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NADIE LE CREYÓ A MIA / Chapter 2 / 10

Chapter 2: La mentira tenía patrocinador

Durante tres segundos, Roman Corleone no dijo nada.

El patio entero parecía esperar que gritara, que amenazara a alguien o que llamara a sus guardaespaldas para sacar a Victoria del colegio.

Pero Roman no hizo ninguna de esas cosas.

Miró al administrador con una calma que resultaba mucho más inquietante que la ira.

—Repita lo que acaba de decir.

El hombre se secó las palmas contra el pantalón.

—El señor Sterling llamó a la dirección. Solicitó que las grabaciones relacionadas con el incidente fueran revisadas antes de que alguien pudiera acceder a ellas.

—¿Revisadas o eliminadas?

—Yo… no puedo asegurarlo.

Victoria soltó una risita nerviosa.

—Esto es ridículo. Mi papá no tiene nada que ver. Solo quiere que el colegio mantenga el orden.

Mia levantó la mirada.

—Tu papá ni siquiera estaba ahí.

—¡Tú no sabes nada de mi familia! —espetó Victoria.

—Sé que me empujaste.

—Mia —intervino la profesora Hayes—, te he pedido que dejes de hacer acusaciones.

Roman giró hacia ella.

—Y yo le estoy pidiendo que deje de silenciar a mi hija.

—No estoy silenciando a nadie. Estoy intentando evitar que una discusión entre estudiantes se convierta en un espectáculo.

Roman señaló los teléfonos.

—Llegó tarde. Ya es un espectáculo. La diferencia es que todos están grabando a la persona equivocada.

Algunos estudiantes bajaron sus dispositivos. Otros continuaron filmando, convencidos de que estaban presenciando el comienzo de un escándalo que se extendería por todo internet antes del almuerzo.

Brandon se acercó a Victoria y le susurró algo al oído.

Mia alcanzó a escuchar las últimas palabras.

—…si aparece el video del pasillo, estamos acabados.

Victoria le clavó una mirada de advertencia.

—Cállate, Brandon.

Roman también lo había escuchado.

—¿Qué video? —preguntó.

—Ninguno —respondió Victoria rápidamente—. Brandon está hablando de otra cosa.

—Entonces no tendrá inconveniente en repetirlo frente a la directora.

—No tengo por qué hablar contigo —contestó ella, cruzando los brazos.

—Correcto. No tienes que hablar conmigo. Tendrás que responder ante las personas encargadas de investigar lo sucedido.

La profesora Hayes soltó una risa seca.

—Señor Corleone, parece no entender cómo funciona esta institución. Tenemos procedimientos internos. No puede llegar aquí y exigir que se haga lo que usted quiere.

Roman asintió lentamente.

—Estoy de acuerdo. Por eso no he exigido que expulsen a nadie. He pedido que escuchen a mi hija y preserven las pruebas.

El administrador bajó la mirada.

La profesora pareció perder parte de su seguridad.

Mia observó a su padre con una mezcla de alivio y temor. Roman nunca había sido un hombre cariñoso en público. Su vida estaba llena de reuniones privadas, llamadas a deshoras y personas que bajaban la voz cuando él entraba en una habitación.

Pero cuando Mia era pequeña, él le preparaba chocolate caliente en las noches de tormenta y se sentaba a su lado hasta que dejaba de temblar.

Después de que su madre muriera, Roman había intentado mantenerla lejos de sus negocios y de su apellido.

Por eso Mia había ingresado a Ashford usando el apellido de su madre y solicitando una beca académica. Quería demostrar que podía construir una vida propia, sin deberle nada a la fortuna de su padre.

Nunca pensó que ese secreto terminaría convirtiéndose en el arma favorita de Victoria.

—Papá —murmuró—, no quiero que hagas algo que después te perjudique.

Roman se inclinó ligeramente hacia ella.

—Escúchame bien. No voy a comprar una sentencia ni a obligar a nadie a creerme. Voy a asegurarme de que nadie pueda destruir la verdad antes de que la encontremos.

Mia asintió, aunque sus manos seguían temblando.

Entonces apareció una mujer de traje azul marino, acompañada por dos miembros de la administración.

Era la directora general de Ashford, Margaret Collins.

—Señor Corleone —dijo con una sonrisa tensa—, lamento profundamente este malentendido.

Roman no le devolvió la sonrisa.

—¿Qué parte considera un malentendido? ¿La agresión o el intento de borrar las grabaciones?

La directora parpadeó.

—Nadie ha confirmado que se hayan borrado grabaciones.

—Entonces será sencillo preservarlas.

—Naturalmente. Sin embargo, antes de tomar decisiones precipitadas, necesitamos escuchar todas las versiones.

Victoria dio un paso hacia ella.

—Directora, gracias. Mia me atacó y después apareció este hombre amenazándome. Tengo miedo de quedarme aquí.

Se llevó una mano al pecho y bajó la mirada, interpretando una escena de inocencia tan perfecta que varios padres comenzaron a murmurar en apoyo suyo.

Mia sintió náuseas.

—¡Ella me golpeó primero!

—Mia, por favor —dijo la directora—. No empeores tu situación.

—¿Mi situación? —repitió Mia—. ¿Qué hice yo?

Nadie respondió.

Victoria se acercó lo suficiente para que solo Mia pudiera escucharla.

—Deberías haber aceptado la suspensión cuando te la ofrecieron.

Mia se quedó inmóvil.

Roman vio cómo el color desaparecía de su rostro.

—¿Qué suspensión? —preguntó él.

Victoria se apartó inmediatamente.

—No sé de qué está hablando.

—Mia —dijo Roman, sin apartar la mirada de Victoria—. ¿Te amenazaron con suspenderte antes de que yo llegara?

Mia apretó los labios.

La profesora Hayes intervino.

—Se trata de un asunto disciplinario confidencial.

—¿Relacionando con qué conducta? —preguntó Roman.

—Con el comportamiento reiterado de Mia.

—¿Qué comportamiento?

La directora intercambió una mirada con la profesora.

Aquella mirada duró apenas un instante, pero Mia la reconoció. Era la misma que había visto cuando intentó denunciar los mensajes anónimos que recibía desde hacía semanas.

Una mirada que significaba que los adultos ya habían decidido quién decía la verdad.

—Tenemos testimonios de varios estudiantes —dijo Collins—. Consideramos que una suspensión temporal podría ser apropiada mientras investigamos.

—¿Y cuándo entrevistaron a mi hija?

—Aún no hemos completado el proceso.

Roman se quedó en silencio.

—¿Pretenden suspenderla antes de escucharla?

—No hemos tomado una decisión definitiva.

Victoria suspiró teatralmente.

—Todo esto por una simple discusión. Si Mia se disculpara, podríamos olvidarlo.

Mia la miró con incredulidad.

—¿Quieres que me disculpe contigo?

—Quiero que dejes de mentir.

—¡Tú me golpeaste!

—¡Basta! —gritó la profesora Hayes.

El sonido rebotó contra las paredes de piedra.

Roman sacó una pequeña libreta del bolsillo interior de su saco y anotó la hora.

La directora frunció el ceño.

—¿Qué está haciendo?

—Registrando quién estaba presente, quién habló y quién se negó a escuchar a mi hija.

—No tiene autoridad para llevar a cabo una investigación dentro de Ashford.

—No estoy investigando dentro de su colegio. Estoy documentando una conversación en la que participo.

Después se volvió hacia uno de sus guardaespaldas.

—Gabriel, contacta a nuestro equipo legal. Nadie debe acercarse a las grabaciones hasta que se preserve una copia íntegra por los medios autorizados.

—Sí, señor.

Victoria perdió la sonrisa.

—¿Nuestro equipo legal? —preguntó la directora.

Roman guardó la libreta.

—Si alguien cree que mi hija cometió una falta, puede presentar las pruebas. Si alguien golpeó a mi hija, también tendrá que responder por ello.

—No puede tratar a nuestros alumnos como criminales —protestó Hayes.

—No lo estoy haciendo. Estoy pidiendo que se aplique la misma regla a todos.

En ese momento, el teléfono de Mia vibró dentro de su bolsillo.

Era un mensaje de un número desconocido.

Deja de hablar. Si Roman Corleone descubre lo que realmente pasó aquella noche, no solo perderás tu beca. Perderás a tu padre.

Mia sintió que el patio desaparecía a su alrededor.

Volvió a leer el mensaje.

Aquella noche.

No podía ser una coincidencia.

Meses atrás, había encontrado un documento escondido entre las pertenencias de su madre. Era una carta sin firma que mencionaba una reunión secreta, una transferencia de dinero y un accidente ocurrido la noche antes de que Mia naciera.

Nunca se había atrevido a preguntarle a Roman.

Ahora alguien sabía que la carta existía.

—Mia —dijo su padre—, ¿qué pasa?

Ella bloqueó la pantalla y guardó el teléfono.

—Nada, papá.

Roman la observó con atención.

Conocía esa expresión. Era la misma que Mia tenía de niña cuando intentaba ocultar que algo la lastimaba.

—No tienes que protegerme de todo —le dijo.

Mia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¿Y si hay cosas que tú tampoco me has contado?

Roman se quedó completamente quieto.

Antes de que pudiera responder, la directora Collins recibió una llamada. Escuchó durante varios segundos y después miró a Mia con una expresión diferente.

—Señor Corleone —dijo—, acaba de llegar una denuncia formal contra su hija.

—¿Presentada por quién?

La directora levantó lentamente la vista.

—Por la señora Elena Sterling, madre de Victoria.

Mia sintió que el corazón se le hundía.

La directora continuó:

—La denuncia incluye una declaración firmada por su hija y tres testigos. Afirman que Mia atacó a Victoria con un objeto metálico y amenazó con destruir la reputación de su familia.

—Eso es mentira —susurró Mia.

Roman le tomó la mano.

—Lo sé.

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Pero entonces la directora abrió el archivo adjunto.

Y en la primera página apareció una fotografía de Mia sosteniendo un objeto que nunca había visto en su vida.

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