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Chapter 3: El secreto escondido en una caja de seguridad

No pude hablar durante varios segundos.

Abrí mi cuaderno y pasé las páginas hasta encontrar el primer boceto del vestido. Lo había dibujado meses atrás, mucho antes de que Brianna lo descubriera, mucho antes de las manchas de pintura y de la bofetada.

Las curvas de los hombros.

La caída de la falda.

Las capas que parecían olas.

Todo estaba allí.

—No entiendo —murmuré—. Nunca había visto ese diseño antes.

Rosa se sentó frente a mí.

—Tu madre dibujaba constantemente. Algunas veces dejaba bocetos en los márgenes de las facturas, en servilletas, incluso en las etiquetas de la ropa. Quizá viste algo cuando eras pequeña y lo guardaste en la memoria.

—Pero no recuerdo nada.

—La memoria no siempre nos devuelve las cosas en el momento en que las necesitamos.

Miré de nuevo el dibujo.

Durante años había pensado que mi imaginación era una habitación a la que solo yo tenía acceso. Ahora parecía que alguien había dejado una llave allí mucho antes de que yo naciera.

—¿Qué le pasó al vestido de mi madre? —pregunté.

Rosa abrió la carpeta amarilla y sacó una fotografía antigua.

Mostraba un vestido azul oscuro, con hombros esculpidos y una falda que se extendía como una ola. El diseño era distinto al mío en los detalles, pero la estructura resultaba inconfundible.

En la parte inferior de la fotografía aparecía una inscripción.

Colección Mareas. Diseño original de Elena Carter.

—Tu madre lo creó para un concurso nacional —explicó Rosa—. Si ganaba, recibiría una beca para abrir su propio taller. Celeste era una de las juezas.

—¿Ganó?

Rosa apretó los labios.

—No pudo presentar el vestido. Desapareció la noche anterior. Elena sospechó que alguien había entrado en su taller, pero nunca encontró pruebas.

—¿Quién pudo haberlo robado?

Rosa guardó silencio.

Su reacción me hizo pensar que conocía una respuesta que no quería pronunciar.

—Dímelo.

—Vanessa trabajaba como asistente administrativa para una boutique que colaboraba con el concurso. Tu padre la conocía desde aquella época.

Me quedé mirándola.

—¿Mi madrastra conocía a mi madre?

—Sí. No eran amigas, pero se habían encontrado varias veces.

La habitación pareció inclinarse.

Vanessa siempre había hablado de mi madre como si fuera una mujer incapaz de administrar su propia vida. Nunca mencionaba sus diseños. Nunca preguntaba por sus fotografías. Cada vez que yo sacaba su costurero, encontraba una razón para decirme que debía dejar de vivir en el pasado.

¿Y si no quería que recordara a mi madre porque había algo que temía que descubriera?

Mi teléfono vibró de nuevo.

Esta vez era mi padre.

¿Dónde estás? Vanessa dice que no has regresado a casa.

Escribí una respuesta y la borré.

Finalmente contesté:

Estoy trabajando.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Necesitamos hablar sobre tu actitud de esta mañana. Vuelve temprano.

Guardé el teléfono.

—Voy a reunirme con Celeste —dije.

Rosa asintió.

—Te acompañaría, pero me pidió que fueras sola. Quiere hablar contigo en privado.

—¿Crees que puedo confiar en ella?

Rosa tomó la fotografía de mi madre y me la entregó.

—Confío en lo que tu madre pensaba de ella. Eso no significa que debas aceptar todo lo que te diga sin hacer preguntas.

Antes de salir, Rosa me dio una dirección adicional: una sucursal bancaria donde mi madre había abierto la caja de seguridad.

—Tengo una copia del documento que acredita que Elena te designó beneficiaria —explicó—. Si logramos confirmar que la caja sigue activa, quizá podamos descubrir qué ocurrió con sus ahorros.

Me guardé el documento en la mochila.

Por primera vez en mucho tiempo, tenía algo más importante que una discusión familiar.

Tenía preguntas.

Y estaba decidida a encontrar respuestas.

La oficina de Celeste Monroe ocupaba el último piso de un edificio de vidrio en el centro de Los Ángeles. Desde las ventanas se veía una ciudad que parecía construida de luz y movimiento.

Una recepcionista me condujo hasta una sala llena de vestidos exhibidos en maniquíes.

Había seda, terciopelo, encaje y piezas bordadas con una precisión que me hizo olvidar, por un instante, el motivo de mi visita.

Celeste estaba junto a una mesa de trabajo, examinando unas muestras de tela.

Era una mujer de unos cincuenta años, elegante, con cabello oscuro recogido y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.

Cuando me vio, dejó lo que tenía en las manos.

—Nia Carter.

—Sí, señora.

Me observó durante un largo momento.

—Tienes los ojos de Elena.

La frase me golpeó con más fuerza de la que esperaba.

—¿La conoció bien?

Celeste señaló una silla.

—Lo suficiente para saber que nunca abandonaba un diseño cuando alguien intentaba destruirlo.

Me senté.

Ella abrió un cajón y sacó una carpeta negra.

—Rosa me dijo que creaste un vestido para tu graduación. También me contó que tu hermanastra se lo llevó para presentarse en la competencia del sábado.

—Sí.

—¿Tienes fotografías del vestido?

Le mostré varias imágenes que había tomado durante las últimas horas de trabajo.

Celeste examinó cada una sin hablar.

Cuando llegó a la fotografía de la espalda, sus dedos comenzaron a temblar.

—Dios mío.

—¿Qué sucede?

Se acercó a la ventana y miró hacia la ciudad.

—Hace dieciocho años, Elena creó una colección llamada Mareas. Era extraordinaria. Los diseños hablaban de la relación entre el dolor y la transformación. Ella decía que el océano podía destruir una costa y, al mismo tiempo, crear una nueva.

Me mostró la fotografía del vestido azul que Rosa me había enseñado.

—Este era el diseño principal. Pero había otro. Un vestido blanco que debía representar el amanecer después de una tormenta.

Mi corazón se aceleró.

—¿Cómo era?

Celeste sacó un dibujo de una carpeta.

Los hombros esculpidos eran casi idénticos a los míos. La falda tenía capas asimétricas. La cola se extendía en una curva que parecía una ola.

Sentí que se me erizaba la piel.

—Es mi vestido.

—No exactamente —respondió Celeste—. El tuyo tiene algo que el original no tenía.

Señaló los colores.

—Elena nunca terminó de decidir cómo incorporaría los tonos del océano. Tú lo hiciste.

Me quedé mirando el dibujo.

—¿Entonces heredé su talento?

Celeste sonrió con tristeza.

—El talento no se hereda como el color de los ojos. Se aprende, se cultiva y se demuestra. Pero algunas personas crecen rodeadas de cosas que ni siquiera saben que están aprendiendo.

Después abrió la carpeta negra.

Dentro había copias de correos electrónicos, contratos y fotografías de un evento celebrado muchos años atrás.

—Necesito mostrarte algo —dijo.

Me entregó una copia de un contrato firmado por mi padre.

Marcus Carter aparecía como testigo de una transferencia de derechos de diseño. La fecha correspondía a tres semanas después de la desaparición del vestido de mi madre.

El nombre de la persona que recibía esos derechos estaba parcialmente cubierto por una mancha de tinta.

Pero la primera palabra era claramente visible.

Vanessa.

Me levanté de la silla.

—¿Mi padre firmó esto?

—Sí.

—¿Por qué?

Celeste cerró los ojos un instante.

—Eso es lo que llevo dieciocho años intentando averiguar.

—¿Y qué tiene que ver con el dinero que mi madre me dejó?

Celeste volvió a abrir la carpeta.

Sacó una copia de una transferencia bancaria.

La cantidad me dejó sin palabras.

Ciento veinte mil dólares.

La transferencia había sido realizada desde una cuenta vinculada a la colección de Elena hacia una cuenta privada administrada por una empresa que llevaba el apellido de Vanessa.

—Ese dinero estaba destinado a financiar el futuro de tu madre —explicó Celeste—. Después de que ella murió, parte de los fondos desapareció de los registros oficiales.

—Mi padre dijo que el dinero se había usado para gastos familiares.

Celeste me miró fijamente.

—Nia, tu madre no te dejó solamente un vestido y una caja de seguridad. Te dejó una participación legal en los derechos de su colección. Si esos documentos son auténticos, alguien ha estado beneficiándose de su trabajo durante años.

Sentí náuseas.

—¿Vanessa?

—No puedo asegurarlo todavía.

—¿Y mi padre?

Celeste no respondió.

La respuesta estaba en el contrato que él había firmado.

Me senté de nuevo, intentando ordenar mis pensamientos.

—¿Por qué me está contando todo esto ahora?

Celeste cerró la carpeta y me miró directamente.

—Porque ayer recibí una solicitud para la competencia del sábado. Brianna Carter presentó tu vestido como una creación original suya.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Qué?

—La solicitud incluye fotografías del vestido y una declaración jurada en la que afirma que diseñó y confeccionó la pieza.

—¡Eso es mentira!

—Lo sé. Rosa me mostró tus bocetos anteriores y las fotografías de tu proceso de trabajo.

Celeste se acercó a la mesa.

—Pero hay algo más. La competencia está patrocinada por una fundación que exige que cada participante demuestre la autoría de su obra. Si Brianna gana utilizando un diseño robado, las consecuencias pueden ir mucho más allá de una descalificación.

—¿Qué consecuencias?

Celeste me entregó otra hoja.

Era una copia de la solicitud de Brianna.

En la última página, debajo de su firma, había una cláusula que declaraba que todos los diseños presentados eran originales y que la participante asumía la responsabilidad legal por cualquier reclamación de propiedad intelectual.

—Si se demuestra que mintió —dijo Celeste—, la fundación puede retirar el premio, cancelar cualquier contrato y remitir el caso a sus abogados.

Miré la firma de mi hermanastra.

Por primera vez, comprendí que su arrogancia podía convertirse en una trampa para ella misma.

Pero todavía faltaba algo.

—¿Por qué Vanessa quiere que Brianna gane tanto? —pregunté.

Celeste dudó.

Después abrió un compartimento oculto en la carpeta negra y sacó una carta amarillenta.

La letra era de mi madre.

Reconocí inmediatamente la forma en que dibujaba las letras mayúsculas.

Si alguna vez intentan reclamar mi colección, busquen el documento original de la caja de seguridad. Allí está la verdad sobre lo que ocurrió con mi vestido y sobre la persona que me traicionó.

Debajo había una frase escrita con tinta roja.

Marcus sabe quién lo hizo.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Mi padre no solamente había permitido que Vanessa y Brianna me humillaran.

Tal vez llevaba años ocultándome la verdad sobre mi madre.

Celeste me sostuvo la mirada.

—Nia, el sábado tendrás la oportunidad de recuperar tu vestido y demostrar quién lo creó. Pero antes debes decidir si estás preparada para descubrir algo que podría cambiar para siempre la forma en que recuerdas a tu padre.

Miré la carta.

Luego miré las fotografías de mi vestido.

—Estoy preparada —respondí.

Celeste asintió lentamente.

—Entonces tenemos que llegar a la caja de seguridad antes que Vanessa.

Mi teléfono vibró sobre la mesa.

Era un mensaje de un número desconocido.

Había una fotografía adjunta.

En ella aparecía mi padre, Marcus, entrando en un banco con Vanessa.

La fecha de la fotografía era de esa misma mañana.

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Debajo, alguien había escrito:

Si quieres saber quién robó el futuro de tu madre, no dejes que ellos lleguen primero a la caja número 317.

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