Chapter 9: La última advertencia de Elena
Andre no permitió que Maya respondiera al mensaje.
Richard hizo una copia de la imagen y registró los datos disponibles, mientras Andre solicitaba que se preservaran los documentos relevantes para la investigación. No sabía quién había enviado la fotografía ni si el remitente estaba diciendo la verdad.
Pero la referencia al certificado de defunción de Elena no podía ignorarse.
—¿Crees que hubo algo extraño con la muerte de mamá? —preguntó Maya mientras regresaban a casa.
Andre mantuvo los ojos en la carretera.
—No voy a creer una acusación sin pruebas. Tu mamá estaba enferma. Los médicos nos explicaron su condición y yo estuve con ella durante sus últimos días.
—Entonces, ¿por qué alguien nos enviaría esto?
—Tal vez quiere asustarnos. Tal vez tiene información que no conocemos. Vamos a averiguarlo de manera responsable.
Maya abrazó la fotografía de Elena que llevaba en su bolso.
—No quiero que todo lo que recuerdo de ella se convierta en una mentira.
Andre sintió que se le quebraba algo por dentro.
—Lo que viviste con tu mamá fue real. Ningún documento puede quitarte eso.
Al llegar a casa, Andre encontró un sobre blanco debajo de la puerta principal.
No tenía remitente.
Dentro había una copia de un registro médico público parcialmente redactado y una nota con una dirección.
La nota decía:
Pregunte por la doctora Isabel Herrera. Ella estuvo presente cuando Elena pidió que se revisara su expediente.
Andre llamó inmediatamente a Richard.
—Nos han dejado otro documento.
—No vayas solo a ninguna parte —respondió el abogado—. Primero verificaré la identidad de la doctora y la autenticidad de lo que recibiste.
Dos horas después, Richard confirmó que Isabel Herrera había sido médica de Elena durante parte de su tratamiento. Seguía ejerciendo, aunque ya no trabajaba en el mismo hospital.
El abogado organizó una reunión formal con ella, respetando los procedimientos de privacidad correspondientes.
A la mañana siguiente, Andre y Maya se sentaron frente a la doctora en una pequeña oficina luminosa.
Isabel tenía unos cincuenta años y hablaba con serenidad. Cuando vio la fotografía de Elena, sus ojos se humedecieron.
—Quería mucho a su esposa —dijo—. Era una mujer extraordinariamente valiente.
Andre colocó sobre la mesa la nota anónima.
—Necesitamos saber por qué alguien afirma que usted puede ayudarnos a entender su muerte.
La doctora respiró profundamente.
—No puedo compartir información médica protegida sin la autorización legal correspondiente. Pero sí puedo explicar una circunstancia administrativa que me preocupó en aquel momento.
Andre se inclinó hacia delante.
—¿Cuál?
—Elena solicitó que se revisara una modificación en la lista de personas autorizadas para recibir información sobre su expediente. Quería asegurarse de que solo usted y las personas que ella había designado tuvieran acceso.
Maya frunció el ceño.
—¿Vanessa estaba autorizada?
La doctora hizo una pausa.
—No puedo confirmar detalles específicos sin verificar la documentación. Pero recuerdo que hubo una solicitud de acceso presentada por una tercera persona. Elena la cuestionó.
Andre sintió que el pulso se le aceleraba.
—¿Quién presentó la solicitud?
—La documentación original tendría que revisarse. No quiero atribuirle nada a nadie basándome únicamente en un recuerdo de hace años.
Richard, que participaba en la reunión, asintió.
—Podemos solicitar los registros por los canales legales apropiados.
Isabel abrió un cajón y sacó una copia de una carta que Elena había escrito durante su tratamiento. No contenía detalles clínicos, pero sí una petición relacionada con la protección de sus asuntos personales.
—Conservé esta copia porque Elena me pidió que verificara que su solicitud había sido recibida —explicó—. Nunca imaginé que volvería a ser importante.
Andre leyó la carta.
Elena expresaba su preocupación por una persona que intentaba obtener información sobre sus finanzas y solicitaba que cualquier modificación del fideicomiso fuera verificada directamente con su abogado.
La carta no demostraba que Vanessa hubiera cometido un delito, pero confirmaba que Elena había temido que alguien intentara acceder a sus documentos.
Maya se secó una lágrima.
—Mamá sabía que algo estaba pasando.
—Sí —respondió Isabel—. Pero no puedo decirles que conocía todos los detalles. Lo que recuerdo con claridad es que quería proteger a su hija.
Andre guardó la carta.
—Gracias por ayudarnos.
Antes de marcharse, la doctora los detuvo.
—Hay algo que quizá les resulte útil. Elena me dijo una vez que, si alguna persona afirmaba conocer toda la historia de su familia, debían preguntarle por la noche en que se canceló una reunión en el restaurante de La Jolla.
Andre se quedó inmóvil.
Era el mismo restaurante de las fotografías.
—¿Quién asistió a esa reunión?
—No lo sé. Elena nunca me dio nombres. Solo dijo que alguien había prometido entregarle unos documentos y no apareció.
Maya miró a su padre.
—¿Podría haber sido Vanessa?
—Podría haber sido cualquiera —respondió Andre—. No vamos a decidirlo sin pruebas.
Al salir, Richard recibió una llamada de su equipo de investigación financiera.
Habían encontrado una conexión entre Westbridge Family Services y una antigua sociedad vinculada a Daniel Price. Los registros indicaban que la sociedad había recibido pagos relacionados con consultorías, aunque todavía no estaba claro si esas operaciones guardaban relación con el fideicomiso.
También habían identificado un correo electrónico que podría ayudar a establecer quién preparó la solicitud de transferencia.
El remitente aparecía como una cuenta utilizada por Vanessa.
Andre sintió que el rompecabezas comenzaba a tomar forma.
Pero la mayor sorpresa llegó esa misma tarde.
Devin llamó desde casa de su abuela.
—Andre, mi mamá está aquí.
—¿Estás a salvo?
—Sí. Estoy en la sala con mi abuela. Ella quiere hablar contigo.
Andre escuchó una voz femenina al fondo.
Era Vanessa.
—Dice que tiene algo que devolverte —continuó Devin—. Una carpeta que se llevó de tu estudio.
Andre cerró los ojos.
—Dile que no voy a reunirme con ella a solas. Si quiere entregar documentos, puede hacerlo por medio de Richard.
Hubo una pausa.
Entonces Devin bajó la voz.
—Andre, hay otra cosa. Mi abuela encontró una carta que mi mamá dejó hace años. Está dirigida a Daniel.
—¿Qué dice?
—No he leído todo. Pero hay una frase que recuerdo.
Andre esperó.
—Dice: «Si Andre descubre que Devin no es el único niño cuya vida quedó ligada a nuestro acuerdo, todo se vendrá abajo».
Andre sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué significa eso, Devin?
—No lo sé.
La llamada terminó cuando alguien tomó el teléfono del muchacho.
Un segundo después, Andre recibió una fotografía de la carta.
En la parte inferior aparecía una firma que reconoció inmediatamente.
No era la de Vanessa.
Era la de Elena.
Y junto a ella había una fecha escrita seis semanas antes de su muerte.
Andre amplió la imagen, tratando de leer las últimas líneas.
La carta terminaba con una frase que le hizo comprender que la historia todavía estaba lejos de terminar:
Vanessa cree que puede decidir cuál de las dos niñas merece conservar su nombre. Pero cuando Andre conozca la existencia de la segunda hija, tendrá que elegir entre la verdad y la familia que ha construido.
Maya, que había leído la carta por encima de su hombro, levantó lentamente la cabeza.
—Papá... ¿qué segunda hija?
Andre no respondió.
Porque, por primera vez, ya no estaba intentando descubrir solamente qué le había hecho Vanessa a Maya.
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Estaba intentando descubrir si Elena había dejado atrás una verdad capaz de cambiar la identidad de otra persona.
Y si esa niña existía, alguien había pasado años asegurándose de que Andre jamás supiera de ella.