decida por ella.
Mia leyó la frase varias veces.
Su madre no había escrito aquello para acusar a Roman. Había escrito una instrucción para el futuro, como si supiera que algún día su hija necesitaría defender su derecho a conocer su propia historia.
La segunda carta estaba incompleta. Faltaba la última página.
Solo quedaban unas líneas:
La persona que firmó la autorización no pudo haber estado presente. Alguien utilizó su nombre para cambiar el expediente. Verónica sabe dónde está la copia que falta.
Mia escuchó pasos en el pasillo.
Guardó las cartas en un sobre y abrió la puerta.
Roman estaba al otro lado.
—¿Encontraste algo?
Mia le entregó las dos cartas.
Él las leyó en silencio.
—Tenemos que preservar estos documentos —dijo—. Haré que nuestro abogado los examine.
—No —respondió Mia.
Roman levantó la mirada.
—Mia…
—No quiero que los guardes en una caja y me digas que espere. Quiero participar en la investigación. Es mi vida. Son mis documentos.
Roman la observó durante un largo momento.
Después asintió.
—De acuerdo. Tendrás acceso a todo lo que podamos obtener legalmente. Y no tomaremos ninguna decisión sobre tu historia sin hablar contigo.
Mia respiró temblorosamente.
—Gracias.
No era perdón. Todavía no.
Pero era un comienzo.
A las cuatro de la tarde, Gabriel recibió una llamada del abogado encargado de solicitar el expediente hospitalario.
La respuesta había llegado antes de lo esperado.
El archivo original existía.
Sin embargo, faltaba el documento que justificaba la corrección de filiación. En su lugar había una referencia a un sobre sellado, depositado años atrás en una caja de seguridad a nombre de Verónica Salazar.
El abogado había obtenido también una copia de la autorización.
Roman tomó el documento y examinó la firma.
Era idéntica a la de su madre.
Pero en la parte inferior había una fecha escrita a mano.
Una fecha que Isabella no podía haber conocido desde su tumba.
Roman llamó inmediatamente al abogado.
—Necesito que confirme la procedencia de este documento y que no se contacte con la titular de la caja sin autorización legal.
—Entendido, señor.
—Y dígame una cosa: ¿qué contiene la referencia al sobre sellado?
El abogado revisó sus notas.
—El inventario indica que debe permanecer cerrado hasta que Mia Corleone cumpla dieciocho años.
Roman sintió que el corazón se le detenía por un instante.
Mia estaba de pie junto a él.
—¿Qué dice? —preguntó.
Roman le entregó el teléfono para que escuchara la explicación completa.
Ella no apartó los ojos del documento.
—¿Mi mamá dejó algo para mí?
—Eso parece —respondió Roman.
—¿Y mi tía lo tiene?
—La caja está registrada a su nombre.
Mia tomó el collar de plata que había encontrado en la biblioteca y lo sostuvo entre los dedos.
De pronto recordó algo que Verónica le había dicho años atrás, cuando le regaló una cadena parecida.
Algunas cosas deben permanecer cerradas hasta que estés preparada para conocerlas.
Mia había creído que hablaba de recuerdos familiares.
Ahora ya no estaba segura.
Su teléfono vibró otra vez.
Esta vez, el mensaje incluía una fotografía de un sobre antiguo, sellado con cera oscura.
En el frente, escrito con la letra de su madre, aparecía su nombre completo.
Debajo había una frase:
*«Para mi hija, cuando cumpla dieciocho años. Si Verónica todavía conserva esto, pregúntale por qué nunca te lo entregó».*
Mia sintió que las manos se le helaban.
Roman leyó el mensaje por encima de su hombro.
Antes de que pudiera hablar, llegó una segunda notificación.
Era un audio de Verónica.
Mia lo reprodujo.
La voz de su tía sonó quebrada, muy diferente de la mujer que había salido de la casa aquella mañana.
—Mia, por favor, escúchame antes de que tu padre te diga otra mentira. Yo no cambié tu certificado de nacimiento. Pero sé quién lo hizo… y esa persona sigue viva.
El audio terminó.
Un segundo después, llegó otro mensaje.
Si quieres saber quién eres realmente, ven sola esta noche. Y no le digas a Roman que te escribí.
Mia levantó la mirada hacia su padre.
Roman ya estaba leyendo el mensaje en su propio teléfono.
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Por primera vez, ninguno de los dos sabía si el siguiente paso los acercaría a la verdad…
o los llevaría directamente a la persona que llevaba dieciocho años ocultándola.