Chapter 2: La promesa de una madrastra
Eddie cumplió su promesa.
Cuando Clara murió, llevó a Lina a vivir a su enorme casa de estilo español, en las afueras de Santa Fe. La propiedad tenía columnas de piedra, jardines impecables y ventanas tan altas que reflejaban el cielo como espejos.
Allí vivía también Agnes, la esposa de Eddie.
Era una mujer elegante, de cabello castaño perfectamente peinado, vestidos de diseñador y una sonrisa que parecía ensayada frente al espejo.
La primera vez que vio a Lina, se quedó sin palabras.
La bebé dormía en los brazos de Eddie, envuelta en una manta blanca. Su cabello dorado sobresalía por los bordes, iluminando suavemente la tela.
Agnes se acercó despacio.
—Qué criatura tan hermosa —dijo, extendiendo un dedo para acariciarle la cabeza.
Eddie sonrió con cansancio.
—Clara quería que tuviera una vida feliz. Voy a asegurarme de que así sea.
Agnes levantó la mirada hacia su marido.
—Yo la cuidaré como si fuera mi propia hija.
La voz sonó dulce. Perfecta.
Eddie la abrazó agradecido.
Pero cuando él se volvió para hablar con el médico, Agnes dejó de sonreír.
Observó el cabello de Lina con una atención que no tenía nada de maternal.
Una hebra dorada se había enredado alrededor de su dedo. Agnes la frotó entre el pulgar y el índice, sorprendida por su suavidad.
Después, la soltó rápidamente cuando Eddie volvió a mirarla.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—Por supuesto, cariño. Solo estaba pensando en lo afortunada que es esta niña.
Agnes sonrió de nuevo.
Y aquella noche, mientras todos dormían, buscó en internet cuánto podía valer el cabello humano más raro del mundo.
No encontró ninguna respuesta que se acercara a lo que había visto.
Los primeros años de Lina transcurrieron entre vestidos bonitos, juguetes costosos y fotografías familiares en las que Agnes aparecía abrazándola.
A los visitantes les encantaba aquella imagen.
—Tienes un corazón enorme, Agnes —le dijo una vecina durante una fiesta de cumpleaños—. No todas las mujeres aceptarían criar a la hija de otra persona.
Agnes inclinó modestamente la cabeza.
—Lina es parte de nuestra familia.
Eddie, que escuchaba desde el otro lado de la sala, le besó la mejilla.
Lina, demasiado pequeña para entender las palabras, jugaba con una muñeca mientras su cabello dorado se extendía por el sofá.
Agnes la observó de reojo.
En su mente, cada hebra representaba dinero.
Muchísimo dinero.
Sin embargo, Eddie había dejado claro que Lina heredaría una parte importante de su patrimonio. Y mientras su marido estuviera vivo, Agnes no podía arriesgarse a revelar lo que realmente pensaba.
Así que esperó.
Y esperó.
Hasta que Lina cumplió seis años.
Aquella mañana, Eddie salió temprano para atender una reunión. Agnes bajó a la cocina y encontró a la niña desayunando frente a un plato de pan tostado.
—Buenos días, mamá Agnes —dijo Lina.
Agnes sintió una irritación repentina al escuchar aquella palabra.
—Buenos días. Termina rápido. Hoy tienes que ayudar a Rosa con la limpieza.
Lina levantó la cabeza.
—Pero la maestra dijo que tengo que llevar mi tarea mañana.
—Entonces tendrás que hacerla después.
—¿Puedo terminar primero mi desayuno?
Agnes dejó una taza sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Acaso no escuchaste lo que dije?
Lina bajó los ojos.
—Sí, señora.
Aquella fue la primera vez que Agnes la llamó así: señora.
Y fue la última vez que Lina desayunó sentada a la mesa del comedor.
Durante los meses siguientes, Agnes empezó a quitarle poco a poco todo lo que antes le había permitido disfrutar. Los vestidos desaparecieron de su armario. Los juguetes fueron guardados en cajas. Las clases de música terminaron porque, según Agnes, Lina necesitaba aprender a ser útil.
Cuando Eddie preguntaba por qué su hija parecía cada vez más triste, Agnes tenía una respuesta preparada.
—Está creciendo, cariño. Es una etapa difícil.
—¿Y por qué no quiere hablar conmigo?
—Porque le permitiste creer que el mundo giraba a su alrededor.
Eddie se quedaba callado, atormentado por la culpa de pasar demasiado tiempo trabajando.
Agnes sabía que el silencio era su mejor aliado.
Cuando Lina cumplió diez años, su cabello le llegaba mucho más abajo de la cintura.
Era tan largo que debía recogerlo en una trenza gruesa antes de caminar por la casa. Bajo el sol, los mechones reflejaban destellos dorados que atraían las miradas de cualquiera que los viera.
Agnes empezó a prohibirle salir al jardín.
—No quiero que los vecinos estén hablando de ti —le dijo una tarde.
—¿Por qué hablarían de mí?
—Porque tu apariencia es extraña.
Lina se tocó el cabello.
—¿Mi mamá decía que era bonito?
La pregunta hizo que Agnes apretara los labios.
—Tu madre ya no está aquí para decirte nada.
Lina retrocedió, herida.
—Yo solo quería saber…
—¡Basta de preguntas!
Agnes la tomó del brazo y la llevó hasta la cocina.
—A partir de hoy, limpiarás el suelo todos los días. Si tu cabello toca la suciedad, tú la limpiarás también.
Lina miró la cubeta, el trapeador y las baldosas frías.
—Pero se me va a enredar.
Agnes se inclinó hacia ella.
—Entonces aprende a cuidarlo.
Desde la puerta, Brielle, la hija biológica de Agnes, soltó una carcajada.
Tenía doce años, ropa costosa y una crueldad que había aprendido observando a su madre.
—Parece una sirvienta de cuento —se burló—. Solo le falta dormir junto a la chimenea.
—Brielle, no seas grosera —dijo Agnes, fingiendo reprenderla.
Después, cuando Lina empezó a fregar el suelo, Agnes le susurró a su hija:
—No te preocupes. Pronto sabremos cuánto vale realmente.
Lina no alcanzó a escuchar la frase completa.
Pero sí vio cómo Agnes miraba su cabello.
No con cariño.
No con curiosidad.
Sino con el mismo deseo con que una persona contempla una joya detrás de un cristal.
Aquella noche, Lina se encerró en el pequeño cuarto que le habían asignado junto a la lavandería. Sacó de debajo de su colchón una fotografía de Clara que Eddie le había regalado cuando era pequeña.
Su madre aparecía sonriendo, con una mano sobre el vientre.
Lina acarició el rostro de la mujer en la imagen.
—Mamá, ¿por qué Agnes me odia?
Una lágrima cayó sobre el papel.
Entonces escuchó un ruido detrás de la puerta.
Pasos lentos.
El sonido metálico de unas tijeras.
Lina contuvo la respiración.
La manija comenzó a girar.
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Y una voz conocida susurró desde el otro lado:
—Es hora de descubrir si tu cabello vale tanto como imagino.