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NADIE LE CREYÓ A MIA / Chapter 3 / 10

Chapter 3: La fotografía que podía destruirla

La fotografía estaba impresa en una hoja blanca, con el logotipo de Ashford en la esquina superior derecha.

Mia aparecía junto a los casilleros del segundo piso. Tenía una mano levantada y sostenía un objeto plateado, mientras Victoria se cubría el rostro.

A primera vista, parecía exactamente lo que la denuncia afirmaba.

—Esa no soy yo —dijo Mia.

La directora Collins mantuvo el documento frente a ella.

—La fotografía fue presentada como evidencia.

—¡Pero esa cosa no estaba en mi mano!

Victoria se acercó, fingiendo sorpresa.

—Mia, por favor. No hagas esto más difícil. Solo admite lo que hiciste.

—¡No hice nada!

Brandon bajó la mirada. La otra testigo se concentró de pronto en la pantalla de su teléfono.

Roman extendió la mano.

—¿Puedo ver la fotografía?

La directora dudó.

—Es parte de un expediente confidencial.

—Entonces revísela con su equipo legal. Pero no la utilice para condenar a una estudiante antes de verificar su autenticidad.

Collins le entregó una copia.

Roman la examinó sin decir palabra.

El objeto plateado parecía un pequeño instrumento metálico, posiblemente una herramienta escolar. La imagen tenía suficiente resolución para mostrar el rostro de Mia, pero los bordes de sus dedos se veían extrañamente borrosos.

Roman inclinó la hoja hacia la luz.

—¿Quién tomó esta fotografía?

—Uno de los testigos —respondió la directora.

—¿Cuál?

—Brandon Miller.

Roman levantó la mirada.

Brandon se puso rígido.

—Yo la tomé —admitió—. Todos estaban gritando. Solo saqué mi teléfono.

—¿Antes o después de que Victoria resultara herida? —preguntó Roman.

—Durante.

—¿Y por qué no entregó el video completo?

Brandon abrió la boca, pero Victoria respondió por él.

—Porque no había ningún video completo. Solo una fotografía.

—Curioso —dijo Roman—. Hace unos minutos mencionaste un video del pasillo.

Victoria se quedó callada.

La profesora Hayes intervino rápidamente.

—No vamos a convertir esto en un interrogatorio público.

—Tiene razón —contestó Roman—. No deberíamos. Mi hija tampoco debería estar siendo juzgada públicamente.

Por primera vez, algunas personas del patio comenzaron a bajar sus teléfonos.

La directora observó la fotografía otra vez.

—Podemos solicitar una revisión técnica, pero mientras tanto debemos proteger a los estudiantes involucrados.

—¿Qué significa eso? —preguntó Mia.

Collins respiró profundamente.

—Hasta que se aclare lo sucedido, quedarás suspendida temporalmente de las actividades presenciales.

Mia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Me va a suspender por una fotografía?

—Es una medida preventiva.

—¡Mi beca depende de mis calificaciones y mi asistencia!

—La decisión no es definitiva.

—¡Ni siquiera me escucharon!

La directora apartó la mirada.

Roman dobló cuidadosamente la copia de la fotografía y la guardó en una carpeta.

—Solicito una copia completa del expediente, la preservación de todas las grabaciones pertinentes y una revisión independiente de las pruebas. También quiero que conste por escrito que mi hija niega la acusación.

—Podemos enviarle la documentación a través de nuestros abogados —respondió Collins.

—Hágalo.

Victoria cruzó los brazos.

—Qué conveniente. Su padre tiene dinero para contratar abogados. Los demás tenemos que vivir con las consecuencias.

Roman la miró directamente.

—El dinero no convierte una mentira en verdad, Victoria. Y tampoco convierte una verdad en mentira.

—No sabe nada de mí.

—Es cierto. Por eso no voy a acusarte sin pruebas.

Victoria apretó la mandíbula.

Durante un instante, pareció no saber qué responder.

Mia observó a su padre y después a los estudiantes que la rodeaban. Algunos parecían avergonzados. Otros seguían convencidos de que Victoria tenía razón.

Pero ninguno se acercó a ella.

Nadie le preguntó si le dolía la mejilla.

Nadie le ofreció un pañuelo.

Gabriel, uno de los guardaespaldas, se acercó discretamente a Roman y le habló al oído.

—Señor, el equipo legal confirma que ya solicitaron la preservación de los archivos. Hay un problema con el sistema de seguridad.

—¿Qué problema?

—La cámara del pasillo dejó de registrar durante once minutos esta mañana.

Roman no reaccionó de inmediato.

—¿Falla técnica?

—Eso dice el informe preliminar. Pero el registro de acceso indica que alguien ingresó al sistema desde una terminal administrativa.

La directora palideció.

—Eso es imposible. Solo el personal autorizado puede acceder a esa terminal.

—Entonces será sencillo identificar quién la utilizó —respondió Roman.

Collins no contestó.

Victoria miró a la profesora Hayes.

Fue una mirada rápida, casi imperceptible.

Pero Mia la vio.

Y también vio cómo la profesora apartaba inmediatamente los ojos.

—Quiero irme —susurró Mia.

Roman se volvió hacia ella.

—Nos vamos.

La profesora Hayes levantó la voz.

—Mia, antes de salir debes entregar tu credencial escolar. Tu acceso quedará suspendido hasta que concluya la investigación.

Mia miró la pequeña tarjeta que llevaba colgada del cuello.

Había trabajado durante dos años para ganarse aquel lugar. Había estudiado hasta la madrugada, rechazado invitaciones y pasado fines de semana enteros preparando exámenes mientras otros estudiantes viajaban con sus familias.

Aquella credencial era más que plástico.

Era la promesa de que podía tener un futuro distinto.

Con dedos temblorosos, se la quitó.

Pero Roman levantó una mano.

—No entregue nada hasta recibir una notificación oficial que explique la medida y sus condiciones.

—Es una instrucción administrativa —replicó Hayes.

—Entonces podrá documentarla por escrito.

La directora hizo un gesto a la profesora para que guardara silencio.

Mia se aferró al brazo de su padre mientras abandonaban el patio.

A sus espaldas, Victoria comenzó a hablar con sus amigas.

—No se preocupen. Mi papá se encargará de esto.

Una de ellas soltó una risa nerviosa.

—¿Y si Roman Corleone realmente investiga?

Victoria guardó su teléfono en el bolso.

—Mi papá tiene amigos en la junta directiva. Ese hombre no puede hacer lo que quiera.

—¿Y si encuentra el video?

La expresión de Victoria cambió.

—No hay video.

—Pero Brandon dijo…

—¡He dicho que no hay video!

Su voz resonó más fuerte de lo que pretendía.

Varios estudiantes se volvieron hacia ella.

Victoria recuperó la compostura y caminó hacia la entrada principal, pero sus manos temblaban.

Mientras tanto, en el automóvil, Mia permanecía junto a la ventana, abrazándose a sí misma.

Roman no la presionó para hablar. Esperó hasta que las puertas se cerraron y el ruido del patio quedó atrás.

—¿Quién te envió ese mensaje? —preguntó finalmente.

Mia levantó la cabeza.

—¿Cómo sabes que recibí uno?

—Porque llevas veinte minutos mirando el mismo punto y escondiendo el teléfono cada vez que vibra.

Ella apretó el dispositivo entre las manos.

—Decía que, si descubrías lo que pasó aquella noche, perdería a mi padre.

Roman se quedó inmóvil.

Por primera vez desde su llegada a Ashford, su serenidad se quebró.

—¿Qué noche, Mia?

Ella sacó del bolsillo una fotografía doblada que había guardado durante meses.

Era una imagen antigua de su madre, tomada frente a un hospital. Detrás de la fotografía había una fecha escrita a mano y una frase que Mia nunca había entendido.

Si algún día pregunta por su nacimiento, dile que el accidente no fue lo que todos creen.

Roman tomó la fotografía.

Sus dedos se tensaron alrededor del papel.

—¿Dónde encontraste esto?

—En las cosas de mamá, después de que murió.

—¿Por qué nunca me lo enseñaste?

Mia lo miró con lágrimas en los ojos.

—Porque tenía miedo de que me mintieras.

Roman cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía el hombre que había entrado al colegio dispuesto a defender a su hija de una humillación.

Parecía alguien que acababa de reconocer un peligro mucho más antiguo.

—Escúchame con atención —dijo—. Hay cosas de tu nacimiento que debí explicarte hace muchos años.

Mia dejó de respirar por un segundo.

—¿Qué cosas?

Roman abrió la boca para responder.

Pero el teléfono de Gabriel sonó desde el asiento delantero.

El guardaespaldas contestó, escuchó durante unos segundos y después se volvió hacia Roman.

—Señor, encontraron el video que falta.

—¿Dónde?

Gabriel tragó saliva.

—En una cuenta anónima. Alguien acaba de enviarlo a todos los miembros de la junta directiva de Ashford.

Mia sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Qué muestra?

Gabriel miró a Roman antes de responder.

—Muestra a Victoria entrando sola al pasillo.

Hizo una pausa.

—Y también muestra quién le entregó el objeto metálico antes de que golpeara a Mia.

Roman apretó la fotografía de su esposa.

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Porque la persona que aparecía en el video no era Brandon, ni la profesora Hayes, ni ninguno de los estudiantes que habían mentido en el patio.

Era alguien a quien Mia había llamado tía toda su vida.

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