Chapter 1: Tres boletos y una mentira
—Dile a tu padre que no quieres venir. Si hablas, te quedarás sola en casa.
Vanessa empujó a Maya con tanta fuerza que la adolescente cayó de espaldas sobre el piso de mármol. La pequeña maleta plateada se abrió al golpearse contra una columna, y la ropa salió disparada por el vestíbulo de aquella enorme casa en las afueras de San Diego.
Una fotografía enmarcada cayó junto a los zapatos de Vanessa.
Era la única fotografía que Maya llevaba consigo de su madre.
—¡No la toques! —suplicó Maya, intentando incorporarse.
Vanessa se agachó frente a ella. Su perfume caro llenó el espacio entre ambas, mientras sus uñas perfectamente cuidadas señalaban el rostro de la muchacha.
—¿Me escuchaste, Maya? —susurró—. Si le cuentas una sola palabra a Andre, te juro que vas a lamentarlo.
Maya tenía dieciséis años, pero en ese momento volvió a sentirse como aquella niña de ocho que lloraba detrás de la puerta cuando su madre todavía vivía.
Quería gritar.
Quería correr hacia su padre.
Pero Vanessa conocía su mayor debilidad: el miedo a quedarse completamente sola.
—No hice nada —murmuró Maya.
—Entonces deja de comportarte como una víctima.
El sonido de una puerta abriéndose interrumpió la discusión.
—¡Familia! ¿Listos para Hawái?
Andre Mitchell entró con una sonrisa, el teléfono en una mano y las llaves de su camioneta de lujo en la otra. A sus cuarenta y seis años, había construido una exitosa empresa de construcción que le permitía ofrecerle a su familia una vida que pocos podían imaginar.
La casa tenía siete habitaciones, una piscina iluminada y ventanales que daban a un jardín impecable.
Pero su hija estaba en el suelo.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¡Maya! ¿Estás bien? ¿Qué pasó?
Andre se apresuró a ayudarla. Maya apretó la fotografía de su madre contra el pecho y abrió la boca.
—Papá...
Vanessa se interpuso inmediatamente.
—Cariño, no te preocupes. Maya acaba de decir que no quiere ir con nosotros. Se puso dramática y tiró su maleta.
Andre miró el equipaje esparcido.
—¿Ella hizo todo esto?
—Ya sabes cómo se pone cuando no consigue lo que quiere —respondió Vanessa, acariciándole el brazo—. Creo que necesita aprender a controlar sus emociones.
Maya sintió que el estómago se le encogía.
Su padre estaba allí. A menos de un metro.
Solo necesitaba decirle la verdad.
Pero Vanessa inclinó ligeramente la cabeza y le lanzó una mirada que Maya entendió demasiado bien.
Si hablas, te quedarás sola.
En ese momento apareció Devin, el hijo de Vanessa, con unas gafas de sol colgadas del cuello y una sonrisa de satisfacción. Llevaba su boleto de primera clase entre los dedos.
—Mira, Maya. Vuelo directo a Hawái. Primera clase, hotel frente al mar y una suite enorme.
Sacudió el boleto delante de ella.
—Tú puedes quedarte cuidando la casa. Alguien tiene que vigilar la mansión mientras los demás nos divertimos.
—Devin, basta —dijo Andre, frunciendo el ceño.
El muchacho se encogió de hombros.
—¿Qué? Solo estoy diciendo la verdad.
Andre volvió a mirar a Vanessa.
—¿Dónde está el boleto de Maya?
Por primera vez, la sonrisa de Vanessa vaciló.
Después cruzó los brazos.
—No compré uno para ella. Ya tiene dieciséis años. Puede quedarse sola unos días.
El silencio cayó sobre el vestíbulo.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Andre.
—No voy a gastar más dinero en una niña que ni siquiera sabe valorar lo que tiene. Devin y yo merecemos unas vacaciones tranquilas.
Andre la observó como si acabara de descubrir a una desconocida dentro de su propia casa.
—Usaste el dinero de las vacaciones familiares para comprar tres boletos.
—Es mi dinero también.
—Ese dinero salió de mi cuenta.
—¡No voy a discutir contigo delante de ella!
Maya se agachó y recogió la fotografía. Limpió cuidadosamente el polvo del cristal con la manga de su sudadera gris.
Andre vio sus manos temblorosas.
Entonces notó algo más: una marca rojiza en su muñeca.
—Maya —dijo despacio—, ¿cómo te hiciste eso?
Vanessa dio un paso hacia él.
—Andre, no hagas una escena.
Cuando intentó sujetarlo del brazo, él se apartó.
—Tocaste a mi hija, la obligaste a mentirme y la excluiste usando mi dinero.
Vanessa abrió los ojos.
—¿Qué estás diciendo?
Andre tomó los tres boletos del mostrador y los rasgó de un solo movimiento.
El sonido del papel rompiéndose pareció llenar toda la casa.
—Nadie se va a Hawái después de esto.
—¡No puedes hacerme esto! —gritó Vanessa.
—Acabas de hacerlo tú misma.
Andre se arrodilló junto a Maya y comenzó a recoger su ropa. Ella lo observó con lágrimas silenciosas corriendo por sus mejillas.
Él le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Perdóname, hija. Debí darme cuenta.
Maya agarró su manga con ambas manos.
—Papá... todavía no te he contado todo.
Andre se quedó inmóvil.
Al otro lado del vestíbulo, Vanessa perdió el color del rostro.
—Maya, no tienes que hablar ahora —intervino rápidamente.
Pero Andre levantó la mirada hacia su esposa.
—¿Qué más está pasando en esta casa?
Maya respiró temblorosamente y sacó de un bolsillo interior de su maleta un sobre amarillo, doblado por las esquinas.
En el frente había una fecha escrita a mano.
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Era de tres meses atrás.
Y debajo de la fecha aparecía el nombre completo de Andre Mitchell.