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Chapter 5: La firma que destruyó el recuerdo de mi padre

Pasé casi toda la noche mirando las dos firmas impresas en aquel documento.

La de Vanessa era elegante, con letras redondeadas y una línea larga al final. La de mi padre era más sencilla, inclinada ligeramente hacia la derecha.

No había dudas.

Ambos habían participado en la transferencia de los derechos de la colección de mi madre.

Pero todavía no comprendía por qué Vanessa había mantenido todo en secreto durante tantos años ni por qué necesitaba que Brianna ganara aquella competencia.

Rosa preparó café mientras yo extendía los documentos sobre la mesa.

—Podríamos llevar esto directamente a Celeste —dijo.

—Quiero saber de dónde salió el dinero.

—Eso requerirá tiempo.

—No tenemos tiempo. La competencia es pasado mañana.

Rosa me miró con preocupación.

—Nia, no tienes que resolver dieciocho años de mentiras en una noche.

—Ellos tuvieron dieciocho años para decidir qué hacer conmigo. Yo solo necesito dos días para impedir que vuelvan a robarme.

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

Llamé a Celeste y le envié fotografías de los documentos. Me pidió que no publicara nada en redes sociales y que tampoco intentara acceder por mi cuenta a cuentas bancarias o archivos privados.

—Las firmas son importantes, pero necesitamos verificar la autenticidad y el contexto —explicó—. Una transferencia no demuestra por sí sola todos los detalles de un delito.

—¿Puedes averiguar qué es VC Fashion Holdings?

—Ya estoy investigándolo. La empresa dejó de operar hace años, pero parece haber sido utilizada para administrar licencias de diseño. Hay registros que podrían ayudarnos a reconstruir lo sucedido.

—¿Y la caja de seguridad?

—La cita sigue programada para mañana. Lleva los documentos originales y no vayas sola.

Después de colgar, revisé mi teléfono.

Había recibido un correo de la organización de la competencia.

El asunto decía: Confirmación de participación: Brianna Carter.

Abrí el mensaje.

La fundación anunciaba que Brianna había sido seleccionada como finalista y que presentaría una pieza titulada Mareas de esperanza.

Debajo aparecía una fotografía de mi vestido.

Mi vestido.

En la descripción, Brianna aseguraba que había pasado meses desarrollando la pieza como homenaje a su madre, Vanessa, quien supuestamente le había enseñado a convertir las dificultades personales en arte.

Tuve que leer aquella frase dos veces.

No solo me había robado el diseño.

También había inventado una historia para hacerlo suyo.

Rosa leyó el correo por encima de mi hombro.

—Eso es cruel.

—No. Es deliberado.

Amplié la fotografía. Brianna llevaba el vestido frente a un fondo blanco, posando con una mano sobre la cintura. Había añadido unos pendientes dorados y unos zapatos plateados.

El vestido le quedaba demasiado grande en los hombros.

Habían alterado las costuras.

Sentí una punzada de rabia.

—Lo han modificado.

Rosa examinó la imagen.

—Sí. Alguien estrechó la cintura y cambió la posición de las mangas.

—Le advertí que no lo hiciera.

—¿Podrían haberlo dañado?

—La estructura de los hombros depende de una serie de pliegues internos. Si los cortaron, no podrán recuperar la forma original sin desmontar parte del corpiño.

Me mordí el labio.

Quería recuperar mi vestido, pero también quería que todos supieran quién lo había creado.

Y, sobre todo, quería que la verdad sobre mi madre dejara de ser una historia escondida en carpetas.

A la mañana siguiente, Celeste nos acompañó al banco.

La empleada revisó de nuevo la documentación y confirmó que la disputa seguía abierta. Después de consultar con el departamento legal, permitió que accediéramos a la caja junto con un representante autorizado del banco, bajo las condiciones establecidas por la institución.

La caja número 317 estaba escondida detrás de una puerta metálica en una sala pequeña y silenciosa.

El empleado introdujo una llave. Celeste utilizó la suya.

El mecanismo hizo un clic.

Mi corazón golpeaba tan fuerte que apenas escuché el sonido.

Dentro había una caja de madera, un sobre blanco y una pequeña libreta azul.

Reconocí inmediatamente la letra de mi madre en el sobre.

Para Nia. Cuando estés preparada para conocer la verdad.

Me temblaron las manos.

Celeste se mantuvo a mi lado mientras abría la caja.

Dentro encontré fotografías de mi infancia, dibujos originales de la colección Mareas, recibos bancarios y una carta doblada en cuatro partes.

La primera línea me hizo llorar.

Mi niña, si estás leyendo esto, significa que no pude contarte personalmente todo lo que quería.

Me senté.

La carta explicaba que Elena había descubierto irregularidades en los documentos relacionados con sus diseños. Había sospechado que alguien estaba intentando transferir los derechos de su colección sin su autorización.

También había escrito que Marcus conocía parte de la situación y que ella le había pedido que la ayudara a proteger los diseños.

Pero había una frase que me dejó helada.

Vanessa no entró en mi vida por casualidad. Antes de que tu padre se enamorara de ella, ya había intentado comprar mi colección.

Levanté la mirada hacia Celeste.

—¿Mi padre conocía a Vanessa antes de que mamá muriera?

—Eso parece.

Seguí leyendo.

Elena explicaba que había rechazado la oferta de Vanessa porque quería conservar el control de su trabajo y utilizarlo para financiar la educación de su hija.

Después, los documentos habían comenzado a desaparecer.

El vestido principal de Mareas desapareció de su taller. Algunos bocetos originales fueron presentados por otra diseñadora en un evento privado. Y el dinero de una cuenta destinada a proteger los derechos de la colección fue transferido a una empresa que Elena nunca había autorizado.

Mi madre había empezado a reunir pruebas.

Pero la carta terminaba abruptamente.

Si algo me sucede, no permitas que te convenzan de que todo fue un accidente. Busca la libreta azul. Allí están los nombres y las fechas que necesitas.

Abrí la libreta.

Las primeras páginas contenían registros de diseños, pagos y reuniones. En varias fechas aparecían los nombres de Vanessa y Marcus.

Luego encontré una anotación que me hizo dejar de respirar.

15 de junio. Vanessa ofreció cincuenta mil dólares por la colección completa. Rechacé la oferta. Marcus insiste en que debería aceptar porque las deudas familiares están aumentando.

Debajo, mi madre había escrito:

Creo que Vanessa sabe más de lo que admite.

Pasé a la página siguiente.

La última anotación estaba fechada tres días antes de su muerte.

Marcus me ha pedido que firme un documento para liberar los fondos destinados a Nia. No confío en la explicación que me dio. Si firmo, podría perder el control de la colección y el dinero que he reservado para mi hija.

Cerré la libreta.

—Mi padre sabía que mamá sospechaba de Vanessa.

Celeste asintió.

—Y, aun así, firmó los documentos.

Me sequé las lágrimas.

—Quiero ver todo lo que hay aquí.

Durante la siguiente hora, el representante del banco registró el contenido de la caja conforme al procedimiento autorizado. Celeste fotografió los documentos que legalmente podía revisar y preparó una lista de los registros que debían verificarse.

Entonces encontré una fotografía que no había visto antes.

Mi madre estaba sentada frente a una máquina de coser. Vanessa aparecía detrás de ella, sosteniendo un vestido blanco.

No parecían enemigas.

De hecho, Vanessa estaba sonriendo.

En el reverso había una fecha de dieciocho años atrás y una frase escrita por Elena.

La última prueba de que alguna vez confié en ella.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Celeste examinó la imagen.

—No lo sé.

Debajo de la fotografía había un recibo de una boutique. El nombre de la tienda era el mismo que figuraba en el contrato de adquisición de la colección.

Y en el espacio reservado para el comprador aparecía un nombre que no conocía.

Daniel Whitmore.

Celeste se quedó inmóvil.

—¿Quién es? —pregunté.

Ella levantó lentamente la mirada.

—El hombre que financia la competencia de Brianna.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿El patrocinador?

—Sí. Daniel era socio comercial de Vanessa cuando se transfirieron los derechos de la colección de Elena. Durante años ha financiado concursos y programas de becas para diseñadores jóvenes.

Miré la fotografía de mi madre.

—¿Y ahora está financiando el evento donde Brianna presentará mi vestido?

Celeste asintió.

—Necesito averiguar si sabe que la pieza pertenece a tu familia.

En ese momento, el teléfono de Celeste vibró.

Era un mensaje de su equipo legal.

Lo leyó y su expresión cambió.

—¿Qué sucede? —pregunté.

Me mostró la pantalla.

Daniel Whitmore había presentado una solicitud formal para adquirir los derechos restantes de la colección Mareas.

La solicitud incluía una condición.

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La transferencia debía completarse antes del final de la competencia del sábado.

Y el documento estaba firmado por mi padre.

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