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Chapter 1: La flor prohibida

«Mi madre robó una flor prohibida cuando estaba embarazada de mí. Nunca imaginó que la maldición crecería dentro de su propio vientre».

La voz de Clara parecía surgir de un recuerdo enterrado bajo la tierra, mientras una tormenta azotaba los campos de un pequeño pueblo de Nuevo México.

Aquella noche, Clara tenía ocho meses de embarazo y las manos entumecidas por el frío. Su vestido se pegaba a su cuerpo, el barro le cubría los zapatos y cada relámpago iluminaba las altas rejas negras del jardín prohibido.

En el centro de aquel lugar crecía una sola flor dorada.

No parecía pertenecer a este mundo. Sus pétalos brillaban como si guardaran cientos de pequeños soles, y sus raíces se hundían en una tierra tan oscura que parecía absorber la luz de la luna.

Clara miró hacia el camino.

Nadie.

—Solo necesito una oportunidad —susurró, acariciándose el vientre—. Una sola oportunidad para darte una vida mejor, mi niña.

Su esposo había muerto meses atrás, dejándole deudas, una casa hipotecada y un futuro que parecía cerrarse ante ella. Una curandera del pueblo le había hablado de aquella flor. Decía que podía conceder riqueza a quien lograra arrancarla.

Pero también le había advertido algo.

Nadie entraba en aquel jardín sin pagar un precio.

Clara apartó una rama espinosa y extendió la mano. En cuanto sus dedos tocaron el tallo, la flor lanzó un destello tan intenso que todo el jardín quedó iluminado.

Un viento helado atravesó los árboles.

Clara sintió que algo se movía bajo su palma, como si la flor tuviera un corazón.

Aun así, la arrancó.

—Perdóname —murmuró, escondiéndola debajo de su abrigo.

Entonces, una voz ronca resonó a sus espaldas.

—¿De verdad creíste que no me daría cuenta?

Clara se quedó inmóvil.

Al volverse, encontró a una anciana vestida de negro. Su cabello blanco le caía hasta la cintura, y sus ojos tenían un brillo amarillo semejante al de la flor robada.

La bruja.

Clara retrocedió, pero la mujer la sujetó por el hombro con una fuerza imposible.

—Por favor —suplicó Clara—. No quería hacer daño a nadie.

La anciana arrancó la flor de sus manos.

—Robaste lo que no te pertenecía.

—Mi bebé no tiene la culpa. ¡Por favor, no le hagas daño!

La bruja bajó lentamente la mirada hacia el vientre de Clara.

Por un instante, su expresión cambió. Ya no parecía enfadada. Parecía estar calculando algo.

—Tu hija tendrá el cabello más valioso del mundo —declaró—. Cada hebra brillará como el oro que los hombres matan por conseguir.

Clara comenzó a temblar.

—¿Qué significa eso?

La anciana se inclinó hasta quedar frente a su rostro.

—Significa que vivirás lo suficiente para comprender tu error, pero no lo suficiente para protegerla de todos los que vendrán por ella.

Un relámpago partió el cielo.

Clara cayó de rodillas, abrazándose el vientre mientras un dolor agudo le atravesaba la espalda.

—¡No! ¡Por favor!

La bruja levantó la flor y sus pétalos se desprendieron, convirtiéndose en pequeñas chispas doradas que volaron hacia Clara.

Una de ellas desapareció bajo la piel de su abdomen.

Clara gritó.

Cuando el viento se detuvo, la anciana ya no estaba.

Solo quedaba una voz entre los árboles.

—El oro siempre encuentra a quien lo desea.

Horas después, Clara yacía en una cama de hospital. Las luces blancas le lastimaban los ojos y el pitido de las máquinas parecía marcar los segundos que le quedaban.

A su lado, una recién nacida lloraba envuelta en una manta rosada.

Pero había algo imposible en aquella bebé.

Su cabello era de un dorado luminoso, tan brillante que parecía emitir una luz propia. Cada hebra era fina como la seda, y cuando una enfermera intentó acomodarla, sus dedos quedaron cubiertos de un resplandor cálido.

Clara apenas podía levantar la mano.

—Lina… —susurró—. Mi pequeña Lina.

La bebé dejó de llorar al sentir los dedos de su madre.

Clara sonrió entre lágrimas.

—Tienes que ser fuerte, ¿me oyes? No dejes que nadie te convenza de que eres una cosa que se puede comprar.

La puerta se abrió.

Un médico entró acompañado de un hombre alto con traje oscuro. Era Eddie, el cuñado de Clara, un empresario adinerado que llevaba años intentando ayudarla sin que ella aceptara su dinero.

—Clara, ¿qué pasó? —preguntó Eddie, acercándose a la cama—. Me dijeron que estabas muy grave.

Ella intentó responder, pero apenas podía respirar.

—Eddie… prométeme algo.

—Lo que quieras.

Clara miró a Lina.

—Protégela de la gente que vea oro en ella.

Eddie frunció el ceño.

—¿De qué estás hablando?

Clara le apretó la mano con las pocas fuerzas que le quedaban.

—No dejes que nadie… le mida el cabello.

Su respiración se volvió irregular.

—Clara, mírame. ¡Clara!

Ella volvió los ojos hacia su hija una última vez.

—Perdóname, mi amor.

Su mano cayó lentamente sobre la sábana.

La máquina emitió un sonido continuo.

Eddie se quedó inmóvil, incapaz de comprender cómo una mujer que había luchado tanto por vivir podía desaparecer en unos segundos.

Después, miró a la pequeña Lina.

Su cabello dorado seguía brillando bajo las luces del hospital.

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Y desde algún lugar que nadie podía ver, una risa antigua pareció responder al llanto de la niña.

Porque la maldición apenas acababa de comenzar.

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