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NADIE LE CREYÓ A MIA / Chapter 8 / 10

Chapter 8: El hombre que regresó de entre los muertos

Mia no pudo apartar los ojos del documento.

Alessandro Corleone lo colocó sobre la mesa, junto al sobre que Verónica había llevado.

—No tienes que creerme ahora —dijo—. Solo tienes que leerlo.

—¿Cómo sé que no está mintiendo? —preguntó Mia.

El anciano asintió lentamente.

—No lo sabes. Y haces bien en desconfiar.

Aquella respuesta la desconcertó más que cualquier amenaza.

Verónica se levantó.

—Alessandro, por favor. No hagas esto aquí.

—Tú fuiste quien decidió traerla.

—¡Yo no sabía que vendrías!

—Precisamente por eso estás en problemas.

Mia retrocedió un paso.

—Quiero que los dos dejen de hablar como si yo no estuviera aquí. ¿Quién cambió mi certificado? ¿Quién es mi padre? ¿Y por qué todo el mundo parece saber algo que yo ignoro?

Alessandro la observó con una mezcla de tristeza y cautela.

—Tu madre me pidió que te protegiera.

—¿Mi madre te conocía?

—Me conocía mejor que casi cualquier persona.

—Pero tú eres el padre de Roman.

—Eso dice el registro oficial.

Mia sintió que el estómago se le encogía.

—¿Qué significa eso?

Alessandro abrió el documento.

Era una copia de un informe médico antiguo, con sellos hospitalarios y varias páginas adjuntas. El nombre de Elena aparecía en la primera hoja, seguido por la fecha del nacimiento de Mia.

En una sección inferior había una anotación: Prueba de parentesco pendiente de confirmación.

—Cuando naciste —explicó Alessandro—, tu madre estaba casada con Roman. Pero antes de la boda, Elena tuvo una relación que nunca llegó a explicar públicamente.

Mia negó con la cabeza.

—Mi madre amaba a mi padre.

—Amaba a Roman. Eso nunca lo dudé. Pero el amor y la biología no siempre cuentan la misma historia.

Verónica se cubrió el rostro.

—Basta, Alessandro.

Él no le hizo caso.

—Roman aceptó reconocerte como hija. Nunca cuestionó tu lugar en la familia. Sin embargo, después del accidente de Elena, alguien empezó a investigar tu nacimiento. Fue entonces cuando desaparecieron los registros originales.

—¿Y tú fingiste estar muerto para investigar?

—No fingí mi muerte. Hubo un accidente en el extranjero y todos creyeron que había muerto. Cuando descubrí que algunas personas estaban utilizando mi ausencia para manipular documentos familiares, decidí no regresar hasta comprender quién estaba detrás de aquello.

Mia lo miró fijamente.

—¿Y durante doce años no pensaste que yo merecía saber que estabas vivo?

Alessandro bajó la mirada.

—Pensé que mantenerme lejos era la única forma de mantenerte a salvo.

Mia soltó una risa quebrada.

—Qué curioso. Todos en mi familia utilizan la misma excusa.

El anciano aceptó el reproche sin protestar.

—Tienes razón. No puedo pedirte que me perdones por una decisión que tomé sin consultarte.

La puerta de la cafetería volvió a abrirse.

Roman entró acompañado por Gabriel.

Al ver a su padre, se quedó inmóvil.

El color desapareció de su rostro.

—No.

Alessandro levantó la cabeza.

—Hola, hijo.

Roman dio un paso adelante.

—Te enterré.

—Enterraste un ataúd cerrado.

—Vi tu certificado de defunción.

—Y confiaste en un documento sin verificar quién lo había emitido.

La mandíbula de Roman se tensó.

—¿Qué hiciste con mi familia?

Alessandro miró a Mia.

—Eso es precisamente lo que estamos intentando descubrir.

Roman se colocó junto a su hija.

—Aléjate de ella.

—No he venido a hacerle daño.

—Desapareciste durante doce años y ahora apareces afirmando que mi hija no es mía. ¿Esperas que te reciba con los brazos abiertos?

Alessandro guardó el documento.

—No espero nada de ti. Pero Mia merece conocer la verdad.

—La verdad no se presenta en una cafetería con amenazas y documentos sin verificar.

—En eso estamos de acuerdo.

Roman se quedó desconcertado.

Alessandro continuó:

—No quiero que confíes en mí. Quiero que solicites una prueba genética independiente y que investigues la falsificación de los documentos. Si estoy equivocado, aceptaré las consecuencias.

Mia miró a Roman.

Su padre parecía estar librando una batalla que iba mucho más allá de la ira. Tenía los ojos fijos en Alessandro, pero una de sus manos temblaba ligeramente.

—¿Lo conocías antes de que supuestamente muriera? —preguntó Mia.

Roman tardó en responder.

—Sí.

—¿Y sabías que mi madre había tenido otra relación?

Roman cerró los ojos.

—Sabía que había una parte de su pasado que nunca quiso discutir conmigo. No sabía si estaba relacionada con tu nacimiento.

—¿Entonces por qué me dijiste que no había nada que investigar?

Roman la miró.

—Porque tenía miedo de que una duda se convirtiera en una sentencia. Y porque te amaba como a mi hija mucho antes de saber si compartíamos la misma sangre.

Mia sintió que las lágrimas le nublaban la vista.

—Eso no responde a todo.

—Lo sé.

Alessandro deslizó una segunda hoja sobre la mesa.

—Aquí está el nombre de la persona que presentó la declaración de parentesco.

Roman la tomó.

Leyó la primera línea.

Después levantó la mirada hacia Verónica.

—¿Tú firmaste esto?

Verónica comenzó a llorar.

—No sabía lo que estaba firmando.

—Tu firma está en todas las páginas.

—Me dijeron que era una autorización médica. Tu madre estaba muy enferma. Yo tenía miedo de perderla y alguien me aseguró que solo necesitaban corregir un error administrativo.

Roman apretó el documento.

—¿Quién te lo dijo?

Verónica miró a Alessandro.

—Él.

El silencio fue absoluto.

Mia se volvió hacia el anciano.

—¿Tú hiciste que cambiaran mis documentos?

Alessandro no respondió inmediatamente.

Por primera vez, su serenidad pareció desmoronarse.

—Yo solicité una revisión del expediente —dijo—. No ordené que se falsificara nada.

—¿Y quién lo hizo?

Alessandro miró a Roman.

—La persona que tenía acceso a los registros médicos, a las cuentas familiares y a la documentación de tu madre.

Roman comprendió antes que Mia.

Su rostro se endureció.

—No.

Alessandro asintió lentamente.

—Tu abogado de confianza. El hombre que gestionó la herencia de Elena, presentó las correcciones y te convenció de que los archivos originales habían sido destruidos.

Mia observó a su padre.

—¿Quién es?

Roman pronunció el nombre con una voz casi inaudible.

—Richard Vale.

Su abogado principal.

El hombre que había administrado sus negocios durante veinte años.

El hombre que había firmado los documentos de la muerte de Alessandro.

Y el hombre que, aquella misma mañana, había llamado a Roman para ofrecerle ayuda con el caso de Mia.

Roman sacó su teléfono inmediatamente.

—Gabriel, contacta al equipo legal independiente. Quiero que preserven todos los documentos y que nadie de nuestra empresa intervenga hasta que tengamos una revisión formal.

Gabriel asintió.

Alessandro se puso de pie.

—Hay algo más que debes saber, Roman.

—Habla.

—Richard no actuó solo.

Alessandro miró a Verónica.

Ella negó con la cabeza, suplicándole que guardara silencio.

Pero el anciano continuó.

—La persona que financió la falsificación de los documentos fue el padre de Victoria Sterling.

Mia sintió que el mundo se detenía.

La humillación en Ashford, las grabaciones desaparecidas, las amenazas anónimas y los secretos de su nacimiento parecían formar parte de una misma trama.

—¿Por qué el padre de Victoria querría cambiar mi identidad? —preguntó.

Alessandro la miró con gravedad.

—Porque tu madre descubrió algo sobre él antes de morir. Algo que podía destruir su fortuna y llevarlo a prisión.

Roman se acercó a la mesa.

—¿Qué descubrió Elena?

Alessandro sacó un último documento.

Era una fotografía de Elena junto a un hombre joven, tomada muchos años antes.

Mia reconoció inmediatamente el rostro masculino.

Era Richard Vale.

Pero lo que la dejó sin aliento fue la fecha escrita en el reverso.

La fotografía había sido tomada dos semanas antes de su nacimiento.

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Y, debajo de la fecha, Elena había escrito cuatro palabras:

*«Él es el verdadero padre».*

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