Chapter 9: La última decisión de Agnes
El rugido sacudió toda la propiedad.
Las raíces negras se elevaron desde el jardín y se enroscaron alrededor de los árboles. Las ventanas de la mansión estallaron, y el suelo se abrió en largas grietas que dejaban escapar una luz dorada y enfermiza.
Agnes permanecía de pie en medio del jardín, sosteniendo la pequeña flor luminosa entre las manos.
Su rostro estaba cubierto de sudor.
—¡Ahora sí! —gritó—. ¡Dame lo que me prometiste!
La criatura se inclinó hacia ella.
—¿Qué deseas?
Agnes miró sus manos manchadas y luego la flor.
—Quiero riqueza. Quiero juventud. Quiero que nadie vuelva a mirarme como si fuera inferior.
La sombra pareció sonreír.
—Todo deseo tiene un precio.
—¡Lo pagaré!
Eddie avanzó hacia ella.
—¡Agnes, suelta esa flor!
—¡No te acerques!
—No sabes lo que estás haciendo.
Agnes apretó la flor contra su pecho.
—¡Por primera vez en mi vida, sé exactamente lo que quiero!
La criatura extendió una mano.
La flor comenzó a latir.
Una luz intensa envolvió a Agnes, y durante unos segundos su piel recuperó la tersura de la juventud. Las manchas oscuras desaparecieron de sus manos. Su cabello volvió a brillar bajo la luna.
Agnes soltó una carcajada.
—¡Lo sabía! ¡Puedo tenerlo todo!
Pero su alegría duró poco.
El resplandor comenzó a apagarse y una red de líneas negras apareció sobre su cuello.
La criatura habló con una voz profunda.
—Me has ofrecido tu deseo. Ahora dame tu nombre.
Agnes dejó de sonreír.
—¿Mi nombre?
—Tu nombre, tu voluntad y todo aquello que te hace humana.
La flor empezó a quemarle las manos.
Agnes gritó y la dejó caer.
La pequeña esfera luminosa rodó por la hierba hasta detenerse frente a Lina.
La niña se agachó para recogerla.
—¡No la toques! —gritó la bruja—. ¡Todavía está vinculada a la criatura!
Pero Lina ya la tenía entre los dedos.
La luz no la quemó.
Al contrario, el resplandor se volvió cálido y suave, como el abrazo de una madre.
La criatura retrocedió.
Por primera vez, pareció tener miedo.
—Tú no deberías poder sostenerla.
Lina miró la flor.
—No quiero tu poder.
—Todos quieren algo.
—Yo solo quiero que mi familia deje de sufrir.
La sombra se retorció.
—Tu familia te condenó antes de que nacieras.
Lina apretó la flor.
—Entonces seré yo quien termine con esto.
La bruja se acercó lentamente.
—Lina, escucha con atención. La flor original fue destruida cuando tu madre la arrancó. Esta es una forma nacida de las siete hebras. Para cerrar el vínculo, debes devolverle a la criatura lo único que nunca pudo obtener.
—¿Qué cosa?
—Una elección libre.
Lina miró a Agnes, que permanecía arrodillada, intentando quitarse las marcas negras del cuello.
—¿Qué significa eso?
La bruja señaló la flor.
—La criatura no puede obligarte a entregarle el cabello. Pero tú puedes elegir renunciar al poder que contiene.
Lina tocó su larga cabellera.
Durante toda su vida, había deseado que fuera normal. Había llorado cuando Agnes se burlaba de ella, cuando Brielle la llamaba monstruo y cuando los desconocidos se quedaban mirándola en la calle.
Ahora comprendía que el problema nunca había sido su cabello.
Era lo que los demás querían hacer con él.
—¿Si renuncio al poder, dejaré de tener este cabello? —preguntó.
La bruja asintió.
—Puede que cambie para siempre.
Eddie se acercó y se arrodilló a su lado.
—No tienes que hacerlo, cariño. Encontraremos otra solución.
Lina miró a su padre.
—¿Y si no existe otra?
Eddie le tomó las manos.
—Entonces la encontraremos juntos.
La niña sonrió entre lágrimas.
—Gracias por creerme, papá.
Después se volvió hacia Agnes.
Su madrastra seguía arrodillada en la hierba, temblando.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Lina.
Agnes levantó los ojos.
—Yo quería darte una vida mejor.
—No. Querías tener dinero.
—¡No sabes lo que es vivir sintiendo que nunca eres suficiente!
Lina guardó silencio.
Agnes continuó, con la voz quebrada.
—Siempre he visto cómo la gente admira a quienes tienen más. Más dinero, más belleza, más poder. Creí que si conseguía suficiente riqueza, nadie volvería a despreciarme.
—Pero yo nunca te desprecié —respondió Lina—. Solo quería que me quisieras.
Agnes abrió la boca, pero no encontró palabras.
Por primera vez, no tenía una excusa que pudiera ocultar lo que había hecho.
Lina extendió una mano hacia ella.
—Todavía puedes elegir.
Agnes miró aquella mano pequeña.
Recordó las veces que había obligado a Lina a limpiar el suelo, las noches en que la había dejado llorando sola y las amenazas con las que había mantenido a la niña en silencio.
Después miró la flor.
Si la entregaba, perdería su oportunidad de obtener la fortuna.
Si la conservaba, la criatura terminaría consumiéndola.
Agnes cerró los ojos.
—No puedo —susurró.
Lina bajó la mano.
—Entonces no puedo salvarte de ti misma.
La criatura se lanzó hacia ellas.
Eddie empujó a Lina fuera de su trayectoria, pero una raíz negra lo golpeó en el pecho y lo arrojó contra el tronco de un árbol.
—¡Papá!
Lina corrió hacia él.
Eddie intentó incorporarse, pero no podía respirar.
La criatura avanzó sobre la hierba, extendiendo sus raíces en todas direcciones.
—La elección ha sido rechazada. El sello se romperá.
Clara apareció frente a Lina.
Su figura era ahora más transparente que antes.
—Mi amor, tienes que hacerlo.
Lina comenzó a llorar.
—¡No quiero perderte otra vez!
Clara sonrió con dulzura.
—Nunca me perderás. Todo lo que te di sigue dentro de ti.
—¿Y si olvido tu rostro?
—Entonces recuerda mi voz. Recuerda que te amé antes de conocerte y que te amaré incluso cuando ya no pueda volver.
Lina abrazó la flor contra su pecho.
—Te quiero, mamá.
Clara cerró los ojos.
—Y yo a ti.
La figura de Clara comenzó a desvanecerse.
Lina comprendió que aquella era su última oportunidad.
Se puso de pie frente a la criatura y levantó la flor.
—Renuncio a cualquier riqueza que pueda obtener de mi cabello —declaró—. Renuncio a tu poder. Y no permitiré que nadie vuelva a poseerme.
La flor estalló en una luz blanca.
Las raíces se detuvieron.
La criatura lanzó un grito que parecía surgir de las entrañas de la tierra.
—¡No puedes destruirme!
Lina levantó la barbilla.
—No necesito destruirte. Solo necesito dejar de alimentarte.
La luz envolvió su cabello.
Los mechones dorados comenzaron a desprenderse, no como cabellos arrancados, sino como hilos de luz que regresaban lentamente a la flor.
La criatura retrocedió mientras su cuerpo se deshacía en miles de sombras.
La bruja levantó ambas manos y pronunció unas palabras antiguas.
La tierra se cerró.
Las raíces se hundieron.
La oscuridad desapareció.
Cuando el resplandor se apagó, Lina estaba arrodillada sobre la hierba, con el cabello cortado hasta los hombros.
Ya no brillaba como el oro.
Era de un rubio suave, cálido y completamente humano.
Eddie se levantó con dificultad y corrió hacia ella.
—¡Lina!
La abrazó mientras ella lloraba contra su pecho.
La bruja se acercó lentamente.
—Lo has conseguido, pequeña. El vínculo se ha cerrado.
Lina levantó la cabeza.
—¿Y mi mamá?
La anciana miró hacia el lugar donde Clara había desaparecido.
—Su deuda ha terminado.
Entonces, una suave brisa recorrió el jardín.
Una sola flor blanca apareció entre la hierba.
Lina sonrió al reconocer la sensación cálida que le envolvía el corazón.
Clara se había marchado.
Pero su amor permanecía.
A unos metros de ellos, Agnes seguía arrodillada, contemplando sus manos.
Las manchas negras habían desaparecido, pero la mujer parecía haber envejecido décadas en cuestión de minutos.
La bruja se acercó a ella.
—La criatura ya no puede reclamarte.
Agnes levantó los ojos.
—¿Entonces soy libre?
La anciana negó lentamente.
—Eres libre de elegir lo que harás con el resto de tu vida. Pero ser libre no significa quedar libre de las consecuencias.
A lo lejos comenzaron a escucharse sirenas.
Eddie había logrado activar la alarma de emergencia antes de que la mansión quedara aislada.
Agnes miró a Lina por última vez.
La niña no se acercó.
Tampoco la insultó.
Simplemente tomó la mano de su padre y caminó hacia la entrada.
Y mientras las luces de los vehículos iluminaban el jardín, Agnes comprendió que había perdido algo mucho más valioso que una fortuna.
Había perdido la oportunidad de ser amada por la única niña que alguna vez la había llamado mamá.
Pero justo cuando Lina cruzaba la puerta, la bruja la sujetó suavemente del brazo.
—Espera, pequeña.
Lina se volvió.
La anciana observaba la flor blanca que había aparecido en la hierba.
Su rostro estaba lleno de inquietud.
—La maldición terminó —dijo—. Pero hay algo que tu madre nunca supo.
Lina sintió que el corazón volvía a acelerarse.
—¿Qué cosa?
La bruja levantó la mirada.
—La flor que robó Clara no pertenecía a la criatura.
Hizo una pausa.
—Pertenecía a alguien que lleva siglos buscándola.
Y desde el otro lado de las montañas, una campana comenzó a sonar.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
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La bruja palideció.
—Ya sabe que la flor ha regresado.