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Chapter 2: El secreto escondido en el acuerdo prenupcial

Ethan volvió a leer el nombre impreso en el documento.

*Richard Carter.*

Su tío.

El hombre que había administrado parte de los negocios familiares después de la muerte de su padre. El mismo que le había aconsejado que no desconfiara de Victoria cuando Ethan le confesó, meses atrás, que tenía miedo de volver a enamorarse.

Durante años, Richard había sido una figura respetada en la familia Carter. Elegante, reservado y siempre dispuesto a ofrecer consejos que sonaban razonables.

Ethan nunca había tenido motivos para sospechar de él.

Hasta ese momento.

—Daniel —dijo, levantando la vista hacia su asistente—, ¿dónde está mi tío?

—En la primera fila de la iglesia, señor. Llegó hace media hora.

—No le digas que he recibido esto.

Daniel observó la carpeta, pero no hizo preguntas.

—Entendido.

Ethan entró en una oficina privada contigua al salón y cerró la puerta. Luego volvió a llamar a Robert.

—El documento tiene la autorización de Richard.

El abogado tardó unos segundos en responder.

—Eso es imposible. Tu tío no tenía autoridad para modificar el acuerdo sin tu aprobación.

—Entonces explícame por qué aparece su firma.

—Necesito ver el documento original. No saques conclusiones todavía.

Ethan pasó el dedo por la línea donde aparecía la firma.

—No estoy sacando conclusiones. Estoy haciendo preguntas.

—Bien. Escúchame con atención. La versión que tú y Victoria firmaron establece que las empresas, las propiedades y los activos prematrimoniales permanecen separados.

También incluye una cláusula contra el fraude y la falsificación de documentos. Pero si existe una segunda versión, tenemos que descubrir qué contiene.

—¿Crees que alguien cambió las condiciones?

—Creo que no debemos descartar nada.

Ethan miró hacia la ventana.

Afuera, las cámaras de los fotógrafos capturaban imágenes de los invitados que llegaban. Los jardines estaban decorados con rosas blancas, las mesas del banquete brillaban bajo el sol y una orquesta interpretaba una melodía suave.

Todo había sido organizado para celebrar el comienzo de una vida juntos.

Ahora parecía el escenario de una emboscada.

—Robert, necesito una copia de la última versión registrada —ordenó Ethan—. Y quiero saber quién tuvo acceso a ella.

—Estoy trabajando en eso. Pero, Ethan, hay algo más que debes considerar. Si Victoria está involucrada en una alteración documental, no la confrontes sin pruebas verificables. Conserva los mensajes, los archivos y cualquier registro relacionado.

—¿Y si ella intenta convencerme de cambiar el acuerdo después de la ceremonia?

—No firmes nada sin que yo lo revise.

Ethan colgó y permaneció unos segundos sentado, con las manos apoyadas sobre el escritorio.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de Victoria.

«Mi amor, ¿dónde estás? Estoy nerviosa. Ven a verme antes de la ceremonia. Necesito que me abraces».

Ethan leyó el mensaje dos veces.

Recordó otra mañana, meses atrás, cuando Victoria había aparecido en su oficina con dos cafés porque sabía que él había pasado toda la noche trabajando. Había dejado una nota junto a su computadora: «No tienes que cargar con todo tú solo».

Durante semanas, había conservado aquella nota en el cajón de su escritorio.

Ahora se preguntaba si ella la había escrito antes o después de averiguar cuánto valía su empresa.

Escribió una respuesta breve.

«Nos veremos en el altar. Todo saldrá como lo planeamos».

La respuesta de Victoria llegó inmediatamente.

«Te amo, Ethan. Más que a nada en el mundo».

Él dejó el teléfono boca abajo.

—Ojalá fuera verdad —susurró.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

Richard Carter entró sin esperar respuesta. Tenía el cabello plateado perfectamente peinado y llevaba un traje azul oscuro. Su sonrisa era la misma de siempre, aunque sus ojos se dirigieron inmediatamente a la carpeta sobre el escritorio.

—Ahí estás —dijo Richard—. Tu madre me preguntó si estabas listo.

Ethan cerró la carpeta.

—Estoy listo.

Su tío se acercó y le dio una palmada en el hombro.

—Tu padre estaría orgulloso de verte hoy. Has construido algo extraordinario, muchacho. Y ahora vas a tener a alguien con quien compartirlo.

Ethan lo observó en silencio.

—Tío, ¿has revisado recientemente mi acuerdo prenupcial?

Richard no parpadeó, pero su mano se detuvo un instante sobre el respaldo de una silla.

—¿El acuerdo? No recuerdo haberlo revisado. ¿Por qué?

—Tu nombre aparece en una autorización relacionada con una modificación.

Richard soltó una risa breve.

—Ah, eso. Seguramente fue algún documento administrativo. Robert siempre ha sido demasiado meticuloso con esas cosas.

—¿Sabes qué se modificó?

—No, Ethan. No estoy al tanto de los detalles.

Su respuesta fue demasiado rápida.

Ethan apoyó los antebrazos sobre el escritorio.

—Entonces no te importará que Robert lo investigue.

La sonrisa de Richard se debilitó.

—Por supuesto que no. Pero espero que no permitas que el estrés de la boda te vuelva paranoico. Las familias ricas atraen rumores, abogados oportunistas y personas que buscan sembrar discordia.

—Estoy de acuerdo. Por eso prefiero revisar los documentos antes de confiar en las palabras de nadie.

Por primera vez, Richard pareció incómodo.

Luego recuperó la compostura y se dirigió a la puerta.

—No dejes que nada arruine este día. Victoria parece una muchacha encantadora.

Ethan sintió una punzada de indignación.

—Eso espero, tío.

Richard salió.

Ethan esperó hasta escuchar sus pasos alejándose y volvió a llamar a Robert.

—Mi tío acaba de decir que no sabe nada sobre la modificación.

—¿Cómo reaccionó cuando mencionaste el documento?

—Se puso nervioso.

—No basta para demostrar nada. Estoy revisando los registros electrónicos de nuestro despacho. Mientras tanto, necesito que recuerdes quién estuvo presente cuando se preparó la versión original.

Ethan pensó durante unos segundos.

—Tú, yo, Victoria y la asistente que coordinó las firmas.

—¿Nombre?

—Natalie Brooks.

—Bien. No la contactes todavía. Voy a hacerlo yo.

La llamada terminó justo cuando la coordinadora de la ceremonia llamó a la puerta.

—Señor Carter, estamos listos. El sacerdote pregunta si puede comenzar.

Ethan guardó la carpeta dentro de un cajón con llave.

—Dile que sí.

Al salir al pasillo, escuchó el murmullo de los invitados y el sonido de las cuerdas de la orquesta. La iglesia estaba iluminada por cientos de velas, y un enorme arreglo de rosas blancas cubría el altar.

Victoria apareció al final del corredor, acompañada por su dama de honor.

El vestido de satén se ajustaba perfectamente a su figura. El velo caía sobre sus hombros como una nube y el diamante que Ethan le había regalado brillaba en su mano izquierda.

Cuando lo vio, ella sonrió.

Era una sonrisa preciosa.

La misma que él había amado.

Victoria se acercó y le tomó las manos.

—Por fin. Pensé que me habías abandonado antes de casarnos.

Ethan la miró directamente a los ojos.

—¿Por qué habría de hacerlo?

Ella soltó una risita nerviosa.

—No sé. Los hombres ricos siempre tienen alguna sorpresa.

—Tienes razón —respondió él—. A veces las sorpresas llegan cuando menos las esperamos.

Victoria ladeó la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Ethan acarició suavemente sus dedos.

—Nada, cariño. Solo estaba pensando en lo afortunado que soy.

Ella pareció satisfecha.

—Yo también soy afortunada. No tienes idea de cuánto he esperado este día.

Ethan escuchó las palabras y sintió que cada una pesaba como una piedra.

La coordinadora anunció que debían ocupar sus posiciones.

Victoria le dio un beso en la mejilla.

—Nos vemos en el altar, mi amor.

—Sí —contestó Ethan—. Allí nos veremos.

Ella se alejó con una sonrisa radiante.

Cuando Ethan entró en la iglesia, cientos de invitados se pusieron de pie. Las cámaras se levantaron. Los músicos comenzaron a tocar y el sacerdote abrió su libro.

Todo estaba listo.

Entonces el teléfono de Ethan vibró una vez más.

Era un mensaje de Robert.

«He encontrado algo. La modificación no fue autorizada por tu tío. Alguien utilizó sus credenciales. Y hay un documento adicional firmado por Victoria que no forma parte del acuerdo que tú conoces».

Ethan sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

Antes de que pudiera responder, llegó un segundo mensaje.

«No permitas que la ceremonia avance sin leerlo. El documento contiene una declaración que podría cambiarlo todo».

En ese momento, las puertas de la iglesia se abrieron.

La música se elevó.

Victoria apareció del brazo de su padre, sonriendo ante los invitados que se volvían para admirarla.

Ethan guardó el teléfono y ocupó su lugar frente al altar.

Ya no tenía tiempo para investigar.

Pero, mientras Victoria avanzaba hacia él, Ethan comprendió que la verdadera pregunta ya no era cuánto dinero quería robarle.

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La verdadera pregunta era qué había firmado ella a sus espaldas.

Y por qué alguien había arriesgado tanto para ayudarla.

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