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Chapter 8: Las siete hebras y la puerta de las sombras

—¡No la toques! —gritó Eddie.

Agnes extendió la mano hacia Lina, pero una ráfaga de viento la lanzó contra la pared. El recipiente metálico cayó al suelo y las seis hebras salieron disparadas, flotando sobre la escalera de piedra.

Lina se cubrió la cabeza.

—¡Papá, mi cabello!

Una hebra dorada se había separado de su trenza y avanzaba lentamente hacia el recipiente.

Clara apareció junto a ella.

—Lina, mírame. No luches contra tu cabello. Escucha lo que intenta decirte.

—¡No quiero escuchar nada! ¡Quiero que esto termine!

La voz de la criatura retumbó desde el subsuelo.

—Siete llaves. Siete promesas rotas. Una puerta abierta.

Las hebras comenzaron a girar alrededor de la escalera.

Eddie abrazó a su hija.

—No voy a permitir que te hagan daño.

Clara lo miró con una mezcla de amor y tristeza.

—No puedes protegerla de todo, Eddie. Pero puedes ayudarla a elegir.

—¿Elegir qué?

—Si seguirá siendo prisionera de la maldición o si descubrirá cómo transformarla.

Agnes se levantó lentamente, apoyándose contra la pared.

—¡Basta de acertijos! —gritó—. Si esa criatura está dispuesta a conceder poder, quiero saber cómo obtenerlo.

Clara se volvió hacia ella.

—¿Todavía no lo entiendes?

—Entiendo que una fortuna me está esperando.

—No hay fortuna. Solo una deuda.

Agnes soltó una carcajada amarga.

—¡Toda mi vida he tenido que conformarme con lo que otros decidían darme! Eddie tiene su empresa, Lina tiene su herencia y Clara tiene incluso el privilegio de regresar de la muerte. ¿Y yo qué tengo?

Eddie la miró incrédulo.

—Tienes una casa, una familia y todo lo que necesitas.

—¡No quiero lo que necesito! ¡Quiero lo que merezco!

La criatura respondió con un rugido.

Una sombra inmensa emergió de la escalera. No tenía un rostro definido, solo dos ojos dorados y una corona de raíces negras que se extendían hacia las paredes.

Las seis hebras flotaron frente a ella.

La séptima llegó desde la cabeza de Lina y se unió a las demás.

El resplandor inundó el pasillo.

La sombra inclinó su cabeza hacia Agnes.

—Tú me llamaste.

Agnes retrocedió.

Por primera vez, la codicia cedió terreno al terror.

—Yo… yo solo quería conocer el secreto.

—Robaste lo que no te pertenecía. Reuniste las llaves. Ahora debes pagar.

La sombra extendió una mano.

Agnes sintió que algo le tiraba del pecho. Una luz tenue salió de su cuerpo y se convirtió en una pequeña esfera que flotó hasta la criatura.

—¿Qué me estás haciendo? —gritó.

—Estoy tomando lo que ofreciste sin saberlo.

La esfera desapareció dentro de los ojos dorados.

Agnes cayó al suelo.

Sus manos, antes cuidadas y elegantes, comenzaron a cubrirse de pequeñas manchas oscuras.

Lina miró a Clara.

—¡Haz que se detenga!

Clara se acercó a la criatura.

—Todavía no puede cobrar la deuda completa.

La sombra giró lentamente hacia ella.

—Tú no tienes autoridad aquí, guardiana.

—La flor me la dio. Y el vínculo aún no se ha completado.

La criatura lanzó un gruñido que hizo vibrar las ventanas.

—La flor fue robada. El vínculo nació del robo. No puedes cambiar las reglas.

Clara volvió la mirada hacia Lina.

—Pero ella sí.

La escalera comenzó a desmoronarse.

Eddie tomó a Lina en brazos y corrió hacia el salón, mientras Agnes se arrastraba detrás de ellos.

Las luces se apagaron una por una. Las paredes se cubrieron de raíces negras que avanzaban como serpientes, buscando las hebras doradas que todavía flotaban en el aire.

Al llegar al salón, Eddie encontró una puerta abierta hacia el jardín.

La atravesó con Lina.

Agnes salió detrás de ellos y cayó sobre la hierba húmeda.

El aire nocturno estaba helado.

En el centro del jardín, las flores habían perdido sus colores. Los árboles se inclinaban hacia la mansión y las fuentes estaban cubiertas de una capa dorada que parecía metal fundido.

Lina se soltó de los brazos de su padre.

—¿Por qué me está pasando esto?

Clara apareció bajo el gran roble del jardín.

—Porque la flor eligió tu cabello como prisión, pero no eligió tu corazón.

—No quiero ser una prisión.

—Entonces tendrás que hacer algo que tu madre no pudo hacer.

Lina se acercó.

—¿Qué cosa?

Clara bajó la mirada.

—Perdonarte por haber nacido dentro de una maldición.

La niña comenzó a llorar.

—¡Yo no hice nada! ¡No robé ninguna flor! ¡No pedí tener este cabello!

—Lo sé, mi amor.

—Entonces, ¿por qué tengo que pagar por lo que hizo mi madre?

Clara cerró los ojos.

—Porque las decisiones de quienes nos preceden pueden cambiar nuestras vidas. Pero no tienen derecho a decidir quién seremos.

Eddie se acercó a ellas.

—Tiene que existir otra manera.

Clara asintió.

—La hay. Pero exige que alguien renuncie voluntariamente a aquello que más desea.

Agnes, que había escuchado desde el suelo, levantó la cabeza.

—¿Renunciar a qué?

—A la posesión.

La bruja apareció al otro lado del jardín, caminando entre las flores marchitas.

—La criatura se alimenta del deseo de poseer lo imposible. Mientras alguien quiera convertir a Lina en propiedad, la maldición seguirá viva.

Agnes miró las seis hebras que todavía brillaban alrededor de la sombra.

—¿Y si nadie quiere poseerla?

La anciana la observó.

—Entonces el sello puede transformarse. Pero la persona que reúna las siete hebras debe renunciar a cualquier beneficio que pudiera obtener de ellas.

Agnes apretó los labios.

Había entregado tanto para llegar hasta allí que la idea de renunciar a su fortuna le parecía insoportable.

Eddie, en cambio, se arrodilló frente a Lina.

—No quiero nada de tu cabello, cariño. Ni dinero, ni poder, ni explicaciones. Solo quiero que puedas vivir sin miedo.

Lina lo abrazó.

El resplandor dorado se intensificó.

Una de las hebras se separó de la sombra y cayó en la palma de la niña.

Después cayó otra.

Y otra.

Las siete hebras comenzaron a reunirse entre sus dedos, formando una pequeña flor de luz.

La criatura rugió.

—¡No puedes quitármelas!

Lina levantó la cabeza.

—No son tuyas.

La flor brilló con tanta intensidad que la sombra retrocedió.

La bruja abrió los ojos, sorprendida.

—¡Lo está consiguiendo!

Pero antes de que pudiera completar el ritual, Agnes se abalanzó sobre Lina y le arrebató la flor.

—¡Si no puedo tener la fortuna, nadie la tendrá!

La luz desapareció.

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El jardín quedó sumido en una oscuridad absoluta.

Y la criatura, libre de las siete hebras, extendió sus raíces hacia el cielo.

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