Chapter 6: La mujer que conocía el último secreto
—Dame el teléfono, Victoria —dijo Ethan.
Ella lo apretó contra su pecho.
—No.
—Entonces explícame por qué alguien te acaba de advertir que mi familia estará acabada si encontramos a una enfermera.
Victoria miró alrededor. Cientos de personas observaban la escena, y cada segundo que pasaba hacía más difícil mantener la mentira.
—No sé quién me envió ese mensaje.
—Pero sabes quién es Elena Morales.
—Nunca he oído ese nombre.
Ethan señaló el teléfono.
—Tu reacción dice lo contrario.
Victoria comenzó a llorar otra vez.
—¡Estoy asustada! ¡Todo esto es demasiado! Me acusas de querer robarte, proyectas documentos delante de nuestros invitados y ahora pretendes que responda preguntas sobre una mujer que ni siquiera conozco.
Ethan no respondió inmediatamente.
Durante mucho tiempo, había creído que el amor consistía en darle a otra persona el beneficio de la duda. Pero aquella mañana estaba aprendiendo que confiar no significaba ignorar todas las señales de peligro.
—Robert —dijo finalmente—, conserva una copia del mensaje. No quiero que nadie borre nada.
El abogado asintió.
—Ya he enviado una solicitud para preservar los registros pertinentes. También contacté con un investigador independiente para localizar a Elena.
Richard se acercó a ellos.
—Ethan, esto tiene que terminar. Estás permitiendo que una serie de coincidencias destruyan nuestra familia.
—Una coincidencia es escuchar una canción que te recuerda a alguien —respondió Ethan—. Esto es una firma falsificada, un documento que nadie reconoce y un mensaje que amenaza a una testigo.
—No sabes si la firma está falsificada.
—Por eso vamos a verificarla.
Richard apretó los labios.
—Tu padre habría odiado verte tratar a la familia de esta manera.
Ethan sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
Durante años, había temido decepcionar a su padre. Richard conocía esa debilidad y acababa de utilizarla frente a todos.
Pero esta vez no funcionó.
—Mi padre habría odiado descubrir que alguien usó su nombre para robarle a su propio hijo.
Richard retrocedió.
Nadie habló durante varios segundos.
Finalmente, la madre de Ethan se levantó de la primera fila. Margaret Carter era una mujer de voz suave que rara vez intervenía en las discusiones familiares, pero su expresión había cambiado por completo.
—Richard, quiero que me mires a los ojos —dijo.
Él se volvió hacia ella.
—Margaret, no hagas esto.
—¿Sabías que alguien estaba utilizando documentos de Daniel?
Richard abrió la boca.
—Yo...
—No te estoy preguntando si participaste. Te estoy preguntando si lo sabías.
Él bajó la mirada.
Ese gesto fue suficiente para que Margaret se llevara una mano a la boca.
—Dios mío —susurró.
Ethan sintió una tristeza inesperada. Su madre no solo estaba viendo cómo se derrumbaba una boda; también estaba descubriendo que uno de los hombres en quienes más había confiado podía haber ocultado algo durante años.
Robert intervino antes de que la discusión escalara.
—Necesitamos separar las preguntas de las conclusiones. Nadie debe hacer acusaciones definitivas hasta que revisemos los documentos originales.
—Estoy de acuerdo —dijo Ethan—. Pero quiero encontrar a Elena.
Dos horas después, Ethan se encontraba en una sala privada del hotel donde se habían alojado algunos invitados. La ceremonia había sido suspendida y los familiares se habían marchado en grupos pequeños, evitando las cámaras que comenzaban a reunirse frente al edificio.
Victoria permanecía en otra habitación, acompañada por una mujer de su familia y por un abogado que había solicitado llamar.
Ethan no había vuelto a hablar con ella.
Sobre la mesa tenía la carta de su padre, las copias del acuerdo prenupcial y una fotografía antigua de Daniel.
Robert entró con el teléfono en la mano.
—Encontramos a Elena Morales.
Ethan se levantó.
—¿Dónde está?
—Vive en las afueras de San Diego. Se retiró de la enfermería hace dos años. Nuestro investigador habló con ella por teléfono, pero se negó a explicar lo que sabe.
—¿Por qué?
—Dijo que necesita verte en persona. También pidió que Richard no esté presente.
Ethan sintió que se le tensaban los hombros.
—¿Aceptó reunirse conmigo?
—Mañana por la mañana. En un lugar público.
Ethan asintió.
—Voy a ir.
Robert dejó el teléfono sobre la mesa.
—Antes de eso, quiero que revises una cosa.
Abrió su computadora y mostró un registro de acceso a los archivos del fideicomiso. Había varias consultas realizadas durante los últimos meses, algunas desde la oficina central de Carter Holdings y otras desde un dispositivo no identificado.
—El acceso más reciente se produjo hace tres semanas —explicó—. La credencial pertenece a tu director financiero, pero eso no demuestra quién la utilizó. Necesitamos los registros técnicos completos.
Ethan observó la pantalla.
—¿Y los documentos de Victoria?
—Su firma aparece en una solicitud de información, no en una transferencia de propiedad. Eso significa que todavía no sabemos si intentaba reclamar los activos o si alguien estaba usando su nombre para otro propósito.
Ethan se quedó pensativo.
La posibilidad de que Victoria hubiera sido manipulada no borraba su confesión. Ella había admitido que planeaba casarse con él por dinero y buscar la manera de divorciarse después.
Pero la trama del fideicomiso podía ser más grande que su matrimonio.
—Quiero saber quién redactó el documento complementario —dijo—. Y quiero que compruebes si la firma de mi padre es auténtica.
—Ya he solicitado un análisis pericial independiente. No vamos a basarnos únicamente en una imagen proyectada.
Robert cerró la computadora.
—Hay otra cosa. Tu tío ha pedido hablar contigo a solas.
Ethan soltó una risa sin humor.
—Por supuesto que sí.
—Dice que puede explicarte la relación entre Victoria y el fideicomiso.
Ethan miró la fotografía de su padre.
—No voy a escucharlo sin que quede constancia de lo que diga.
—Es una decisión prudente.
—Y, Robert, quiero que averigües quién envió ese mensaje a Victoria.
El abogado asintió.
—Lo intentaremos por los medios legales disponibles. Pero puede que el número privado no nos permita identificar al remitente de inmediato.
Cuando Robert se marchó, Ethan se acercó a la ventana.
La ciudad seguía su curso. Los automóviles avanzaban por las calles, la gente entraba en restaurantes y los turistas se detenían para fotografiar los edificios. Nadie sabía que su vida acababa de cambiar por completo.
Sacó la fotografía de su padre y pasó el pulgar por el borde.
—¿Qué estabas intentando proteger? —susurró.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de su madre.
«Richard acaba de salir de la casa. Dijo que necesitaba aire. Ethan, no sé qué está pasando, pero hay algo que nunca te conté sobre la noche en que murió tu padre».
Ethan llamó inmediatamente.
Margaret contestó después de varios tonos.
—Mamá, ¿qué quieres decir?
Al otro lado de la línea, ella respiraba con dificultad.
—Hay algo que debí contarte hace cinco años. La noche en que tu padre murió, desperté en la sala de espera y escuché a Richard discutir con alguien por teléfono.
—¿Con quién?
—No pude escuchar el nombre. Pero recuerdo exactamente lo que dijo.
Ethan se acercó a la ventana.
—¿Qué dijo?
Margaret guardó silencio durante unos segundos.
Luego respondió con una voz que apenas parecía suya.
—Dijo: «Si Daniel llega a firmar esos documentos, Ethan nunca sabrá quién es realmente su padre».
Ethan sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Estás segura?
—Lo recuerdo cada noche desde entonces.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque Richard me aseguró que hablaba de una operación comercial. Y porque, después de perder a tu padre, tenía miedo de perder también a la única familia que me quedaba.
Ethan cerró los ojos.
—Mamá, ¿qué documentos?
—No lo sé. Pero hay algo más.
La voz de Margaret se quebró.
—Tu padre me pidió que guardara una caja fuerte pequeña antes de morir. Me dijo que no la abriera hasta que estuvieras preparado para conocer la verdad.
Ethan dejó de respirar por un instante.
—¿Dónde está esa caja?
—En la casa familiar. Detrás de la pared del estudio de tu padre.
—Voy para allá.
—Ethan, espera. Hay algo escrito en la tapa.
Él apretó el teléfono.
—¿Qué dice?
Margaret tardó varios segundos en contestar.
—Dice que la caja solo debe abrirse si alguien intenta utilizar el nombre de Victoria Blake.
Ethan sintió un frío intenso recorrerle la espalda.
Su padre había muerto cinco años antes de que él conociera a Victoria.
Y, sin embargo, había dejado una advertencia que mencionaba su nombre.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, escuchó un golpe al otro lado de la línea.
Después, la voz de su madre se volvió distante.
—Ethan... alguien acaba de entrar en la casa.
—¡Mamá! ¿Quién es?
No hubo respuesta.
Solo se escuchó el sonido de un objeto cayendo al suelo.
Y después, una voz masculina que Ethan reconoció al instante.
Richard.
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—Margaret, te dije que nunca debías abrir esa caja.
La llamada se cortó.