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NADIE LE CREYÓ A MIA / Chapter 4 / 10

Chapter 4: La mujer que le entregó el arma

—Dime que no es ella —susurró Mia.

El automóvil avanzaba por las calles de Ashford Hills, pero Mia apenas veía los edificios al otro lado de la ventana. Tenía los ojos clavados en el teléfono de Gabriel, donde una imagen congelada mostraba a una mujer entrando al pasillo de la escuela con un objeto metálico en la mano.

Su tía Verónica.

La hermana menor de su madre.

La mujer que había preparado su pastel de cumpleaños durante dieciocho años, que le había trenzado el cabello antes de su primera entrevista escolar y que la abrazó durante el funeral de su madre mientras le prometía que nunca estaría sola.

La misma mujer que le había enseñado a desconfiar de los extraños.

—Gabriel, reproduce el video —ordenó Roman.

—Señor, el archivo todavía no ha sido verificado.

—Reprodúcelo.

Gabriel tocó la pantalla.

La grabación mostraba un pasillo casi vacío. Victoria apareció primero, mirando a ambos lados antes de detenerse junto a los casilleros. Segundos después, Verónica entró por una puerta lateral.

Llevaba un abrigo beige y el bolso marrón que Mia le había regalado por su cumpleaños.

Verónica miró hacia la cámara.

Después sacó un pequeño objeto plateado del bolso y se lo entregó a Victoria.

Aunque el audio era deficiente, una frase se distinguía claramente.

—Hazlo como acordamos —dijo Verónica.

Victoria guardó el objeto.

—¿Y si alguien nos ve?

—Nadie va a creerle a Mia.

El video terminó.

Mia se llevó una mano a la boca.

—No. No puede ser.

Roman detuvo la reproducción.

—¿Reconoces la voz?

—Es mi tía.

—¿Estás segura?

Mia lo miró, herida por la pregunta.

—La he escuchado toda mi vida, papá.

Roman guardó silencio. Luego miró a Gabriel.

—¿Quién envió el archivo?

—Una cuenta anónima. El mensaje incluye una advertencia: no se debe contactar con la policía hasta recibir nuevas instrucciones.

Roman soltó una risa sin humor.

—Qué generoso de su parte.

—¿Qué hacemos? —preguntó Mia.

—Primero, preservamos el archivo original y documentamos cómo llegó a nosotros. Después lo entregamos a nuestros abogados para que lo pongan a disposición de las autoridades competentes.

—¿Y mi tía?

Roman tardó en responder.

—No vamos a confrontarla hasta saber qué está pasando.

Mia apartó la mirada.

—Ella me dijo que mamá estaba orgullosa de mí. Me dijo que, si alguna vez me sentía sola, podía llamarla a cualquier hora.

—Lo sé.

—¡No lo sabes! —exclamó Mia, golpeando el asiento con la palma—. ¡Tú siempre estabas trabajando! ¡Ella era quien estaba conmigo!

Roman no se defendió.

Aquella era una verdad que llevaba años intentando ignorar.

Había construido un imperio empresarial convencido de que el dinero podía mantener a su hija a salvo. Había pagado sus estudios, protegido su identidad y apartado de su camino a personas que consideraba peligrosas.

Pero nunca había comprendido que, mientras él construía muros, otros podían entrar por las puertas que dejaba abiertas.

—Tienes razón —dijo finalmente—. No sé lo que estás sintiendo. Pero no voy a pedirte que finjas que no te duele.

Mia comenzó a llorar en silencio.

Roman le ofreció un pañuelo. Ella lo aceptó sin mirarlo.

El automóvil se detuvo frente a una residencia de piedra situada en una colina. Mia había vivido allí desde pequeña, aunque los últimos años había pasado más tiempo en el colegio y en la pequeña habitación que alquilaba cerca de la cafetería donde trabajaba.

Al entrar, encontró a Verónica en la sala.

La mujer estaba sentada junto a la chimenea, hablando por teléfono. Al verlos, terminó la llamada y sonrió.

—¡Mia, mi niña! Me enteré de lo que pasó en Ashford. ¿Estás bien?

Abrió los brazos.

Mia retrocedió.

La sonrisa de Verónica desapareció lentamente.

—¿Qué ocurre?

Roman dejó su saco sobre una silla.

—Tenemos algunas preguntas.

Verónica observó a Gabriel, que permanecía junto a la puerta, y después volvió a mirar a su cuñado.

—¿Preguntas sobre qué?

Roman sacó su teléfono.

—Sobre tu visita a Ashford esta mañana.

Por primera vez, Verónica no respondió inmediatamente.

—Fui a recoger unos documentos para Elena Sterling —explicó—. Es una amiga. ¿Qué tiene de extraño?

—¿Le entregaste un objeto a Victoria?

Verónica soltó una carcajada breve.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

Roman reprodujo los primeros segundos del video.

Verónica no llegó a ver la grabación completa. Bastó con escuchar su propia voz.

—Eso está sacado de contexto —dijo inmediatamente.

Mia sintió que el pecho se le encogía.

—¿Qué contexto podría hacer que eso estuviera bien, tía?

Verónica se volvió hacia ella con una expresión dolida.

—Mia, cariño, tú no entiendes cómo funciona el mundo de los adultos. Victoria estaba desesperada. Había un problema entre ustedes y yo intentaba evitar que todo terminara peor.

—¿Le diste algo para golpearme?

—¡No! Por supuesto que no.

—Entonces, ¿qué le entregaste?

Verónica abrió la boca, pero no encontró una respuesta.

Roman se acercó a la mesa.

—No estamos aquí para obligarte a confesar nada. El video será revisado por profesionales. Si existe una explicación legítima, podrás darla.

—¿Profesionales? —Verónica alzó la voz—. ¿Vas a destruir a la hermana de tu esposa por una grabación anónima?

—No voy a destruir a nadie. Voy a descubrir la verdad.

Verónica se volvió hacia Mia.

—¿De verdad vas a permitir que tu padre haga esto? ¿Después de todo lo que he hecho por ti?

Mia tembló.

—Yo no te pedí que me ayudaras a mentir.

El rostro de Verónica se endureció.

—Ten cuidado con lo que dices.

Roman se interpuso inmediatamente.

—No vuelvas a amenazarla.

—¡No la estoy amenazando! ¡Estoy intentando protegerla!

—¿De quién?

Verónica miró a Roman.

Y durante un segundo, Mia tuvo la extraña impresión de que su tía no estaba mirando a su padre, sino a un hombre al que temía desde hacía mucho tiempo.

—De ti —respondió Verónica.

El silencio cayó sobre la sala.

Roman no se movió.

—Explícate.

Verónica respiró profundamente, se secó una lágrima y señaló la fotografía que él todavía llevaba en la mano.

—¿Ya le contaste a Mia lo que pasó la noche en que nació?

Mia levantó la cabeza.

Roman se quedó inmóvil.

—No metas eso en esta conversación —dijo él.

—¿Por qué? —preguntó Verónica—. ¿Porque sabes que, cuando conozca la verdad, dejará de verte como su héroe?

Mia miró a su padre.

—¿De qué está hablando?

Roman extendió una mano hacia ella.

—Mia, hay cosas que necesito explicarte. Pero no aquí, y no de esta manera.

Verónica soltó una risa amarga.

—Siempre lo mismo. Roman decide qué puede saber todo el mundo y cuándo puede saberlo.

Después tomó su bolso y caminó hacia la puerta.

Gabriel se movió para dejarle paso.

Antes de salir, Verónica se volvió por última vez.

—Pregúntale quién estaba al volante del automóvil aquella noche, Mia.

La puerta se cerró.

Mia miró a su padre, incapaz de reconocer la expresión de su rostro.

—¿Qué accidente?

Roman bajó lentamente la mirada hacia la fotografía.

—El accidente en el que murió tu madre.

Mia sintió que las piernas le fallaban.

—Mamá murió de una enfermedad.

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Roman no respondió.

Y aquella ausencia de palabras fue mucho peor que cualquier confesión.

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