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Chapter 5: Los cuarenta y ocho mil dólares

A las siete de la mañana, Andre estaba en las oficinas de Mitchell Construction.

No había avisado a Vanessa de que saldría de casa. Tampoco había llevado a Maya con él. Su hija había aceptado quedarse con Teresa, la ama de llaves que llevaba trabajando para la familia desde antes de que Andre se casara por segunda vez.

Antes de salir, Andre le había hecho una promesa.

—No voy a pedirte que vuelvas a enfrentarte a Vanessa. Tú me cuentas lo que recuerdes y yo me encargo del resto.

Maya lo había abrazado con fuerza.

—No quiero que te pase nada por mi culpa.

—Nada de esto es culpa tuya, cariño.

Ahora, frente a su escritorio, Andre observaba una hoja de cálculo que su contador, Michael Reyes, había preparado durante la madrugada.

—Encontré otras seis transferencias —explicó Michael—. No todas son del mismo tamaño. Algunas son de cinco mil dólares, otras de doce mil. En total, faltan ciento treinta y seis mil dólares del fondo reservado para Maya.

Andre se quedó mirando la pantalla.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Los movimientos comenzaron hace casi dos años.

—¿Y por qué nadie me informó?

Michael se quitó los lentes.

—Porque las transferencias aparecían bajo una autorización electrónica vinculada a tu cuenta. El sistema las marcó como movimientos aprobados por el titular.

Andre se inclinó hacia delante.

—Yo no aprobé nada.

—Entonces alguien tuvo acceso a tus credenciales o utilizó una autorización anterior.

—¿Puedes demostrar quién realizó las operaciones?

—Necesito los registros completos del banco. Ya solicité una copia.

Andre respiró profundamente.

—Quiero que bloquees cualquier transferencia nueva del fondo. No toques el dinero de ninguna otra cuenta y no cambies registros. Todo debe quedar documentado.

Michael asintió.

—Hay algo más. Parte del dinero terminó en una empresa llamada Westbridge Family Services.

Andre frunció el ceño.

—Nunca he oído hablar de ella.

Michael giró la pantalla.

La empresa había sido registrada en Nevada. Su dirección correspondía a una oficina virtual, y su agente registrado era una firma que administraba cientos de sociedades.

—¿Quién es el propietario? —preguntó Andre.

—Todavía no tenemos el expediente completo. Pero hay un pago de cuarenta y ocho mil dólares realizado hace tres meses.

Andre recordó el sobre amarillo.

—El mismo monto que encontré en los documentos de Vanessa.

Michael asintió.

—Exactamente.

Andre abrió su correo y buscó el mensaje del abogado que había preparado el fideicomiso de Elena. El hombre se había jubilado años atrás, pero la firma legal conservaba parte de los archivos.

Llamó al número que aparecía en la página web.

Después de varias transferencias, una mujer respondió.

—Oficina legal de Coleman, Pierce y Asociados.

—Soy Andre Mitchell. Necesito localizar el archivo original del fideicomiso de mi difunta esposa, Elena Mitchell.

La mujer tecleó durante unos segundos.

—Tenemos un expediente con ese nombre. Sin embargo, figura como transferido a otro despacho hace seis años.

—¿A cuál?

La mujer hizo otra pausa.

—Al despacho de Richard Coleman.

Andre sintió que el cuerpo se le tensaba.

Richard era su abogado actual.

El mismo hombre que le había aconsejado investigar las cuentas.

—¿Puede enviarme una copia del registro de transferencia?

—Necesitaría verificar su identidad.

Andre proporcionó los datos requeridos. Unos minutos después recibió un correo con el documento adjunto.

La transferencia del expediente se había realizado seis años atrás, pocos meses antes de que Andre se casara con Vanessa.

En la parte inferior aparecía una nota manuscrita digitalizada:

Entrega autorizada por V. Mitchell.

Andre volvió a leerla.

Vanessa había utilizado su apellido antes de convertirse oficialmente en su esposa.

¿Cómo era posible?

Llamó a Richard.

—Necesito que vengas a mi oficina inmediatamente.

—¿Ha ocurrido algo?

—El expediente original del fideicomiso de Elena pasó por tu despacho. Hay una autorización firmada por Vanessa antes de nuestro matrimonio.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio demasiado largo.

—Andre, prefiero hablar de esto en persona.

—¿Por qué?

—Porque hay circunstancias que no puedo explicar por teléfono.

Andre apretó el teléfono.

—Te doy una hora.

Richard llegó cuarenta minutos después. Entró con un maletín negro y una expresión seria.

Andre colocó el documento sobre la mesa.

—Explícame esto.

Richard se sentó sin quitarse la chaqueta.

—Hace seis años, Vanessa vino a mi despacho con una autorización que parecía legítima. Dijo que Elena le había confiado ciertos documentos antes de morir.

—Eso es imposible. Elena nunca la mencionó como administradora de sus bienes.

—Lo sé ahora. En aquel momento no tenía pruebas suficientes para cuestionar la autorización.

—¿Y qué hiciste?

Richard miró el documento.

—Entregué una copia del expediente. No el original.

Andre se quedó inmóvil.

—¿A quién entregaste el original?

—El original nunca salió de mi archivo. Pero meses después recibí una solicitud para destruir documentos duplicados. La solicitud llevaba una firma electrónica atribuida a ti.

—¿La verificaste?

Richard bajó la mirada.

—No como debía.

Andre se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí podía ver las grúas de una de sus obras, elevándose sobre los edificios de San Diego.

Había pasado media vida construyendo cosas que duraran.

Y había permitido que su propia familia se desmoronara a pocos metros de él.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque creí que habías autorizado el procedimiento. Cuando aparecieron discrepancias en las cuentas, pensé que se trataba de una disputa familiar.

—Mi hija perdió ciento treinta y seis mil dólares.

Richard se puso de pie.

—Entonces debemos averiguar quién autorizó los movimientos. Puedo contactar al antiguo custodio del expediente.

Andre lo miró con dureza.

—No. Primero quiero que me entregues todas las copias, los registros y los correos relacionados con Elena. Y quiero una auditoría independiente.

Richard asintió.

—Lo haré.

Cuando el abogado se marchó, Andre recibió un mensaje de Teresa.

Señor Mitchell, Vanessa acaba de salir de la casa. Llevaba una maleta y le dijo a Devin que no volverían esta noche.

Andre llamó inmediatamente a Maya.

Ella contestó al segundo timbrazo.

—Papá, estoy bien.

—¿Vanessa se fue?

—Sí. Pero antes entró a tu estudio y se llevó algo de tu escritorio.

Andre sintió que la sangre se le helaba.

—¿Qué se llevó?

—No lo vi claramente. Era una carpeta negra.

Miró hacia su escritorio.

La carpeta negra contenía las copias de los documentos que había encontrado durante la noche.

O eso había creído.

—Maya, ¿estás segura?

—Sí, papá. Y antes de salir, Vanessa dijo algo que me asustó.

—¿Qué dijo?

La voz de Maya se volvió apenas un susurro.

—Dijo que, si tú descubrías quién era realmente mi madre, perderías todo lo que has construido.

Andre cerró los ojos.

En ese momento llegó un correo automático del banco.

El asunto contenía una sola frase:

*Solicitud de transferencia urgente pendiente de autorización.*

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El monto era de ciento ochenta mil dólares.

Y el destino era la misma empresa de Nevada.

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