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Chapter 3: El novio que dejó de fingir

Victoria caminó por el pasillo central como si el mundo entero le perteneciera.

Los invitados admiraban su vestido. Los fotógrafos capturaban cada movimiento y su padre sonreía con orgullo mientras la acompañaba hacia el altar.

Nadie habría imaginado que, apenas unos minutos antes, ella había descrito al hombre que la esperaba como un ingenuo al que pensaba abandonar en seis meses.

Ethan permaneció inmóvil.

Cuando Victoria llegó frente a él, levantó el rostro y susurró:

—Estás guapísimo, mi amor.

Él le ofreció una sonrisa discreta.

—Tú también.

Ella apretó sus manos.

—¿Estás bien? Pareces un poco serio.

—Solo estoy pensando en lo importante que es este día.

Victoria rio suavemente.

—No pienses demasiado. Hoy solo tenemos que ser felices.

Ethan bajó la mirada hacia el anillo que ella llevaba.

—Claro. Ser felices.

El sacerdote les pidió que se colocaran frente a él. La orquesta dejó de tocar y la iglesia quedó sumida en un silencio expectante.

—Queridos amigos y familiares —comenzó el sacerdote—, estamos aquí reunidos para celebrar la unión de dos personas que han decidido compartir sus vidas, sus sueños y sus esperanzas.

Ethan escuchó las palabras sin apartar la vista de Victoria.

Ella parecía emocionada. Tenía los ojos húmedos y los labios ligeramente temblorosos.

Una actriz extraordinaria.

El sacerdote continuó hablando sobre la confianza, el compromiso y la honestidad. Cada palabra parecía diseñada para recordarle a Ethan lo que acababa de descubrir.

Cuando llegó el momento de intercambiar los votos, Victoria fue la primera en hablar.

—Ethan, desde que llegaste a mi vida, me has enseñado lo que significa sentirse amada de verdad. Me haces sentir segura, protegida y comprendida. Prometo estar contigo en los días buenos y en los malos, apoyarte cuando el mundo parezca demasiado difícil y amarte durante todos los años que nos queden por vivir.

Algunos invitados se secaron las lágrimas.

La madre de Ethan sonrió desde la primera fila.

Victoria apretó las manos de su prometido.

—Eres mi hogar, Ethan. Y nunca dejaré de elegirte.

El sacerdote asintió emocionado.

—Ethan, ahora es tu turno.

Ethan miró a Victoria.

Había preparado sus votos durante semanas. Había escrito sobre la primera vez que la vio, sobre la forma en que su risa había llenado una habitación y sobre cómo, después de años dedicados a construir una fortuna, había descubierto que el éxito no significaba nada si no tenía a alguien con quien compartirlo.

Pero aquellas palabras ya no podían salir de su boca.

No de esa manera.

—Victoria —comenzó—, durante mucho tiempo pensé que encontrar a la persona correcta significaba encontrar a alguien que nunca me hiciera daño.

Ella sonrió, aunque la expresión de sus ojos cambió ligeramente.

—Con el tiempo, entendí que amar significa confiar incluso cuando uno tiene miedo. Significa creer que las palabras que escuchas son sinceras y que las promesas que recibes no esconden una intención diferente.

Victoria parpadeó.

—Ethan...

Él le apretó las manos con suavidad.

—Déjame terminar, cariño.

Algunos invitados intercambiaron miradas.

Ethan continuó:

—Hoy estoy aquí porque creí en una promesa. Creí que una vida compartida valía más que cualquier cosa que pudiera poseer. Creí que el amor no tenía precio.

Victoria tragó saliva.

—Por supuesto que no lo tiene —susurró.

Ethan sostuvo su mirada.

—Entonces espero que todos podamos recordar esas palabras cuando llegue el momento de demostrarlo.

El sacerdote miró a Ethan con desconcierto, pero decidió continuar.

—¿Aceptas, Ethan Carter, a Victoria Blake como tu legítima esposa, prometiendo amarla y respetarla todos los días de tu vida?

El silencio se prolongó.

Victoria le apretó las manos con tanta fuerza que sus uñas rozaron la piel de Ethan.

—Di que sí —murmuró ella, sin mover apenas los labios.

Ethan la observó.

Podía terminar la ceremonia y fingir durante seis meses. Podía reunir pruebas en silencio y permitir que Victoria creyera que su plan funcionaría.

Pero cada segundo que pasaba frente a ella le recordaba que su amor había sido utilizado como una herramienta.

—Antes de responder —dijo Ethan—, necesito hacer una pregunta.

El sacerdote frunció el ceño.

—¿Qué clase de pregunta, hijo?

Ethan soltó una de las manos de Victoria.

—Una pregunta que mi futura esposa puede responder delante de todos.

Victoria perdió el color del rostro.

—Ethan, no es el momento.

—Estoy de acuerdo. No debería ser necesario hacer esto en una boda. Pero parece que hay cosas importantes que no hemos hablado.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Richard Carter se removió en su asiento.

La madre de Ethan se llevó una mano al pecho.

Victoria intentó reír.

—Cariño, estás nervioso. Lo entiendo. Pero podemos hablar después.

—¿Después de qué? —preguntó Ethan—. ¿Después de que firmemos el certificado? ¿Después de que seas oficialmente Victoria Carter?

Ella abrió los ojos.

—¿Qué te pasa?

—Quiero saber si me amas.

Victoria se quedó paralizada durante un instante.

Después, recuperó su expresión afligida y dejó que una lágrima resbalara por su mejilla.

—Claro que te amo. ¿Cómo puedes preguntarme eso delante de todos?

Ethan observó la lágrima.

Había visto a Victoria llorar muchas veces. Ahora se preguntaba cuántas de aquellas lágrimas habían sido auténticas.

—Entonces no tendrás ningún problema en responder otra pregunta.

—Ethan, por favor.

—¿Qué piensas hacer seis meses después de nuestra boda?

La iglesia quedó en silencio.

Victoria lo miró como si acabara de hablar en un idioma desconocido.

—¿De qué estás hablando?

Ethan sacó su teléfono del bolsillo.

No quería convertir su boda en un espectáculo. Pero tampoco permitiría que la mujer que pretendía manipularlo utilizara su dignidad como escudo.

—Hace unos minutos escuché una conversación tuya con Madison.

Victoria dejó de respirar por un instante.

Su padre dio un paso hacia el altar.

—¿Qué conversación? —preguntó él.

Ethan no apartó la mirada de su prometida.

—La conversación en la que Victoria explicó que nunca me había amado y que solo necesitaba permanecer casada conmigo durante seis meses para encontrar la forma de quedarse con mi fortuna.

Un grito ahogado recorrió la iglesia.

Victoria soltó sus manos.

—¡Eso es mentira!

—¿Sí?

—¡Sí! ¡No sé qué crees haber escuchado, pero estás arruinando nuestra boda!

Ethan asintió lentamente.

—Entonces será fácil aclararlo.

Victoria miró desesperadamente hacia Madison, que estaba sentada en la tercera fila. Su mejor amiga se había puesto pálida y mantenía los ojos clavados en el suelo.

—Madison —dijo Victoria con voz temblorosa—. Diles que no es cierto.

Madison no respondió.

—¡Madison! —repitió Victoria—. ¡Diles que yo jamás dije eso!

Su amiga se levantó lentamente.

—Victoria, yo...

—¡Cállate! —espetó Victoria, olvidando por completo que cientos de personas podían escucharla.

El sacerdote cerró su libro.

Ethan sintió que algo terminaba dentro de él. Ya no necesitaba imaginar cómo reaccionaría Victoria cuando la descubrieran. Su rostro estaba revelando más de lo que ella pretendía.

—No he terminado —dijo él.

Sacó de su chaqueta una hoja doblada que Robert había logrado enviarle minutos antes.

—También he descubierto que existe una versión de mi acuerdo prenupcial que yo nunca aprobé. Alguien utilizó credenciales ajenas para modificar documentos relacionados con mis bienes.

Victoria retrocedió.

—No sé nada de eso.

—Curioso. Porque, según los registros que mi abogado acaba de encontrar, tu firma aparece en un documento adicional que solicita una revisión de las condiciones patrimoniales después de la boda.

—¡Eso no significa nada!

—Quizá no. Por eso vamos a revisar el documento completo.

Ethan levantó una mano hacia el encargado del sonido, que había recibido instrucciones de Robert para preparar una conexión con la oficina del abogado.

Una pantalla situada detrás del altar se encendió.

Los invitados se volvieron hacia ella.

Apareció una imagen de un documento legal, con varias líneas resaltadas y firmas digitales al pie de la página.

Victoria miró la pantalla.

Durante un segundo, su expresión quedó completamente vacía.

Después, comenzó a temblar.

—Apaga eso —susurró.

Ethan no se movió.

—¿Por qué?

—¡Ethan, apágalo ahora mismo!

Su voz resonó por los altavoces.

El sacerdote retrocedió. El padre de Victoria intentó acercarse a ella, pero la novia se apartó bruscamente.

Entonces apareció en la pantalla una segunda página.

En la parte superior se leía una frase que hizo que Richard Carter se pusiera de pie de golpe.

*«Acuerdo complementario de cesión de derechos y declaración de intención matrimonial».*

Ethan miró a su tío.

Richard estaba blanco como el papel.

—¿Qué es eso? —preguntó Ethan.

Su tío no contestó.

Victoria comenzó a llorar de verdad.

—Por favor —suplicó ella—. No sabes lo que estás haciendo.

Ethan sintió un escalofrío.

—Entonces explícame qué estoy viendo.

La pantalla mostró la primera cláusula del documento.

Debajo, aparecía la firma de Victoria.

Y junto a ella, una segunda firma que Ethan reconoció de inmediato.

La de su difunto padre.

El aire pareció desaparecer de la iglesia.

Ethan dio un paso hacia la pantalla, incapaz de apartar los ojos de aquel nombre.

Su padre había muerto cinco años antes.

Y, sin embargo, alguien acababa de utilizar su firma en un documento que podía cambiar todo lo que Ethan creía saber sobre su propia familia.

Victoria se cubrió la boca.

Richard intentó avanzar hacia el encargado del sonido.

Pero antes de que pudiera llegar, la pantalla cambió una última vez.

Apareció una fecha.

Una fecha anterior al día en que Ethan había conocido a Victoria.

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Y debajo de ella, una frase que destruyó la última esperanza que le quedaba de que todo aquello fuera solamente una traición amorosa.

*«Beneficiaria designada: Victoria Blake».*

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