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Chapter 7: El fantasma de la madre regresó por su hija

—¡Clara!

El grito de Lina atravesó la mansión mientras las luces parpadeaban y las ventanas temblaban bajo una ráfaga de viento imposible.

Agnes permanecía inmóvil en el pasillo. Frente a ella, la figura de Clara tenía el mismo rostro que aparecía en las fotografías familiares, pero su piel era pálida como la cera y sus ojos reflejaban una tristeza que parecía llevar años acumulándose.

—Esto no puede estar pasando —murmuró Agnes—. Tú estás muerta.

Clara avanzó un paso.

—Sí. Y aun así, tú sigues intentando destruir lo único que te confié.

—¡Yo no quería hacerle daño!

—Le cortaste el cabello.

Agnes retrocedió hasta chocar contra la pared.

—Era solo una hebra.

—Para ti, todo lo que tiene valor puede cortarse, comprarse o venderse. Nunca entendiste que mi hija no es una mercancía.

Desde la habitación, Lina salió corriendo y se detuvo al ver a la mujer del pasillo.

Por un instante, no se atrevió a respirar.

Había imaginado tantas veces cómo sería volver a ver a su madre que temía que aquel momento desapareciera si parpadeaba.

—¿Mamá? —susurró.

Clara volvió la cabeza.

Su expresión cambió. La dureza desapareció de sus ojos y dio paso a una ternura tan profunda que Lina comenzó a llorar.

—Mi pequeña…

Lina corrió hacia ella.

Pero cuando intentó abrazarla, sus brazos atravesaron el cuerpo de Clara como si abrazara una nube de humo.

La niña cayó de rodillas.

—No… No te vayas otra vez.

Clara se arrodilló frente a ella. Aunque no podía tocarla, extendió las manos alrededor de su rostro.

—Escúchame, mi amor. No tengo mucho tiempo.

—¿Por qué no puedes quedarte conmigo?

—Porque todavía hay algo que debes descubrir.

Lina se limpió las lágrimas.

—¿Qué cosa?

Clara miró hacia Agnes.

—La verdad sobre la flor dorada. Y sobre lo que vive dentro de tu cabello.

Agnes aprovechó el momento para correr hacia las escaleras.

—¡No vas a arruinar mi vida, Clara!

La figura de la mujer se volvió hacia ella.

—Tu vida comenzó a arruinarse cuando decidiste convertir a una niña en tu fortuna.

Las puertas de la mansión se cerraron de golpe.

Agnes tiró de la manija, pero no consiguió abrirlas.

—¡Déjame salir!

—Puedes marcharte cuando devuelvas lo que has tomado —respondió Clara.

—¡No tengo nada!

Una carcajada surgió de las paredes.

Entonces, las siete velas del pasillo se encendieron simultáneamente. Sus llamas eran doradas y proyectaban sombras que no correspondían a ningún cuerpo humano.

Lina miró su cabello.

Los mechones comenzaron a elevarse lentamente, formando una espiral sobre su cabeza.

—Mamá, tengo miedo.

Clara volvió a mirarla.

—Lo sé. Pero no estás sola. Nunca lo has estado.

Un golpe resonó debajo de la casa.

Después llegó otro.

Y otro.

Eddie apareció al final de las escaleras, todavía vestido con el traje que había llevado durante su viaje. Al ver a Lina de rodillas y a Agnes intentando abrir la puerta, corrió hacia ellas.

—¿Qué está pasando?

Lina se levantó y se aferró a su padre.

—¡Papá, es mamá! ¡Está aquí!

Eddie miró el lugar que Lina señalaba.

Por un instante, distinguió una silueta blanca junto a la pared.

Parpadeó.

La figura desapareció.

—Cariño, no hay nadie.

—¡Sí está! ¡La vi!

Agnes se volvió hacia Eddie, desesperada por recuperar el control.

—Lina está teniendo una crisis. Todo empezó cuando se asustó por el cabello. Necesita un médico.

—¿Qué hiciste? —preguntó Eddie.

Agnes abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Eddie observó las tijeras en el suelo y luego la pequeña sección del cabello de Lina que había perdido su brillo.

Su rostro cambió.

—Agnes, te pregunté qué hiciste.

—Solo intentaba ayudarla.

—¿Cortaste su cabello?

—¡Fue una hebra!

Eddie soltó a Lina y recogió las tijeras.

—Clara me hizo prometer que nadie le cortaría el cabello sin su consentimiento. ¿Por qué hiciste esto?

Agnes apretó los puños.

—¡Porque estoy cansada de vivir a la sombra de una muerta! ¡Porque todo en esta casa gira alrededor de esa niña!

El silencio que siguió fue absoluto.

Eddie la miró como si acabara de conocerla por primera vez.

—¿Qué dijiste?

Agnes intentó retroceder.

—Eddie, yo…

—¿Cuánto tiempo llevas tratándola así?

Lina bajó la mirada. No necesitó responder.

Su padre comprendió la verdad al ver sus manos temblorosas y la manera en que se escondía detrás de él.

—Dios mío —susurró Eddie—. ¿Qué te he hecho?

Se arrodilló frente a su hija.

—Perdóname, Lina. Debí escucharte antes.

La niña lo abrazó llorando.

Pero debajo de sus pies, el suelo volvió a estremecerse.

Una grieta recorrió las baldosas desde el pasillo hasta la puerta del despacho.

De su interior surgió un resplandor dorado.

Y una voz antigua pronunció el nombre de Lina.

La grieta se abrió lo suficiente para revelar una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad.

Eddie tomó a Lina de la mano.

—Nos vamos. Ahora mismo.

Intentó llevarla hacia la entrada, pero Clara apareció frente a ellos.

Esta vez, Eddie pudo verla con claridad.

El hombre dejó de respirar.

—Clara…

La figura lo observó con tristeza.

—Eddie, perdóname por no haberte contado toda la verdad.

Él dio un paso hacia ella.

—¿Eres realmente tú?

—Lo suficiente para advertirte. Si sacas a Lina de esta casa sin cerrar primero el vínculo, la criatura la seguirá dondequiera que vaya.

Eddie miró la escalera abierta.

—¿Qué criatura?

Clara señaló el cabello de su hija.

—La que despertará si alguien reúne las siete hebras.

Agnes, que había escuchado cada palabra, dejó escapar una risa nerviosa.

—¿Siete hebras? ¿Eso es todo? ¡Entonces podemos terminarlo!

Todos se volvieron hacia ella.

Agnes sacó del bolsillo un pequeño recipiente metálico.

Dentro había seis hebras doradas.

—Ya tengo seis —confesó—. Solo necesito una más.

Lina sintió que el corazón se le detenía.

—¿Me ha estado robando el cabello todo este tiempo?

Agnes levantó el recipiente.

—No entiendes lo que podría significar para nosotros.

—¡No soy tuya!

La última palabra resonó por toda la mansión.

Las seis hebras comenzaron a brillar dentro del recipiente.

La escalera se iluminó.

Y desde las profundidades, algo respondió con una voz que hizo temblar hasta los cimientos.

—Entonces… tráeme la séptima.

Agnes sonrió.

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Porque, incluso después de ver a Clara regresar de la muerte, todavía creía que podía controlar aquello que había despertado.

Y mientras Lina se aferraba a su padre, la séptima hebra dorada comenzó a desprenderse lentamente de su cabello.

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