Chapter 4: El secreto detrás de la fotografía
Agnes no pudo dormir después de leer aquella advertencia.
«El cabello no es oro. Es la prisión de algo que nunca debió despertar».
A las tres de la madrugada, seguía sentada en su despacho, con la fotografía de la bruja sobre el escritorio y el sobre de Clara abierto frente a ella. Afuera, el viento golpeaba las ventanas de la mansión, haciendo crujir los marcos de madera.
Agnes había pasado años imaginando lo que haría con una fortuna extraordinaria. Podría comprar una casa en Beverly Hills, viajar por Europa, adquirir joyas que ninguna de sus amigas pudiera permitirse y dejar de depender del dinero de Eddie.
Pero aquella nota había sembrado una duda que no podía ignorar.
¿Y si el cabello de Lina realmente estaba maldito?
Se levantó, caminó hasta la caja fuerte y sacó una carpeta donde guardaba los documentos personales de Clara. Entre certificados médicos, fotografías y cartas antiguas, encontró una hoja doblada varias veces.
Era una carta dirigida a Eddie.
La tinta estaba descolorida, pero la letra era inconfundible.
«Eddie, si algún día me sucede algo, cuida de Lina. No permitas que Agnes la aparte de ti. Hay algo que no te he contado sobre la noche en que fui al jardín. La mujer que vive allí me advirtió que mi hija sería perseguida por personas que confundirían su don con una fortuna».
Agnes dejó de respirar por un instante.
Siguió leyendo.
«Si alguna vez ves que su cabello comienza a brillar con más intensidad, busca a la anciana. Solo ella sabe cómo romper el vínculo. Pero nunca, bajo ninguna circunstancia, permitas que alguien le corte el cabello por codicia».
La carta terminaba abruptamente.
Agnes la dejó sobre el escritorio.
—Maldita Clara —murmuró—. ¿Por qué tenías que complicarlo todo?
Un golpe en la puerta la hizo girarse.
—¿Agnes? —llamó Eddie desde el pasillo—. ¿Qué haces despierta?
Ella guardó rápidamente la carta en la carpeta.
—No podía dormir, cariño. Estaba organizando unos documentos.
Eddie entró con una bata azul y el cabello despeinado.
—Mañana quiero hablar contigo sobre Lina.
Agnes sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué pasa con ella?
—He estado pensando en lo que vi hoy. Está demasiado delgada y parece asustada cada vez que te acercas. Quiero contratar a una tutora para que vuelva a estudiar en casa, al menos durante un tiempo.
—¿Una tutora? —repitió Agnes—. ¿Para qué? La niña necesita disciplina, no más privilegios.
—Necesita una infancia normal.
—Eddie, yo también tengo responsabilidades. No puedo pasarme el día pendiente de ella.
Él la observó con una seriedad que rara vez mostraba.
—Clara confió en nosotros.
Agnes apretó los dientes.
—Y yo he hecho todo lo posible por cumplir esa promesa.
—Entonces no tendrás ningún problema en que alguien venga a revisar cómo está.
Durante unos segundos, Agnes no encontró respuesta.
Si Eddie contrataba a una tutora, descubriría que Lina apenas recibía educación. Si investigaba más, también podría descubrir las llamadas y las mediciones.
—Haz lo que creas conveniente —respondió finalmente—. Solo espero que no conviertas a la niña en una víctima cuando lo único que necesita es aprender a obedecer.
Eddie salió sin contestar.
Agnes esperó a escuchar sus pasos alejándose antes de cerrar la puerta con llave.
Por primera vez en muchos años, su marido había empezado a desconfiar de ella.
Y eso era mucho más peligroso que cualquier maldición.
A la mañana siguiente, Lina encontró un pequeño espejo roto junto a su cama.
No recordaba haberlo dejado allí.
Se arrodilló para recoger los fragmentos y descubrió algo extraño entre los pedazos de vidrio: un mechón de su propio cabello, cortado limpiamente, atado con un hilo rojo.
Lo sostuvo entre los dedos.
El mechón brilló.
No como reflejaba la luz del sol, sino desde dentro, con un resplandor cálido que iluminó sus manos.
Lina retrocedió.
—¿Qué eres? —susurró.
En ese instante, escuchó una voz femenina detrás de ella.
—Una llave.
Lina se volvió de golpe.
La habitación estaba vacía.
La voz continuó, más suave esta vez.
—Y alguien está intentando utilizarte para abrir una puerta que debe permanecer cerrada.
Lina sintió que el aire se volvía helado.
—¿Quién está ahí?
El cabello de sus dedos comenzó a vibrar.
Después, la luz se apagó.
Cuando Agnes entró unos minutos más tarde, encontró a Lina sentada en el suelo, pálida y temblorosa.
—¿Qué haces ahí?
Lina escondió el mechón detrás de su espalda.
—Nada.
Agnes la observó con desconfianza.
—Enséñame las manos.
—No tengo nada.
—¡Ahora!
Lina extendió las manos vacías.
Agnes miró la habitación y descubrió los fragmentos del espejo.
—¿Rompiste mi espejo?
—Se cayó solo.
Agnes levantó la mano, pero se detuvo antes de golpearla. Había algo diferente en los ojos de Lina, algo que no había visto antes.
Miedo, sí.
Pero también una luz extraña.
—¿Qué te pasó anoche? —preguntó.
Lina negó con la cabeza.
—Nada, señora.
Agnes la agarró del brazo.
—No vuelvas a mentirme.
—¡Me está lastimando!
Agnes la soltó de inmediato, más por sorpresa que por compasión.
Un resplandor dorado había aparecido alrededor de la muñeca de Lina, justo donde sus dedos la habían sujetado.
Ambas lo vieron.
Y ambas comprendieron que algo acababa de cambiar.
Agnes retrocedió lentamente.
—¿Qué demonios eres?
Lina comenzó a llorar.
—¡No lo sé!
En el pasillo, una puerta se abrió.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Eddie.
Agnes miró a su marido, después a Lina y finalmente al resplandor que desaparecía bajo la piel de la niña.
No podía permitir que Eddie descubriera la verdad.
No todavía.
—Se cayó un espejo —dijo, recuperando la compostura—. Lina se asustó.
Eddie se acercó a su hija.
—Ven conmigo, cariño.
Lina corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.
Mientras Eddie le acariciaba la cabeza, Agnes miró el mechón dorado que sobresalía detrás de la espalda de la niña.
Su miedo comenzó a transformarse en una decisión.
Si el cabello era una llave, necesitaba descubrir qué abría.
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Y si existía una puerta detrás de aquella maldición, Agnes estaba dispuesta a encontrarla.
Incluso si para hacerlo tenía que destruir a Lina.