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Chapter 2: La carta escondida

Andre tomó el sobre con cuidado, pero Maya no lo soltó inmediatamente.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó él.

Maya miró a Vanessa.

Su madrastra permanecía junto a las escaleras, rígida como una estatua. Devin ya no sonreía. El boleto roto que había recogido del suelo colgaba entre sus dedos.

—Lo encontré en el estudio —contestó Maya—. Estaba dentro de una carpeta que Vanessa guardaba en el cajón cerrado de tu escritorio.

Vanessa soltó una risa nerviosa.

—Eso es absurdo. Maya siempre ha tenido una imaginación demasiado grande.

Andre extendió la mano hacia su hija.

—Déjame verlo.

Maya le entregó el sobre.

La solapa estaba cerrada, pero el papel mostraba las marcas de haber sido abierto y vuelto a pegar. Andre frunció el ceño mientras examinaba su nombre.

—¿Por qué estaba escondido?

—Porque Vanessa me dijo que, si te lo enseñaba, ibas a mandarme lejos —respondió Maya.

—¡Mentira! —exclamó Vanessa.

La voz rebotó contra los ventanales.

Andre levantó la cabeza.

—Baja la voz.

Vanessa apretó los labios. Durante años había aprendido a controlar cada habitación con una sonrisa, una insinuación o una lágrima perfectamente calculada. Pero aquella noche, frente a los restos de los boletos, ninguna de sus estrategias parecía funcionar.

Andre abrió el sobre.

Dentro había varias hojas impresas, una copia de un documento bancario y una carta escrita con la letra elegante de un abogado.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Su mandíbula se endureció.

—¿Qué significa esto? —preguntó.

Vanessa se acercó con rapidez.

—Dámelo. Es documentación privada de la empresa.

Andre apartó los papeles.

—Aquí aparece una transferencia de cuarenta y ocho mil dólares.

—Es un error contable.

—La transferencia salió de una cuenta que tengo reservada para los gastos de Maya.

La muchacha bajó la mirada.

Andre volvió a leer el documento. Había movimientos bancarios repetidos, fechas y una firma digital autorizando el traslado del dinero a una cuenta cuyo titular era una empresa que él no reconocía.

—¿Qué empresa es esta, Vanessa?

Ella tragó saliva.

—No lo sé. Tal vez alguien usó mis datos.

—La autorización tiene tu nombre.

—¡Cualquiera puede falsificar una firma!

Devin se movió incómodo junto al sofá.

—Mamá, dijiste que papá había aprobado ese dinero.

Vanessa giró hacia él con una mirada furiosa.

—¡Cállate, Devin!

El muchacho retrocedió.

Andre lo observó.

—¿Qué dinero te dijo tu madre que yo había aprobado?

—Nada. Yo no sé nada.

—Devin, mírame.

El adolescente levantó los ojos, pero no consiguió sostener la mirada de Andre.

—Dijo que era para mis estudios universitarios —admitió finalmente—. Que tú habías creado una cuenta para mí y que no debía preocuparme por los gastos.

Andre cerró los ojos durante un instante.

No porque estuviera dispuesto a creer que Devin era inocente, sino porque estaba intentando comprender cómo había llegado a ignorar tantas señales dentro de su propia casa.

La cuenta para Maya existía desde la muerte de su madre, Elena. Andre la había creado para asegurar que su hija pudiera estudiar, recibir atención médica y tener independencia económica al llegar a la edad adulta.

Vanessa sabía perfectamente cuánto significaba ese fondo.

—Maya —dijo Andre con voz más suave—, ¿cómo descubriste las transferencias?

La muchacha abrazó la fotografía contra su pecho.

—Hace tres meses necesitaba dinero para pagar un viaje escolar. Tú me habías dicho que podía usar parte de mi fondo. Cuando le pregunté a Vanessa por qué la cuenta estaba casi vacía, me dijo que tú habías decidido dejar de pagar mis cosas.

Andre sintió un frío intenso recorrerle la espalda.

—Yo nunca dije eso.

—Lo sé ahora.

—¿Por qué no me lo preguntaste directamente?

Maya soltó una risa amarga, pequeña y dolorosa.

—Lo hice, papá. Te pregunté dos veces. Vanessa me dijo que estabas demasiado ocupado y que te molestaba que te hablara de dinero.

Andre recordó vagamente aquellas conversaciones. Estaba en reuniones, respondiendo correos, revisando contratos. Vanessa le había dicho que Maya estaba pasando por una etapa difícil y que prefería no verlo.

Él había aceptado aquella explicación sin comprobarla.

—Debí escucharte —murmuró.

Maya se limpió las lágrimas.

—Después encontré el sobre. Vanessa me vio con él y me lo quitó. Me dijo que, si volvía a buscarlo, me enviaría a vivir con una familia que no me quisiera.

—¡Nunca dije eso! —gritó Vanessa.

Maya se estremeció.

Andre se puso de pie inmediatamente.

—No vuelvas a gritarle.

Vanessa lo miró con incredulidad.

—¿Vas a creerle a una adolescente que lleva meses intentando separarnos?

—Voy a investigar cada palabra que acaba de decirme.

—¿Y qué pasa con todo lo que he hecho por esta familia? —preguntó Vanessa, con lágrimas repentinas en los ojos—. ¿Con los años que te he apoyado? ¿Con todo lo que he sacrificado?

Andre sostuvo los documentos.

—Si no tienes nada que ocultar, no deberías tener miedo de que un contador revise estas cuentas.

La expresión de Vanessa cambió.

Fue apenas un segundo, pero Maya lo vio: un destello de pánico verdadero.

Entonces Vanessa miró a su hijastro.

—Devin, sube a tu habitación.

—Mamá...

—¡Ahora!

Devin subió las escaleras sin protestar.

Andre comenzó a ordenar los papeles. Entre las hojas encontró una copia de un formulario con su firma digital y una fecha de autorización que no recordaba.

Pero lo que lo hizo detenerse fue una nota escrita a mano en la última página.

Cuando Maya cumpla dieciocho años, la transferencia definitiva deberá completarse antes de que pueda reclamar el fondo.

Andre levantó lentamente la vista.

—¿Qué transferencia definitiva?

Vanessa se llevó una mano al cuello.

—No entiendes el documento.

—Entonces explícamelo.

Ella no respondió.

Andre sacó su teléfono.

—Voy a llamar a mi abogado y a mi contador esta misma noche.

Vanessa se acercó de golpe y trató de arrebatarle el sobre.

—¡No sabes lo que estás haciendo!

Andre retrocedió.

—Eso mismo empiezo a pensar de ti.

Maya tiró suavemente de su manga.

—Papá, hay algo más.

Andre se volvió hacia ella.

—¿Qué, cariño?

La muchacha miró hacia las escaleras para asegurarse de que Devin no estuviera escuchando.

—El sobre no era lo único que estaba en ese cajón.

—¿Qué más había?

Maya respiró hondo.

—Una fotografía de mamá... con Vanessa.

Andre dejó de moverse.

El rostro de su esposa se volvió blanco.

—Eso es imposible —susurró.

Maya apretó la fotografía que llevaba contra el pecho.

—No, papá. Lo imposible es lo que descubrí escrito detrás.

Andre extendió la mano.

—¿Dónde está esa fotografía?

Maya lo miró directamente a los ojos.

—Vanessa la tiene escondida en su habitación. Y atrás dice que ella conocía a mamá mucho antes de conocerte a ti.

Vanessa retrocedió un paso.

Por primera vez desde que Andre la conocía, no intentó fingir que estaba ofendida.

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Solo miró a Maya con un terror que no tenía nada que ver con el dinero.

Y Andre comprendió que los cuarenta y ocho mil dólares podían ser apenas el principio.

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