Chapter 4: La mujer que conocía a Elena
Andre no durmió aquella noche.
A las dos de la madrugada seguía sentado en el estudio, con los documentos bancarios extendidos sobre el escritorio y el teléfono pegado a la oreja. Al otro lado de la línea, su abogado, Richard Coleman, escuchaba en silencio mientras Andre le explicaba las transferencias, los boletos rotos y la fotografía que Maya había mencionado.
—Andre, necesito que no tomes ninguna decisión precipitada —dijo Richard—. Si alguien utilizó tu firma digital sin autorización, debemos verificarlo antes de hacer acusaciones formales.
—No estoy hablando solamente de dinero, Richard. Mi esposa amenazó a mi hija. La empujó al suelo. Y aparentemente conocía a mi primera esposa antes de que yo la conociera a ella.
Hubo una pausa.
—¿Estás seguro de eso último?
—Maya vio una fotografía.
—Entonces encuentra esa fotografía. Y no permitas que desaparezcan los documentos.
Andre miró hacia la puerta cerrada del estudio.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Cuando terminó la llamada, subió al segundo piso. La casa estaba en silencio, salvo por el zumbido del aire acondicionado. Bajo la puerta de la habitación de Maya se filtraba una franja de luz.
Tocó suavemente.
—¿Puedo entrar?
—Sí, papá.
Maya estaba sentada en la cama, todavía con su sudadera gris. La fotografía de Elena descansaba sobre sus piernas. A su lado había una pequeña caja de madera que Andre reconoció inmediatamente.
Era la caja donde su primera esposa guardaba sus cartas.
—Pensé que Vanessa la había tirado —dijo él.
—Intentó hacerlo cuando nos mudamos a esta casa. La encontré en el garaje y la escondí.
Andre se sentó a su lado.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Maya acarició la tapa de la caja.
—Porque cada vez que te contaba algo sobre Vanessa, decías que debía darle una oportunidad. Y cuando ella lloraba, tú terminabas consolándola a ella.
Las palabras le dolieron más que cualquier acusación.
—Tienes razón —respondió Andre—. Confundí mantener la paz con hacer lo correcto.
Maya abrió la caja.
Dentro había varias tarjetas de cumpleaños, dos cartas de Elena y un pequeño cuaderno de tapas azules.
Andre reconoció la letra de su primera esposa en la primera página.
Para Maya, cuando sea lo suficientemente grande para entender que el amor no debería hacerte sentir miedo.
Él tragó saliva.
—Nunca había visto esto.
—Vanessa tampoco sabía que lo tenía.
Maya pasó varias páginas hasta encontrar una anotación fechada seis meses antes de la muerte de Elena.
Andre leyó lentamente.
Hoy volví a encontrarme con Vanessa. Dice que quiere ayudarme a organizar los documentos de la empresa de Andre. No entiendo por qué insiste tanto en conocer los detalles de mis cuentas personales. Le dije que no necesito su ayuda.
Andre sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Vanessa ayudaba a tu mamá con sus documentos?
—No lo sé. Pero hay otra página.
Maya señaló una anotación escrita con tinta más oscura.
Si algo me sucede, Andre debe revisar el archivo original del fideicomiso. No la copia que guarda en la oficina.
Andre levantó la mirada.
—¿Qué fideicomiso?
—Mamá nunca me habló de eso.
Él recordó entonces un detalle que había enterrado bajo años de trabajo y obligaciones: Elena había creado un fideicomiso familiar antes de enfermar. Supuestamente, el documento protegía los bienes destinados a Maya y establecía ciertas condiciones para administrar el dinero si ella quedaba huérfana de madre.
Andre había firmado varias páginas en aquella época. Confiaba en su abogado de entonces y había permitido que otros se encargaran de los detalles.
—Tengo que encontrar el archivo original —murmuró.
En ese instante, alguien llamó a la puerta.
Vanessa apareció con una bata de seda y el cabello cuidadosamente recogido. Su expresión era de cansancio, pero sus ojos se dirigieron inmediatamente al cuaderno.
—¿Qué están haciendo?
Andre cerró la caja.
—Hablando.
—Son casi las tres de la mañana. Maya necesita descansar, y tú tienes una empresa que dirigir.
—Mi hija necesita respuestas.
Vanessa sonrió con tristeza fingida.
—Andre, entiendo que estés molesto por lo de las vacaciones. Cometí un error. Pero no puedes permitir que Maya convierta cualquier desacuerdo en una conspiración.
Maya apretó los dedos alrededor del cuaderno.
—Tú conocías a mi mamá.
Vanessa se quedó inmóvil.
Después miró a Andre.
—Elena y yo coincidimos en un evento benéfico hace años. Eso es todo.
—El cuaderno dice otra cosa —respondió Andre.
—¿Estás revisando los diarios de una mujer fallecida para acusarme de algo?
—Estoy intentando entender por qué mi hija tenía miedo de hablarme.
Vanessa dejó escapar un suspiro.
—Porque siempre me ha odiado. Nunca aceptó que yo ocupara el lugar de su madre.
Maya se puso de pie.
—¡Tú nunca intentaste ocupar su lugar! ¡Intentaste borrar todo lo que quedaba de ella!
Vanessa palideció.
Andre se levantó también.
—Sal de esta habitación.
—¿Me estás echando?
—Te estoy pidiendo que nos dejes solos.
Vanessa lo observó durante varios segundos. Luego se acercó a Maya y habló con una voz tan suave que resultó más aterradora que un grito.
—Ten cuidado con lo que deseas, niña. Hay verdades que pueden destruir a las personas que amas.
Andre abrió la puerta por completo.
—Fuera, Vanessa.
Ella salió sin responder.
Pero cuando sus pasos desaparecieron por el pasillo, Maya notó que había dejado algo sobre la cómoda.
Una llave pequeña, de metal dorado.
Andre la recogió.
—¿De dónde salió esto?
Maya examinó la llave y abrió mucho los ojos.
—Es de la caja fuerte de mamá.
—¿La caja fuerte de Elena?
—La que estaba en su antigua oficina. Papá, Vanessa dijo que la habían vendido después de su muerte.
Andre sostuvo la llave entre los dedos.
Durante siete años había creído que todos los asuntos de Elena estaban resueltos.
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Ahora su hija acababa de demostrarle que alguien podía haberle mentido desde mucho antes de su segundo matrimonio.
Y si la caja fuerte seguía existiendo, quizá guardaba la única prueba capaz de explicar por qué Vanessa había entrado en sus vidas.