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Chapter 4: La caja número 317 escondía una traición familiar

Miré la fotografía una y otra vez, intentando encontrar una explicación que no destruyera lo poco que todavía quedaba de mi confianza en mi padre.

Marcus aparecía junto a Vanessa frente a la entrada de un banco. Él llevaba su camisa azul de trabajo y sostenía un sobre marrón. Ella miraba directamente hacia la cámara, como si supiera que alguien los estaba observando.

La fotografía había sido tomada aquella misma mañana.

—¿Quién te envió esto? —preguntó Celeste.

—No lo sé. El número no aparece registrado.

Ella amplió la imagen con dos dedos.

—Ese sobre parece importante.

—Mi padre nunca me habla de asuntos bancarios.

—Tal vez porque no quiere que sepas lo que está haciendo.

La frase me dolió más de lo que esperaba.

—Es mi papá —respondí—. No quiero creer que sea capaz de robarle a mi madre.

Celeste dejó el teléfono sobre la mesa.

—Nia, hay una diferencia entre querer a alguien y justificar todo lo que hace. Tu padre puede haberte querido y, aun así, haber cometido algo imperdonable.

Miré la carta de mi madre.

Marcus sabe quién lo hizo.

Aquellas palabras parecían escritas para mí, como si Elena hubiera sabido que algún día me sentaría en una oficina desconocida intentando comprender por qué las personas que debían protegerme habían convertido mi vida en una lucha constante.

—Necesito ir al banco —dije.

Celeste consultó su reloj.

—La sucursal cierra a las cuatro. Si salimos ahora, llegaremos con tiempo.

Guardé la carta en mi mochila y llamé a Rosa para contarle lo de la fotografía. Ella me pidió que no confrontara a mi padre hasta tener los documentos originales.

—Y, Nia, escucha bien —añadió—. Si Vanessa sospecha que estás investigando, podría intentar destruir cualquier prueba que conserve.

—¿Crees que sería capaz?

Rosa permaneció callada unos segundos.

—Hace dieciocho años, alguien hizo desaparecer el vestido de Elena. Alguien utilizó su trabajo sin permiso. Y alguien permitió que el dinero destinado a tu futuro desapareciera.

Su voz se volvió más suave.

—No confundas la esperanza con la evidencia, hija. Necesitamos saber la verdad.

Colgué.

Celeste condujo hasta el banco mientras yo contemplaba las calles de Los Ángeles. En cada semáforo, revisaba mi teléfono, esperando otro mensaje del desconocido.

No llegó ninguno.

Al llegar, entregamos la documentación que Rosa había preparado. La empleada revisó mi identificación, el documento de Elena y la autorización que confirmaba mi condición de beneficiaria.

Después frunció el ceño.

—Hay un problema con esta caja de seguridad.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué problema?

La mujer bajó la voz.

—La caja número 317 fue objeto de una solicitud de acceso esta mañana. El titular autorizado pidió que se suspendiera cualquier otra consulta hasta verificar la documentación.

—¿Quién hizo la solicitud?

La empleada miró la pantalla.

—El señor Marcus Carter.

Me apoyé en el mostrador.

Mi padre había llegado antes que nosotras.

—¿Abrió la caja? —preguntó Celeste.

—No puedo revelar todos los detalles de una operación privada. Sin embargo, puedo confirmar que la solicitud fue registrada y que la caja permanece cerrada debido a una disputa sobre la autorización.

Celeste sacó su tarjeta profesional.

—Soy abogada especializada en propiedad intelectual y represento los intereses relacionados con la colección de Elena Carter. ¿Podría indicarnos el procedimiento para impedir que se retiren documentos mientras se resuelve la disputa?

La empleada nos explicó los pasos necesarios. No podía entregarnos el contenido de la caja sin completar la verificación, pero tampoco podía ignorar la documentación presentada por una beneficiaria legítima.

Tras una llamada al departamento legal, nos dieron una cita para la mañana siguiente.

Salimos del banco sin la caja, pero con algo importante: mi padre había intentado acceder a ella precisamente el día en que yo comenzaba a investigar.

En el estacionamiento, Celeste me puso una mano sobre el hombro.

—Todavía no sabemos qué quería sacar.

—Quizá quería protegerme.

—Quizá.

Su tono me hizo comprender que no creía demasiado en esa posibilidad.

Mi teléfono vibró.

Esta vez era Vanessa.

Regresa a casa inmediatamente. Tu padre y yo tenemos que hablar contigo.

No respondí.

Un segundo mensaje apareció en la pantalla.

Y no se te ocurra llevarte nada que pertenezca a esta familia.

Le mostré el mensaje a Celeste.

—Ahora sabe que estoy haciendo preguntas.

—Entonces no vuelvas sola a casa.

Pero tenía que regresar. Mis documentos escolares, mi ropa y las últimas fotografías de mi madre seguían allí.

Celeste me llevó hasta la casa de Rosa. Antes de dejarme, me entregó su tarjeta.

—Si alguien te amenaza, llámame. Y no firmes ningún documento sin leerlo.

Rosa me recibió con una taza de chocolate caliente. Por primera vez en todo el día, sentí que podía respirar.

Sin embargo, la tranquilidad duró poco.

A las siete de la noche, mi padre apareció en la puerta del taller.

Tenía los ojos enrojecidos y el sobre marrón de la fotografía bajo el brazo.

—Nia, tenemos que hablar.

Rosa se interpuso entre nosotros.

—Puede hablar aquí. No necesita llevarla a ninguna parte.

Marcus la miró con irritación.

—Esto es un asunto familiar.

—Precisamente por eso debe poder hablar sin miedo.

Mi padre me observó.

—¿Has estado hablando con Celeste Monroe?

No respondí.

Él cerró los ojos.

—Dios mío. ¿Qué te ha contado?

—Que mamá tenía una colección de diseños. Que desapareció un vestido. Que existía dinero destinado a mi futuro. Y que tú firmaste documentos relacionados con todo eso.

Marcus dejó caer el sobre sobre una mesa.

—No entiendes lo que pasó.

—Entonces explícamelo.

Se pasó las manos por el rostro.

—Vanessa y yo cometimos errores hace mucho tiempo. Errores que intentamos corregir.

—¿Qué errores?

Mi padre miró a Rosa y luego volvió a mirarme.

—Tu madre estaba enferma. Las facturas se acumulaban. Yo no sabía cómo mantener la casa y pagar sus tratamientos.

—¿Qué tiene que ver eso con su vestido?

No respondió.

—¿Y con el dinero que me dejó?

Marcus apretó la mandíbula.

—Vanessa encontró una manera de conseguir dinero utilizando algunos de los diseños de Elena. Yo acepté firmar unos documentos porque pensé que era una operación temporal.

Sentí que las piernas me temblaban.

—¿Vendiste los diseños de mamá?

—No fue así de sencillo.

—¡Dime la verdad!

Mi grito hizo que Rosa cerrara los ojos.

Marcus se acercó.

—Tu madre nunca supo todos los detalles. Yo intentaba protegerla.

—¿Protegerla de qué? ¿De saber que su esposo estaba vendiendo su trabajo?

Su rostro se descompuso.

—Nia, por favor...

—¿Y el dinero de mi futuro? ¿También fue un error?

Mi padre miró el suelo.

Aquel silencio respondió por él.

Entonces sacó un documento del sobre.

—Necesito que firmes esto antes del sábado. Es una autorización para resolver el asunto de la colección sin involucrarte directamente.

Lo tomé.

En la primera página aparecía mi nombre completo. En la segunda, una cláusula establecía que renunciaba a cualquier reclamación presente o futura sobre los diseños, las ganancias y los derechos relacionados con la colección de Elena Carter.

Levanté la mirada.

—Quieres que renuncie a lo que mamá me dejó.

—Solo hasta que todo se resuelva.

—¿Y después?

—Te prometo que recibirás lo que te corresponde.

Recordé las promesas que había escuchado durante años.

Después hablaremos.

Más adelante lo arreglaremos.

No hagamos más grande el problema.

Devolví el documento sin firmarlo.

—No.

Mi padre pareció envejecer diez años en un instante.

—Nia, no sabes lo que estás haciendo.

—Por primera vez, sí lo sé.

Se marchó sin despedirse.

Cuando Rosa cerró la puerta, descubrí que había una segunda hoja escondida dentro del sobre. Era una copia de una transferencia bancaria realizada dieciocho años atrás.

El destinatario era una empresa llamada VC Fashion Holdings.

Y debajo del nombre de la empresa aparecía una firma.

Vanessa Carter.

Pero la cantidad transferida era mucho mayor de lo que Celeste nos había mostrado.

Quinientos mil dólares.

En la parte inferior, una anotación escrita a mano decía:

Pago final por la adquisición de la colección Mareas. Derechos exclusivos transferidos.

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Y junto a esa frase había otra firma.

La de mi padre.

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