Chapter 9: La última mentira de mi madrastra
Llamé a Brianna inmediatamente.
No contestó.
Volví a intentarlo.
Nada.
Celeste me quitó el teléfono de las manos y me miró con seriedad.
—No vamos a ir a esa casa sin un plan. Si Vanessa está amenazando con destruir pruebas, debemos conservar los mensajes y avisar a las autoridades.
—¡Tiene mi vestido!
—Lo sé. Pero no permitiremos que tu desesperación nos haga cometer un error.
Rosa guardó los documentos en una carpeta y comenzó a hacer copias digitales.
Celeste contactó con su equipo legal y explicó la situación. Mientras tanto, yo seguí llamando a Brianna.
Finalmente, contestó.
—Nia —susurró—, no puedo hablar mucho.
—¿Estás bien?
—Sí. Estoy en casa de mi amiga, pero mamá acaba de dejarme un mensaje. Dice que irá a la competencia temprano y que se encargará de todo.
—¿Tiene el vestido?
—Sí. Se lo llevó cuando salí de casa.
Cerré los ojos.
—¿Puedes conseguir una fotografía de la etiqueta interior? Necesitamos demostrar que la prenda que presentará es la misma que yo confeccioné.
—Puedo intentarlo.
—No te arriesgues si no es seguro.
Brianna guardó silencio.
—Nia, hay algo más que debes saber.
—¿Qué?
—Mamá me dijo que el vestido era importante porque Daniel iba a pagarle una cantidad enorme si ganaba. No era solo por la competencia. Era parte de un acuerdo para lanzar una colección nueva.
—¿Cuánto dinero?
—No lo sé exactamente. Escuché que hablaban de una cifra superior a un millón de dólares, pero no sé qué incluía.
Me quedé inmóvil.
Un millón de dólares.
La cantidad explicaba por qué Vanessa estaba dispuesta a arriesgar tanto por una prenda que no había creado.
—¿Qué más escuchaste?
—Daniel dijo que, después de la presentación, quería que mamá firmara un documento de transferencia. Ella respondió que ya tenía la firma de papá.
Sentí que algo se acomodaba en mi mente.
Mi padre había firmado un documento que transfería los derechos restantes. Pero, después de nuestra conversación, había prometido detener la operación.
Si Vanessa presentaba el vestido como una creación de Brianna y Daniel anunciaba la nueva colección, ambos podrían intentar aprovechar la atención pública antes de que se resolviera la disputa.
—Brianna, ¿puedes enviarme una fotografía de ese documento?
—No sé dónde está.
—Está bien. No te pongas en peligro.
Antes de colgar, Brianna dijo algo que no esperaba.
—Nia, si mañana tengo que elegir entre mamá y la verdad, elegiré la verdad.
La llamada terminó.
Celeste me explicó que la declaración de Brianna sería importante, pero que no garantizaba por sí sola que la organización cancelara el evento. Necesitábamos presentar nuestras pruebas de autoría y asegurarnos de que cualquier reclamación se gestionara por los canales adecuados.
A la mañana siguiente, llegamos al recinto de la competencia antes de que abrieran las puertas al público.
Era un enorme salón con una pasarela iluminada, pantallas gigantes y mesas cubiertas con arreglos florales. En el vestíbulo había fotografías de los finalistas, entre ellas una imagen de Brianna sosteniendo mi vestido.
Debajo aparecía el título:
*MAREAS DE ESPERANZA, DISEÑADO POR BRIANNA CARTER.*
Me quedé mirando el cartel.
Mi nombre no aparecía en ninguna parte.
Celeste se acercó al mostrador de acreditaciones y solicitó hablar con el director del evento. Después de una breve conversación, nos condujeron a una sala privada.
Daniel Whitmore nos esperaba junto a Vanessa.
Mi madrastra llevaba un traje color crema y una sonrisa perfectamente ensayada.
Al verme, abrió los brazos como si fuéramos amigas.
—Nia, querida. Me alegra que hayas venido. Espero que podamos resolver este pequeño malentendido.
Me quedé quieta.
—No hay ningún malentendido. Ese vestido es mío.
Daniel intervino.
—Entiendo que haya emociones involucradas, pero estamos hablando de una competencia profesional. Necesitamos pruebas verificables, no acusaciones familiares.
Celeste colocó sobre la mesa una carpeta con mis bocetos, las fotografías del proceso de confección y la declaración de Rosa.
—Aquí están las pruebas de autoría. También tenemos documentos que cuestionan la legitimidad de determinadas transferencias de derechos relacionadas con la colección Mareas.
Daniel examinó la carpeta sin abrirla.
—Esos asuntos no forman parte de esta competencia.
—Entonces no debería utilizar una pieza cuya autoría está en disputa para promocionar una colección comercial —respondió Celeste.
La sonrisa de Daniel desapareció.
Vanessa me miró con desprecio.
—¿Vas a destruir el futuro de tu hermanastra por un vestido?
—Tú destruiste mi vestido original con pintura. Después me golpeaste y se lo robaste. No necesito destruir el futuro de Brianna. Ella puede decidir qué hacer con él.
Vanessa dio un paso hacia mí.
—Eres una niña ingrata.
—Y tú eres una mujer que ha pasado dieciocho años intentando borrar a mi madre.
Por primera vez, perdió el control de su expresión.
Daniel cerró la carpeta.
—Esta conversación ha terminado. El comité revisará cualquier documentación formal que presenten. La competencia continuará según lo previsto.
Celeste le advirtió que conservaríamos todas las comunicaciones y que no autorizaríamos ningún uso comercial del diseño mientras se revisaban los derechos.
Daniel se levantó.
—Entonces supongo que nos veremos en el escenario.
Cuando salimos de la sala, escuché a Vanessa susurrar algo detrás de nosotras.
—No tienes idea de lo que acabas de provocar.
No me volví.
En el vestuario, una coordinadora nos informó que Brianna todavía no había llegado.
Faltaban cuarenta minutos para la presentación.
La preocupación comenzó a crecer dentro de mí.
Entonces apareció mi padre, acompañado por su abogado.
Se acercó a Celeste y le entregó un documento.
—Es una declaración formal de que retiro mi consentimiento para cualquier transferencia de derechos que no haya sido debidamente autorizada por la titular original o sus herederos. También he solicitado que se preserve toda la documentación relacionada con la operación.
Celeste revisó el escrito.
—Esto no resuelve por sí solo la titularidad de todos los derechos, Marcus, pero es un paso importante.
Mi padre me miró.
—Sé que no puedo arreglar lo que hice. Pero no voy a volver a mentir.
No supe qué responder.
Un anuncio resonó por los altavoces.
Los finalistas debían reunirse detrás del escenario.
Vanessa apareció al final del pasillo, sola y con el rostro tenso.
—Nia, necesito hablar contigo.
Celeste se interpuso.
—Si tiene algo que decir, puede hacerlo aquí.
Vanessa apretó los puños.
—Quiero que retires tus acusaciones. Si lo haces, te devolveré el vestido y podremos olvidar todo esto.
La miré.
—¿Y la colección de mi madre? ¿Y el dinero que desapareció? ¿Y los documentos que firmaste?
—Eso no tiene nada que ver con el vestido.
—Tiene todo que ver con él.
Su voz se volvió fría.
—Si sigues adelante, Brianna perderá su oportunidad. ¿Eso es lo que quieres? ¿Verla humillada delante de todo el mundo?
—Yo no la obligué a robar mi trabajo.
Vanessa abrió la boca para responder.
En ese momento, Brianna apareció detrás de ella.
Llevaba una carpeta contra el pecho y los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá, basta.
Vanessa se volvió.
—¿Qué haces aquí?
Brianna miró a Celeste.
—Quiero entregar mi declaración y retirar mi candidatura. El vestido no es mío.
El rostro de Vanessa se volvió blanco.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé. Robé el diseño de Nia y permití que tú lo presentaras como una creación mía.
—¡Cállate!
Brianna retrocedió, pero no bajó la mirada.
—No voy a seguir mintiendo por ti.
Daniel apareció al otro extremo del pasillo.
—Esto es completamente inaceptable. La presentación debe continuar.
Brianna le entregó su carpeta a Celeste.
—Aquí están los mensajes de mamá y las fotografías que tomé de los documentos. No sé si todos son originales, pero puedo explicar cómo los conseguí y colaborar para que los verifiquen.
Celeste recibió la carpeta sin prometer ningún resultado.
Vanessa miró a su hija como si acabara de convertirse en una desconocida.
—Después de todo lo que he hecho por ti...
Brianna comenzó a llorar.
—Eso es precisamente lo que me asusta, mamá. Que siempre me hiciste creer que te debía todo.
Vanessa se marchó por una puerta lateral.
Durante unos minutos, creí que finalmente habíamos conseguido detenerla.
Pero entonces un asistente apareció corriendo.
—¡Tenemos un problema con el vestido de la finalista Carter!
Corrimos hasta la zona de exhibición.
El maniquí estaba vacío.
La funda que contenía mi vestido había desaparecido.
En el suelo había un pequeño trozo de satén blanco y una tarjeta doblada.
La abrí.
Solo contenía una frase escrita con tinta negra.
Si quieren conocer la verdad, revisen la transmisión de la competencia.
En ese instante, las pantallas del salón se encendieron.
Daniel Whitmore apareció frente a las cámaras, sosteniendo un documento.
Y anunció que tenía pruebas de que Elena Carter había vendido voluntariamente su colección dieciocho años atrás.
Mi padre se quedó sin color.
Celeste miró la pantalla y luego a mí.
—Nia, necesitamos descubrir qué documento está mostrando antes de que termine su presentación.
Pero yo ya había reconocido la firma que aparecía en la pantalla.
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Era la de mi madre.
Y, por primera vez desde que comenzó todo, tuve miedo de que la verdad fuera mucho más complicada de lo que había imaginado.