love
NADIE LE CREYÓ A MIA / Chapter 7 / 10

Chapter 7: La cita que podía destruir a su familia

—No vas a ir sola.

Roman dejó el teléfono sobre la mesa con tanta fuerza que el sonido hizo que Mia se sobresaltara.

—Es mi tía —respondió ella—. Puede que esté asustada.

—También puede estar intentando llevarte a un lugar donde nadie pueda ayudarte.

—¿Y si realmente sabe quién cambió mis documentos?

Roman se pasó una mano por el cabello plateado.

—Entonces lo averiguaremos sin ponerte en peligro.

Mia apretó el teléfono contra su pecho. El mensaje de Verónica seguía abierto en la pantalla.

Ven sola esta noche.

No había una dirección, solo una ubicación que expiraría a las nueve. El punto señalado correspondía a una pequeña cafetería junto a la antigua estación de tren, un lugar que Mia conocía porque su madre solía llevarla allí cuando era niña.

—Ella sabe que ese lugar significa algo para mí —murmuró Mia—. Mamá me llevaba ahí los domingos.

Roman levantó la mirada.

—¿Tu madre iba con Verónica?

—A veces. Yo era pequeña. Recuerdo que se sentaban en una mesa junto a la ventana y hablaban durante horas. Cuando les preguntaba qué decían, mamá respondía que eran asuntos de hermanas.

Roman se quedó pensativo.

El nombre de aquella cafetería despertaba recuerdos que había intentado enterrar. Elena había insistido en visitarla durante las últimas semanas antes del accidente. Decía que necesitaba hablar con alguien, pero nunca le explicó con quién.

—¿Por qué no me habías contado eso? —preguntó Mia.

Roman no respondió inmediatamente.

—Porque nunca supe que esas visitas eran importantes.

—Ese es el problema, papá. Tú nunca supiste muchas cosas.

Las palabras lo golpearon más de lo que Mia imaginaba.

Roman se acercó a la ventana.

—No voy a impedirte que busques la verdad. Pero tampoco voy a fingir que no existen riesgos.

—Entonces acompáñame.

Él se volvió hacia ella.

Mia respiró profundamente.

—No quiero seguir escondiéndome. Si mi tía está mintiendo, quiero mirarla a los ojos. Si está diciendo la verdad, quiero saber por qué nos ha dejado vivir así durante tantos años.

Roman la estudió durante unos segundos.

—De acuerdo. Iremos juntos. Nos mantendremos a distancia si ella pide hablar contigo primero, pero no te dejaré sin apoyo.

—No quiero guardaespaldas entrando en la cafetería.

—Gabriel y yo nos quedaremos cerca. Tú decides si quieres que esté a tu lado.

Mia asintió.

Por primera vez desde el incidente de Ashford, sintió que tenía una decisión propia en medio de una vida que otros parecían controlar.

A las ocho y cuarenta, el automóvil se detuvo frente a la cafetería.

La lluvia había comenzado a caer. Las luces amarillas del local iluminaban los cristales empañados, y una pareja recogía sus abrigos para marcharse.

Verónica estaba sentada junto a la ventana.

Tenía el cabello recogido, los ojos hinchados y un sobre marrón entre las manos.

Cuando vio entrar a Mia, se levantó de golpe.

—Viniste.

—Dijiste que sabías quién cambió mis documentos.

Verónica miró hacia la puerta.

—¿Dónde está Roman?

—Afuera.

La mujer cerró los ojos, aliviada y aterrorizada al mismo tiempo.

—Bien. Hay cosas que no puedo decir si él está presente.

Mia no se sentó.

—Puedes empezar por explicarme por qué le entregaste un objeto a Victoria.

Verónica bajó la cabeza.

—Victoria me dijo que solo quería asustarte. Me aseguró que no te haría daño.

—¿Le creíste?

—No sabía que iba a golpearte.

—Pero sabías que estaba planeando algo.

Verónica se llevó una mano a la boca.

—Sí.

Mia sintió que la vergüenza se convertía en ira.

—Me viste crecer. Sabías que me estaba acosando. ¿Por qué no me ayudaste?

—Porque me amenazaron.

—¿Quién?

Verónica miró hacia el cristal.

Un automóvil negro estaba estacionado al otro lado de la calle. Sus faros permanecían apagados.

—No puedo decirte su nombre aquí.

Mia se sentó lentamente.

—Entonces dime qué contiene ese sobre.

Verónica lo deslizó sobre la mesa.

—Es una copia de un documento que tu madre dejó antes de morir. Lo encontré hace años, pero nunca tuve el valor de entregártelo.

Mia abrió el sobre.

Dentro había una fotografía de Elena sosteniendo a una recién nacida en una habitación de hospital. Al reverso aparecía una fecha y una frase escrita a mano:

Mi pequeña Mia. Pase lo que pase, nunca permitas que decidan quién eres.

Debajo había una copia de un formulario de nacimiento.

Mia leyó los datos.

Su nombre estaba allí, junto al de su madre.

Pero el espacio correspondiente al padre biológico estaba vacío.

—¿Por qué no aparece Roman? —preguntó.

Verónica comenzó a llorar.

—Porque el formulario original se registró antes de que tu madre y Roman se casaran. Después alguien presentó una declaración para corregirlo.

—¿Quién?

—No lo sé con certeza.

Mia la miró incrédula.

—¿Me trajiste aquí para decirme que no sabes nada?

—Sé que tu madre estaba aterrorizada. Sé que discutió con Roman la noche antes del accidente. Y sé que, después de su muerte, alguien me pidió que firmara una declaración que no había leído.

—¿Quién te lo pidió?

Verónica abrió la boca.

En ese momento, el teléfono de Mia vibró.

Era un mensaje de Gabriel.

No te muevas. El vehículo negro acaba de acercarse a la entrada trasera.

Verónica leyó la expresión de Mia.

—¿Qué pasa?

Mia levantó la mirada.

—¿Quién está en ese automóvil?

Verónica palideció.

—No puede ser.

La puerta de la cafetería se abrió.

Un hombre de traje gris entró sacudiéndose las gotas de lluvia del abrigo. Tenía el cabello completamente blanco y caminaba con la seguridad de alguien acostumbrado a que los demás se apartaran de su camino.

Mia lo reconoció por las fotografías familiares que Roman guardaba en su despacho.

Era su abuelo paterno, Alessandro Corleone.

Pero eso era imposible.

Alessandro había sido declarado muerto doce años atrás.

El hombre se detuvo junto a la mesa.

—Verónica —dijo con voz tranquila—. Te advertí que no abrieras ese sobre.

Verónica comenzó a temblar.

Mia se levantó lentamente.

—¿Quién es usted?

El anciano la miró.

Por un instante, su expresión se suavizó.

—Soy el hombre que tu padre lleva doce años creyendo muerto.

May you like

Entonces sacó del bolsillo un documento doblado.

—Y también soy la persona que puede demostrar que Roman Corleone no es tu padre biológico.

Related Stories

Other posts