Chapter 6: El precio de la primera hebra
Agnes ordenó a la tutora que se marchara.
La mujer no discutió. Recogió su bolso con manos temblorosas, cruzó el pasillo y salió de la mansión sin despedirse.
Eddie todavía no había regresado de su viaje de negocios, y Agnes pensaba aprovechar aquellas horas para descubrir qué había ocurrido con Lina.
La niña permanecía sentada en el borde de la cama, abrazándose las rodillas. Su cabello había dejado de moverse, pero un resplandor tenue continuaba recorriendo las puntas.
—¿Qué escuchaste exactamente? —preguntó Agnes.
Lina levantó los ojos.
—Una voz.
—¿Qué dijo?
—Que alguien estaba reuniendo las llaves.
Agnes sintió un escalofrío.
—¿Y después?
—Preguntó si estaba lista.
—¿Lista para qué?
—No lo sé.
Agnes caminó alrededor de la cama, observando cada mechón como si pudiera descubrir una explicación científica entre ellos.
—¿Has tenido estos episodios antes?
Lina dudó.
—A veces sueño con un jardín. Hay una mujer que me llama desde detrás de una puerta, pero nunca puedo verla bien.
Agnes se detuvo.
—¿Qué mujer?
—Tiene el cabello blanco. Y siempre me dice que no deje entrar a nadie.
La bruja.
Agnes recordó la casa de la montaña y la advertencia sobre la criatura. De pronto, comprendió que el cabello de Lina no era solo una prisión.
También podía ser una conexión.
Quizá la niña escuchaba a la criatura porque el sello estaba debilitándose.
—¿Por qué no me lo habías contado? —preguntó Agnes.
Lina soltó una risa triste.
—Porque cuando le cuento cosas, usted se enoja.
La respuesta golpeó a Agnes con una fuerza inesperada.
Durante un segundo, vio a Clara en la cama del hospital, suplicándole que protegiera a su hija. Recordó su propia promesa y sintió algo parecido a la vergüenza.
Pero la sensación desapareció casi de inmediato.
—Escúchame, Lina. A partir de ahora, me contarás todo lo que ocurra con tu cabello.
—¿Va a dejar de castigarme?
Agnes no respondió.
Lina bajó la mirada.
—Ya entiendo.
La niña se levantó y caminó hacia el armario. Sacó una pequeña caja de cartón donde guardaba los pocos recuerdos que conservaba de su madre.
—Encontré algo hace unos días —dijo.
Agnes se volvió.
Lina abrió la caja y sacó una hoja amarillenta que había estado doblada dentro de la fotografía de Clara.
Era un dibujo del jardín prohibido.
En el centro aparecía la flor dorada. Alrededor de ella había siete círculos, cada uno marcado con un símbolo diferente.
Debajo, Clara había escrito:
«Siete hebras para abrir. Una verdad para cerrar».
Agnes arrebató la hoja.
—¿Dónde encontraste esto?
—Estaba detrás de la fotografía.
Agnes estudió los símbolos.
—¿Sabes qué significa?
—No.
Lina la observó con miedo.
—¿Me va a devolver la hoja?
Agnes dobló el papel y lo guardó en su bolsillo.
—Todavía no.
A medianoche, Agnes se encerró en el despacho.
Extendió el dibujo sobre el escritorio y llamó al hombre que estaba organizando la venta.
—Necesito que consigas siete muestras del cabello de Lina —dijo.
El hombre guardó silencio.
—Creí que quería venderlo.
—Y lo haré. Pero primero necesito comprobar algo.
—¿Qué clase de muestras?
—Siete hebras. Separadas. Sin que nadie sospeche.
—Señora, eso suena complicado.
Agnes abrió el cajón donde guardaba las tijeras.
—Te pagaré el doble.
El hombre aceptó.
Cuando colgó, Agnes se quedó mirando el dibujo. Si la leyenda era cierta, siete hebras podían abrir una puerta. Pero también podían revelar un poder que ningún coleccionista sería capaz de ignorar.
Quizá la criatura podía conceder riqueza.
Quizá podía otorgar juventud eterna.
O quizá podía destruir todo lo que tocara.
Agnes no sabía cuál de aquellas posibilidades era la más tentadora.
A la mañana siguiente, puso en marcha su plan.
Le pidió a Lina que la acompañara al jardín de la mansión, donde el sol iluminaba las flores y el aire olía a romero.
La niña caminaba a su lado con cautela.
—¿Por qué me trajo aquí? —preguntó.
—Porque quiero que pasemos tiempo juntas.
Lina la miró, desconfiada.
—¿De verdad?
Agnes se obligó a sonreír.
—Claro. He sido demasiado estricta contigo.
La niña no respondió.
Agnes se sentó en un banco de piedra y le hizo una seña para que se acercara.
—Ven. Déjame peinarte.
Lina retrocedió instintivamente.
—Yo puedo hacerlo sola.
—No seas maleducada. Solo quiero ayudarte.
Después de unos segundos, Lina se sentó frente a ella.
Agnes sacó un cepillo y comenzó a desenredar el cabello con movimientos suaves. Por primera vez en años, la niña sintió que alguien la trataba con ternura.
—Mi mamá me peinaba así —murmuró Lina.
Agnes apretó el cepillo.
—No hables de ella ahora.
Lina se quedó callada.
Mientras la peinaba, Agnes deslizó discretamente unas tijeras pequeñas entre los dedos. Esperó hasta que un mechón quedó separado del resto.
Entonces cortó una hebra.
El sonido fue apenas perceptible.
Pero el jardín entero pareció quedarse en silencio.
Las flores dejaron de moverse. Los pájaros abandonaron los árboles. El aire se volvió tan frío que Agnes pudo ver su propio aliento.
Lina se llevó una mano a la cabeza.
—¿Qué hizo?
Agnes escondió la tijera.
—Nada. Solo estaba arreglando una punta.
La niña se levantó de golpe.
—¡Me cortó el cabello!
—Es solo una hebra.
Lina comenzó a llorar.
—¡Le dije que no lo hiciera!
El cabello dorado que quedaba sobre sus hombros se levantó de repente. Los mechones flotaron en el aire, formando una espiral alrededor de la niña.
Agnes retrocedió.
La hebra cortada brilló entre sus dedos hasta volverse blanca.
Después se deshizo en ceniza.
Desde las profundidades de la tierra llegó un rugido.
Las piedras del camino vibraron.
Y una grieta apareció en el suelo, justo debajo del banco donde Agnes había estado sentada.
Lina cayó de rodillas, tapándose los oídos.
—¡Deténgase! ¡Por favor!
Una voz surgió desde el interior de la grieta.
—Una llave menos dormida.
Agnes dejó caer las tijeras.
Por primera vez, comprendió que el ritual no funcionaba como había imaginado.
No estaba recogiendo oro.
Estaba despertando algo.
Esa noche, Eddie regresó a casa antes de lo previsto.
Encontró a Lina encerrada en su habitación, abrazada a la fotografía de Clara. La niña tenía los ojos hinchados de tanto llorar y una pequeña zona de su cabello parecía haber perdido el brillo.
—¿Qué pasó, cariño? —preguntó Eddie, sentándose a su lado.
Lina se lanzó a sus brazos.
—Papá, quiero irme de esta casa.
Eddie se quedó helado.
—¿Por qué?
—Porque Agnes me hizo daño. Y creo que algo malo está pasando conmigo.
Eddie le acarició la espalda.
—Nadie volverá a lastimarte. Te lo prometo.
Lina levantó la cabeza.
—¿Aunque sea tu esposa?
Eddie no respondió de inmediato.
Después, le tomó la mano.
—Aunque sea mi esposa.
En el pasillo, Agnes escuchó cada palabra.
Sintió que el mundo se estrechaba a su alrededor. Si Eddie se llevaba a Lina, perdería la única oportunidad de descubrir el secreto del cabello dorado.
Y también perdería el control sobre una fortuna que ya podía imaginar entre sus dedos.
Regresó al despacho y sacó el dibujo de Clara.
Los siete círculos seguían allí.
Pero algo había cambiado.
Uno de los símbolos, que antes parecía una pequeña flor, ahora estaba cubierto por una mancha negra.
Debajo del dibujo apareció una frase que Agnes juraría no haber visto antes:
«La primera hebra ya fue cobrada. La segunda exigirá una vida».
Agnes dejó caer el papel.
En ese instante, sonó el teléfono.
Era el hombre que había contratado.
—Señora, tenemos un problema —dijo él, hablando entre jadeos.
—¿Qué pasó?
—La muestra que me entregó… desapareció.
—¿Cómo que desapareció?
—La guardé en una caja cerrada. Cuando regresé, había una marca quemada en la tapa y una palabra escrita por dentro.
Agnes sintió que se le helaba la sangre.
—¿Qué palabra?
El hombre respiró profundamente.
—Lina.
La llamada se cortó.
Agnes permaneció inmóvil, mirando la puerta de la habitación de su hijastra.
Desde el otro lado llegó un susurro.
—Agnes…
La voz era la de Clara.
—Ya te advertí que la protegieras.
Agnes se volvió lentamente.
Al fondo del pasillo había una mujer con el rostro pálido, un vestido blanco de hospital y el cabello oscuro pegado a las mejillas.
Clara levantó una mano y señaló las tijeras que Agnes todavía llevaba en el bolsillo.
—Ahora tendrás que pagar por lo que le hiciste a mi hija.
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Las luces se apagaron.
Y, en la oscuridad, Lina gritó el nombre de su madre.