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Chapter 1: La llamada que destruyó una boda

—En cuanto cumpla seis meses casada con Ethan Carter, voy a divorciarme de él y me quedaré con una parte de su fortuna. ¡Imagínate, Madison! Seis meses de aguantar a un hombre que cree que soy capaz de amarlo de verdad. Después de eso, no tendré que volver a fingir jamás.

La risa de Victoria Blake atravesó la puerta entreabierta de la habitación nupcial como una cuchillada.

Ethan Carter se quedó inmóvil en el pasillo.

A pocos metros de él, la mujer con la que estaba a punto de casarse se reía de su amor como si fuera el chiste más divertido del mundo.

Durante unos segundos, el multimillonario olvidó cómo respirar.

Llevaba un traje negro hecho a la medida, una camisa blanca impecable y un reloj que había pertenecido a su abuelo. En menos de veinte minutos, caminaría hacia el altar de una iglesia privada en Beverly Hills para prometerle su vida a Victoria.

Había imaginado ese momento cientos de veces.

Había imaginado su sonrisa, sus ojos brillantes y la forma en que ella le apretaría las manos cuando el sacerdote les preguntara si se aceptaban como marido y mujer.

Nunca había imaginado escucharla burlarse de él detrás de una puerta.

—No puedo creer que realmente vayas a hacerlo —respondió Madison al otro lado de la llamada—. ¿Seis meses? ¿Estás segura de que podrás soportarlo tanto tiempo?

Victoria soltó una carcajada.

—Por favor. ¿Soportarlo? Ethan es tan ingenuo que probablemente me regalaría el mundo si se lo pidiera con una sonrisa. Ya me compró la casa que quería, me llenó de joyas y puso a mi disposición su tarjeta negra.

Ethan bajó lentamente la mirada hacia sus manos.

En su dedo índice todavía llevaba una pequeña marca roja de la caja del anillo que había abierto esa misma mañana. Había pasado semanas buscando el diamante perfecto para Victoria. No quería impresionarla por su precio, sino porque recordaba que ella le había dicho una vez que soñaba con un anillo que pareciera una estrella atrapada en el cielo.

Había creído que aquel detalle significaba algo.

Ahora comprendía que probablemente ella solo había calculado cuánto podría valer.

—¿Y si se entera de tus verdaderas intenciones? —preguntó Madison—. No estamos hablando de cualquier hombre. Ethan tiene abogados que pueden destruir a alguien con una sola llamada.

—¿Y qué va a descubrir? —replicó Victoria con absoluta confianza—. Le he dicho que lo amo durante casi un año.

He llorado frente a él, he fingido preocuparme cuando llega tarde y hasta he aprendido a preparar su café favorito. ¿Sabes lo ridículo que es? A veces me mira como si yo fuera la única mujer que existe en el planeta.

Madison volvió a reír.

Victoria bajó la voz, pero Ethan alcanzó a escuchar cada palabra.

—El secreto es dejar que se enamore más que tú. Cuando un hombre tiene miles de millones, cree que puede comprar cualquier cosa. Yo solamente le estoy permitiendo creer que también puede comprar mi amor.

Ethan sintió que algo se quebraba dentro de su pecho.

No era únicamente dolor. Era vergüenza.

Recordó las noches en que había cancelado reuniones importantes porque Victoria decía sentirse sola. Recordó el viaje que había organizado para celebrar su aniversario de noviazgo, aunque ella había pasado buena parte de la cena contestando mensajes debajo de la mesa.

Recordó, sobre todo, la noche en que ella le había tomado el rostro entre las manos y le había susurrado:

«Ethan, nunca había amado a nadie como te amo a ti».

Había estado dispuesto a creerle hasta el último segundo.

—Pero hay un problema —dijo Madison—. El acuerdo prenupcial. ¿No te preocupa?

Por primera vez, Victoria dejó de reír.

Ethan levantó lentamente la cabeza.

—Al principio, sí —admitió ella—. Su abogado insistió en que firmara un montón de documentos. Ethan me dijo que eran una formalidad para proteger las empresas familiares.

—¿Y firmaste?

—Claro que firmé. No soy estúpida. Pero todavía no he terminado de revisar todo.

Hay cláusulas que no entiendo y algunas propiedades están a nombre de distintas sociedades. Si consigo que confíe en mí lo suficiente, quizá pueda convencerlo de cambiar algunas cosas después de la boda.

—¿Y si no acepta?

La respuesta de Victoria llegó sin la menor vacilación.

—Entonces encontraré otra manera. Nadie construye una fortuna como la suya sin tener secretos. Todo el mundo tiene algo que esconder. Solo necesito descubrir qué podría utilizar en su contra.

Ethan cerró los ojos.

La mujer que estaba a punto de convertirse en su esposa no solo planeaba abandonarlo. Estaba buscando una forma de chantajearlo.

Y lo peor era que él mismo le había abierto la puerta de su vida.

En ese instante, un asistente pasó por el extremo del pasillo cargando una caja de flores.

—Señor Carter, ¿todo está bien? —preguntó al verlo inmóvil.

Ethan abrió los ojos de inmediato.

—Perfectamente, Daniel.

Su voz sonó tan tranquila que incluso él se sorprendió.

Daniel miró la puerta de la habitación nupcial.

—La señorita Blake preguntó por usted hace unos minutos. Dice que está deseando verlo.

Ethan contempló la madera blanca durante un largo segundo.

—Estoy seguro de que sí.

El asistente continuó su camino sin notar nada extraño.

Dentro de la habitación, Victoria volvió a reír.

—Madison, tengo que colgar. En unos minutos seré la señora Carter. ¿Te das cuenta? La señora de una de las familias más ricas de Estados Unidos.

—Brindo por eso, amiga. Cuando tengas el dinero, nos vamos a Europa.

—No. Primero quiero comprar una casa en Malibú. Después, un yate.

Y cuando consiga suficiente para no volver a depender de nadie, Ethan puede quedarse con sus empresas y sus reuniones. Yo me quedaré con lo que me corresponda.

La llamada terminó.

Ethan permaneció frente a la puerta hasta que escuchó el sonido de unos tacones acercándose desde el interior.

—¿Hola? —llamó Victoria, distraída—. ¿Hay alguien ahí?

Él retrocedió antes de que ella pudiera abrir.

Se refugió en un pequeño salón privado, sacó su teléfono y marcó un número que conocía desde la infancia.

Su abogado familiar contestó al segundo tono.

—Ethan, dime que todo está listo. La ceremonia empieza pronto.

—Necesito que vengas a la iglesia inmediatamente, Robert.

El tono de Ethan hizo desaparecer cualquier rastro de humor de la voz del abogado.

—¿Qué pasó?

Ethan miró el reloj.

Faltaban diecisiete minutos para su boda.

—Victoria acaba de explicarle a su mejor amiga que piensa divorciarse de mí después de seis meses para quedarse con mi dinero.

Al otro lado de la línea hubo un silencio absoluto.

—¿Estás seguro de lo que escuchaste? —preguntó Robert finalmente.

—Escuché cada palabra.

—Entonces cancela la ceremonia. No firmes nada más. Voy a llamar a mi equipo y prepararé una estrategia para protegerte.

Ethan apretó la mandíbula.

Una parte de él quería cancelar la boda, marcharse y no volver a ver a Victoria nunca más.

Pero otra parte, más fría y mucho más lúcida, comprendió algo importante.

Si se marchaba sin decir nada, Victoria encontraría otra víctima o inventaría una historia en la que él fuera el culpable.

Y si la enfrentaba a solas, ella podría negar sus palabras, llorar y convertirlo nuevamente en el hombre que dudaba de sí mismo.

—No voy a cancelar la ceremonia —dijo.

—Ethan, escúchame...

—Robert, quiero que revises cada página del acuerdo prenupcial. Cada firma, cada cláusula y cada documento que ella haya recibido. Averigua exactamente qué protege y qué no protege.

—¿Qué planeas hacer?

Ethan se levantó, alisó la chaqueta de su traje y observó su reflejo en el cristal.

Su rostro seguía siendo el de un hombre enamorado.

Pero sus ojos ya no eran los mismos.

—Voy a casarme con ella.

—Eso es una locura.

—No. Una locura habría sido pasar el resto de mi vida con alguien que acaba de confesar que quiere destruirme.

Robert respiró profundamente.

—Dame diez minutos. Necesito que me envíes cualquier documento que tengas a mano.

Ethan terminó la llamada y miró hacia la iglesia, donde los primeros invitados comenzaban a ocupar sus asientos.

La música de la ceremonia empezó a escucharse a través de las puertas.

En algún lugar del edificio, Victoria estaba terminando de ponerse el velo, convencida de que en unos minutos tendría asegurado su futuro.

Ethan guardó el teléfono en el bolsillo.

Todavía la amaba.

Y esa era precisamente la razón por la que lo que estaba a punto de hacer le dolería tanto.

Cuando abrió la puerta del salón, su asistente lo esperaba con una pequeña carpeta.

—Señor, el abogado Robert Hayes pidió que le entregara esto en cuanto lo viera.

Ethan abrió la carpeta.

En la primera página había una nota escrita a mano.

«No permitas que firme nada después de la ceremonia. Hay algo en la versión que Victoria recibió que no coincide con la copia archivada».

Ethan levantó la mirada.

Por primera vez desde que había escuchado aquella conversación, sintió algo distinto del dolor.

Miedo.

Porque si Victoria había encontrado una manera de manipular el acuerdo prenupcial antes de casarse, tal vez su traición fuera mucho más peligrosa de lo que imaginaba.

Y cuando leyó el nombre de la persona que había autorizado la última modificación del documento, se le heló la sangre.

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No era Victoria.

Era alguien de su propia familia.

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