Chapter 5: La mujer que conocía la maldición
Dos días después, Agnes recibió un paquete sin remitente.
Lo encontró frente a la puerta principal, envuelto en papel marrón y atado con una cuerda negra. Dentro había una pequeña caja de madera, un sobre y una tarjeta con una dirección escrita a mano.
La dirección correspondía a una casa abandonada en las montañas, a casi una hora de Santa Fe.
Agnes abrió primero el sobre.
«Usted ha estado buscando el valor del cabello dorado. Si desea conocer su verdadero precio, venga sola. No lleve a la niña. No lleve a su esposo».
No había firma.
Agnes leyó la nota tres veces.
Podía ser una trampa. También podía ser la única oportunidad de descubrir qué estaba ocurriendo.
Abrió la caja.
Dentro descansaba un pequeño frasco de vidrio. En su interior había una sola hebra de cabello dorado, suspendida en un líquido transparente.
Agnes tomó el frasco y lo levantó hacia la ventana.
La hebra comenzó a brillar.
De repente, una sombra cruzó el cristal.
Agnes se volvió, pero no había nadie en el jardín.
Solo los árboles moviéndose bajo el viento.
Guardó el frasco en su bolso.
Aquella misma tarde inventó una excusa para salir de casa. Le dijo a Eddie que tenía una cita con una diseñadora y que regresaría antes de la cena.
—¿Vas a llevarte el automóvil? —preguntó Eddie.
—Sí, cariño.
—Perfecto. Yo recogeré a Lina de su clase de música.
Agnes sintió una punzada de alarma.
—¿Qué clase de música?
—La tutora empieza hoy. Ya te lo había dicho.
Ella sonrió con esfuerzo.
—Claro. Lo había olvidado.
Subió al automóvil y salió de la propiedad.
Pero antes de llegar a la carretera principal, miró por el retrovisor.
Lina estaba de pie junto a una ventana del segundo piso.
La niña la observaba marcharse.
Y, por primera vez, Agnes tuvo la inquietante sensación de que Lina sabía exactamente adónde iba.
La casa de la montaña se encontraba al final de un camino de tierra, rodeada de pinos retorcidos y piedras cubiertas de musgo. No había otras viviendas cerca. Tampoco cables eléctricos ni señales de que alguien hubiera vivido allí recientemente.
Agnes estacionó y bajó del automóvil.
La puerta principal estaba abierta.
—¿Hola? —llamó.
Nadie respondió.
Entró con cautela.
El interior olía a hierbas secas, ceniza y tierra mojada. Había velas encendidas sobre una mesa, aunque no soplaba viento y las ventanas estaban cerradas.
En las paredes colgaban dibujos antiguos de plantas, símbolos y mujeres con cabelleras extraordinariamente largas.
Agnes reconoció inmediatamente el jardín de la fotografía.
—Sabía que vendrías —dijo una voz desde el fondo.
La anciana apareció entre las sombras.
Era la misma mujer de cabello blanco que había maldecido a Clara.
Agnes sintió que las piernas le temblaban, pero se obligó a mantener la espalda recta.
—¿Usted es la mujer del jardín?
—Me han llamado muchas cosas.
—Necesito saber qué le hizo a Lina.
La anciana soltó una carcajada seca.
—¿Yo? Fue su madre quien arrancó la flor.
—No estoy aquí para escuchar historias.
—No. Estás aquí porque has descubierto que la niña vale más de lo que imaginabas.
Agnes guardó silencio.
La bruja caminó hasta la mesa y señaló una silla.
—Siéntate.
—Prefiero quedarme de pie.
—Entonces escucha de pie. Pero escucha bien, porque no repetiré esto.
La anciana tomó una vela y la acercó al frasco que Agnes llevaba en el bolso.
—¿De dónde sacaste esa hebra?
—La encontré.
—Mentira.
Agnes apretó la mandíbula.
—¿Qué importa?
—Importa porque cada hebra arrancada sin consentimiento debilita la prisión.
Agnes miró el frasco.
—¿Qué prisión?
La bruja apagó la vela con dos dedos.
En la oscuridad, el cabello dentro del vidrio comenzó a iluminarse.
—Hace siglos, una criatura vivía bajo las raíces de aquel jardín. No era humana ni animal. Se alimentaba de la ambición de quienes deseaban poseer lo imposible. La flor dorada mantenía dormida a esa criatura, y su luz servía como sello.
Agnes sintió que se le secaba la boca.
—¿Y Clara?
—Arrancó la flor cuando llevaba a Lina en el vientre. La magia buscó un recipiente para sobrevivir. Lo encontró en la niña.
—Entonces el cabello…
—Es el sello visible. Cada hebra contiene una parte del vínculo que mantiene dormida a la criatura.
Agnes miró el frasco como si acabara de convertirse en una bomba.
—¿Qué ocurre si alguien lo corta?
—Un cabello cortado no rompe la prisión por sí solo. Pero si alguien roba suficientes hebras, las reúne y realiza el ritual correcto, la criatura despertará.
La bruja se acercó a ella.
—Y cuando despierte, buscará a quien haya reunido el oro.
Agnes tragó saliva.
—¿Por qué alguien haría algo así?
La anciana la miró fijamente.
—Por la misma razón por la que tú estás aquí.
Agnes se puso de pie.
—Yo no quiero despertar ninguna criatura. Solo quiero saber cuánto vale el cabello.
—Entonces ya has perdido.
La bruja levantó una mano y el frasco salió del bolso de Agnes, flotando hasta la mesa.
La hebra dorada comenzó a retorcerse dentro del vidrio.
—Devuelve lo que has tomado —ordenó la anciana.
—No puede obligarme.
—No necesito obligarte. Solo necesito mostrarte lo que sucederá si continúas.
La anciana tocó el frasco.
De pronto, la habitación desapareció.
Agnes vio una visión: una sala inmensa llena de hombres y mujeres vestidos con trajes elegantes. Todos contemplaban una corona de cabello dorado colocada sobre un pedestal de mármol.
En el centro de la sala estaba Lina, mucho mayor, inmóvil, con el rostro cubierto de lágrimas.
Agnes se vio a sí misma frente a la corona, vestida con un vestido blanco y rodeada de joyas.
Entonces, la corona se abrió como una flor.
De su interior surgieron manos negras que se aferraron a los brazos de Agnes.
La mujer gritó.
La visión desapareció.
Cayó de rodillas, respirando con dificultad.
—¿Qué fue eso?
—Tu futuro, si insistes en convertir a Lina en mercancía.
Agnes se levantó lentamente.
—¿Cómo puedo romper la maldición?
La bruja pareció sorprendida.
—¿Quieres salvarla?
Agnes bajó la mirada.
Durante un instante, pensó en Eddie, en la herencia y en la vida que podría comprar con aquel cabello.
—Quiero saber cómo funciona —respondió finalmente.
La anciana la observó con desprecio.
—Entonces no has aprendido nada.
Agnes salió de la casa sin el frasco. La bruja no intentó detenerla.
Cuando llegó a su automóvil, encontró un papel bajo el limpiaparabrisas.
Era una fotografía de Lina dormida en su habitación.
En el reverso había una frase escrita con tinta roja:
«La criatura ya conoce tu nombre».
Agnes miró hacia la casa.
La anciana estaba de pie en la ventana, inmóvil.
Y detrás de ella, por un instante, Agnes distinguió una figura mucho más alta, con ojos dorados y dedos tan largos como raíces.
Arrancó el automóvil y huyó.
Pero no regresó a casa para destruir las hebras que había reunido.
Regresó para conseguir más.
Esa noche, mientras Lina estudiaba con su tutora, Agnes abrió la libreta negra y revisó todas las mediciones que había tomado.
Después llamó al hombre que había prometido encontrar compradores.
—Quiero que organices una reunión privada —dijo.
—¿Para vender la muestra?
—No. Para vender el cabello completo.
Hubo un largo silencio al otro lado.
—Señora, ¿está segura?
Agnes miró hacia el pasillo, donde se escuchaban las risas de Lina y su tutora.
—Nunca he estado más segura de nada en mi vida.
Colgó.
Entonces, desde el piso superior, se escuchó un grito.
Agnes corrió hacia la habitación de Lina.
La niña estaba de pie frente al espejo, con las manos sobre la cabeza. Su cabello dorado se movía por sí solo, elevándose lentamente como si una corriente de aire invisible lo sostuviera.
La tutora retrocedió, aterrorizada.
—¡Señora Agnes, tiene que ver esto!
Agnes se quedó paralizada.
Entre los mechones dorados, algo oscuro comenzó a moverse.
Una voz profunda resonó en las paredes.
—Por fin… alguien está reuniendo las llaves.
Lina miró a Agnes con los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá Agnes, ¿por qué esa voz sabe mi nombre?
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Y desde algún lugar bajo la casa, algo respondió con tres golpes.
Como si llevara años esperando que alguien abriera la puerta.