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Chapter 3: Setenta centímetros de oro

Lina abrió los ojos de golpe.

La puerta de su habitación se entreabrió y Agnes apareció con una cinta métrica, unas tijeras pequeñas y una libreta de tapas negras.

—¿Qué está haciendo, señora? —preguntó Lina, incorporándose en la cama.

Agnes cerró la puerta detrás de ella.

—Quiero revisar algo.

—¿Ahora? Es de noche.

—No recuerdo haberte pedido permiso para entrar.

Lina apretó la fotografía de su madre contra el pecho.

Agnes miró la imagen y arqueó una ceja.

—¿Sigues guardando eso?

—Es lo único que tengo de ella.

—Tienes una casa, comida y ropa. No exageres.

Lina escondió la fotografía bajo la almohada.

Agnes se acercó y señaló la silla junto a la pared.

—Siéntate.

—¿Por qué trae esas tijeras?

—Porque tu cabello está demasiado largo.

—Usted dijo que debía limpiarlo si tocaba el suelo.

—Y ahora digo que debes sentarte.

Lina obedeció lentamente.

Agnes colocó la cinta métrica sobre el cabello dorado y comenzó a medir desde la raíz. Sus dedos se movían con una precisión casi profesional, separando los mechones y anotando cifras en la libreta.

Cuando llegó al extremo de la primera sección, se quedó quieta.

—Setenta centímetros…

Volvió a medir.

Después tomó otra sección.

El resultado fue prácticamente el mismo.

Agnes abrió la libreta y escribió varios números. Luego sacó su teléfono y comenzó a hacer cálculos.

Lina observaba sus movimientos a través del espejo.

—¿Qué está anotando?

Agnes cerró la libreta de golpe.

—Cosas de adultos.

—¿Me va a cortar el cabello?

Por primera vez, Agnes pareció considerar una respuesta.

—Todavía no lo sé.

Lina sintió un escalofrío.

—Mi mamá me pidió que nunca dejara que nadie me lo cortara sin explicarme por qué.

Agnes dejó las tijeras sobre la mesa.

—Tu madre está muerta, Lina. Y las promesas que le hiciste no van a cambiar nada.

La niña apretó las manos sobre sus rodillas.

—Pero es mi cabello.

Agnes se inclinó hacia ella y le apartó un mechón de la cara.

—No tienes idea de lo que tienes, pequeña.

Su tono había cambiado. Ya no sonaba irritado.

Sonaba emocionado.

A la mañana siguiente, Lina se levantó antes del amanecer para preparar el desayuno.

Mientras colocaba platos sobre la mesa, escuchó a Agnes hablando por teléfono en el despacho contiguo. La puerta no estaba completamente cerrada.

—Sí, estoy segura de que es natural —decía Agnes—. No, no tiene tintes ni tratamientos. Brilla así desde que nació.

Lina se quedó inmóvil con una taza entre las manos.

—Necesito una valoración privada —continuó Agnes—. Quiero saber cuánto pagarían por una cantidad grande.

Hubo una pausa.

—¿Una colección completa? No. No estoy hablando de pelucas normales. Estoy hablando de algo único.

Lina dejó la taza sobre la encimera sin hacer ruido.

Entonces oyó una palabra que le heló la sangre.

—Cabello dorado.

Retrocedió un paso.

La taza resbaló de sus dedos y se rompió contra el suelo.

El teléfono dejó de sonar al otro lado de la pared.

—¿Quién está ahí? —gritó Agnes.

Lina se agachó para recoger los pedazos, pero ya era demasiado tarde.

La puerta del despacho se abrió.

Agnes la encontró arrodillada entre los fragmentos de cerámica.

—¿Cuánto escuchaste?

—Yo… nada.

—Mírame cuando te hablo.

Lina levantó la cabeza.

—Solo vine a preparar el desayuno.

Agnes observó la taza rota y luego el largo cabello que caía sobre los hombros de la niña.

—A partir de hoy, no vuelves a entrar en esta habitación.

—Sí, señora.

—Y si repites una sola palabra de lo que escuchaste, te aseguro que te arrepentirás.

Lina asintió.

Agnes la dejó allí y regresó al despacho.

La niña esperó hasta que escuchó cerrarse la puerta. Después terminó de recoger los pedazos y se dirigió al fregadero, con el corazón golpeándole el pecho.

Por primera vez, comprendió que el interés de Agnes no tenía nada que ver con su apariencia.

Tenía que ver con el dinero.

Y quizá con algo mucho peor.

Esa tarde, Eddie llegó a casa antes de lo habitual.

Encontró a Lina fregando el suelo de la cocina. La niña tenía las mangas remangadas y el cabello recogido en una trenza que arrastraba detrás de ella.

—Lina, ¿qué haces aquí? —preguntó, dejando su maletín sobre una silla.

Ella se sobresaltó.

—Estoy limpiando, papá.

Eddie miró las rodillas enrojecidas de la niña.

—¿Otra vez? ¿No tenías clases hoy?

Lina abrió la boca, pero antes de que pudiera responder, Agnes apareció en la entrada.

—La escuela suspendió las actividades por una fuga de agua —explicó tranquilamente—. Pensé que sería bueno que aprovechara el tiempo para ayudar.

Eddie frunció el ceño.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—No quería molestarte durante tu reunión.

Él se volvió hacia Lina.

—¿Es verdad, cariño?

La niña miró a Agnes.

Su madrastra sonreía, pero sus ojos permanecían fríos.

Lina recordó la amenaza de aquella mañana.

—Sí, papá —respondió en voz baja.

Eddie suspiró y le acarició la cabeza.

—Está bien. Pero mañana quiero verte haciendo tus tareas. No naciste para limpiar esta casa.

Por un segundo, Lina sintió que podía contarle todo.

Entonces Agnes dejó caer una cuchara sobre la mesa.

El ruido fue pequeño.

La advertencia, no.

—Gracias, papá —murmuró Lina.

Eddie le dio un beso en la frente y subió las escaleras para cambiarse.

Agnes esperó hasta que desapareció.

Después se acercó a Lina.

—Muy bien. Parece que sabes cuándo debes guardar silencio.

—¿Por qué quiere vender mi cabello? —preguntó Lina, reuniendo el valor que le quedaba.

La sonrisa de Agnes desapareció.

—¿Quién te dijo eso?

—La escuché por teléfono.

Agnes se agachó hasta quedar a su altura.

—No quiero venderlo, Lina. Quiero aprovechar lo que tienes.

—Pero no soy una cosa.

Durante varios segundos, ninguna habló.

Entonces Agnes tomó un mechón dorado entre los dedos y lo sostuvo frente a la luz.

—Eso es exactamente lo que todavía no entiendes.

Lina intentó apartarse.

Agnes la sujetó de la muñeca.

—Escúchame bien. Tu padre puede creer que eres su pequeña princesa, pero esta casa funciona con mis reglas. Y mientras vivas aquí, harás lo que yo diga.

La soltó y se marchó.

Lina permaneció inmóvil, mirando su reflejo en la ventana oscura.

Por primera vez, deseó tener un cabello normal.

Algo que no atrajera miradas.

Algo que nadie quisiera comprar.

Aquella noche, mientras Eddie dormía, Agnes recibió una llamada.

Se encerró en el despacho y respondió al primer timbrazo.

—¿Y bien? —preguntó.

Una voz masculina habló al otro lado.

—Hicimos una investigación preliminar. Si el cabello tiene las propiedades que usted describe, hay coleccionistas privados dispuestos a pagar una fortuna.

Agnes se sentó lentamente.

—¿Cuánto?

—No podemos darle una cifra exacta sin analizar una muestra.

Agnes miró hacia la puerta.

—¿Qué clase de muestra?

—Un mechón pequeño. Pero necesito advertirle algo: si el brillo es permanente y no depende de ningún tratamiento, podría tratarse de una anomalía que jamás hemos visto.

Agnes sonrió.

—Entonces será mejor que nadie más se entere.

—Señora, hay otra cosa. Encontramos un registro antiguo sobre una mujer que vivió en esa región hace décadas. Hablaba de una flor dorada y de una maldición relacionada con el cabello de una niña.

La sonrisa de Agnes se desvaneció.

—¿Una maldición?

—No sabemos si es una leyenda o algo más. Pero el documento menciona a una bruja que protegía un jardín prohibido.

Agnes miró la libreta negra donde había anotado las medidas de Lina.

Setenta centímetros.

Una fortuna potencial.

Una oportunidad que quizá no volvería a presentarse.

—Consígame una copia de ese documento —ordenó—. Y prepare todo para analizar la muestra.

Cuando colgó, abrió un cajón y sacó un sobre viejo que había encontrado entre las pertenencias de Clara años atrás.

Nunca se había molestado en leerlo.

Ahora, bajo la luz del escritorio, descubrió una frase escrita en la parte exterior con una letra temblorosa:

*«Si el cabello de Lina empieza a brillar, no permitan que Agnes descubra la verdad».*

Agnes sintió que la sangre se le enfriaba.

Abrió el sobre.

Dentro había una fotografía antigua de una mujer vestida de negro, de pie frente a un jardín rodeado de rejas.

La misma mujer que Clara había visto durante la tormenta.

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Y en el reverso de la fotografía había una advertencia que cambiaría todo lo que Agnes creía saber:

*«El cabello no es oro. Es la prisión de algo que nunca debió despertar».*

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