Chapter 2: La mujer que conocía el secreto de mi madre
A las siete de la mañana siguiente, desperté con la mejilla hinchada y el sonido de Brianna riéndose al otro lado de la pared.
—¡Mamá, mira cómo se ve con estos zapatos! —exclamó.
Vanessa respondió desde el pasillo:
—Perfecto. Ese vestido te hará ganar.
Me senté en la cama y miré mi reflejo en el pequeño espejo que tenía junto al escritorio.
La marca de la bofetada comenzaba a desaparecer, pero el dolor seguía ahí.
No era únicamente por el golpe.
Era por haber comprendido que, si mi padre no había intervenido cuando me robaron algo que había creado con mis propias manos, tampoco lo haría cuando la situación fuera todavía peor.
Me vestí, guardé mi cuaderno de bocetos en la mochila y bajé a desayunar.
Brianna estaba sentada frente a un plato de fruta cortada. El vestido descansaba sobre una funda de diseñador que Vanessa había comprado esa misma mañana.
—Buenos días, hermanita —dijo, sonriendo—. ¿Dormiste bien?
No respondí.
Ella levantó la funda para que pudiera verla.
—Mamá consiguió que una modista lo planchara. Dijo que necesitaba unos pequeños ajustes.
Sentí que se me helaba el estómago.
El vestido había sido diseñado para mi cuerpo. La cintura, los hombros y las mangas tenían medidas específicas.
—No dejes que nadie lo altere —dije.
Vanessa dejó su taza sobre la mesa.
—¿Perdón?
—Si modifican las costuras, pueden dañar la estructura.
Brianna se rio.
—¿Escuchaste eso, mamá? Cree que todavía puede darme órdenes sobre su vestido.
—No es tu vestido —respondí.
Vanessa se levantó tan deprisa que la silla chirrió contra el piso.
—Escúchame bien, Nia. En esta casa no vas a desafiarme delante de mi hija.
—Entonces deja de robarme las cosas.
El silencio fue inmediato.
Mi padre apareció en la cocina, ajustándose el reloj.
—¿Qué está pasando?
Vanessa cambió de expresión con una facilidad aterradora.
—Tu hija sigue obsesionada con el vestido. Le expliqué que Brianna lo utilizará y ahora se niega a respetar nuestra decisión.
Marcus me miró.
—Nia, ¿podemos hablar después?
—Siempre dices eso.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
—Que siempre hay un después, papá. Después de que Vanessa decide. Después de que Brianna consigue lo que quiere.
Después de que alguien me lastima. Pero nunca llega el momento en que tú haces algo.
Marcus abrió la boca, pero no encontró palabras.
Brianna aprovechó el silencio.
—Vamos, mamá. Tenemos que llegar temprano al evento.
Vanessa tomó su bolso.
Antes de salir, se inclinó hacia mí.
—Deberías aprender cuándo rendirte.
La puerta principal se cerró.
Mi padre se quedó en la cocina, mirando su taza de café.
—No debiste hablarles así —murmuró.
Lo observé durante varios segundos.
—¿Sabes qué es lo más triste? Que ni siquiera me sorprende que estés de su lado.
Tomé mi mochila y salí sin desayunar.
Mi trabajo en el taller de arreglos comenzaba a las nueve. La dueña, la señora Rosa Martínez, me esperaba junto a una montaña de prendas.
Rosa tenía cincuenta y tantos años, cabello plateado y unas gafas que siempre se deslizaban por la punta de su nariz. Había sido amiga de mi madre y, aunque nunca hablaba demasiado de ella, conservaba una fotografía de Elena detrás del mostrador.
Apenas me vio, dejó las tijeras.
—¿Qué te pasó en la cara?
—Me golpeé con la mesa.
Rosa me observó sin creerme.
—Nia, llevo treinta años trabajando con personas que intentan esconder la verdad detrás de una sonrisa. No insultes mi experiencia.
Bajé la mirada.
Ella cerró la puerta del taller y me ofreció una silla.
—Cuéntame.
Le expliqué lo que había ocurrido. Le conté que Brianna había arruinado el vestido original, que yo lo había transformado y que Vanessa me lo había quitado para entregárselo a su hija.
Rosa escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, se quitó las gafas.
—¿Dices que Brianna piensa usarlo en la competencia de diseño del sábado?
—Sí.
—¿Sabes quién organiza ese evento?
—Una fundación de moda llamada Thread of Tomorrow.
Rosa palideció ligeramente.
—¿Y quién te habló de ella?
—Encontré una tarjeta en el escritorio de mi papá. Decía que estaban buscando diseñadores jóvenes para un programa de becas.
Rosa se levantó y caminó hacia un archivador.
Abrió un cajón y sacó una carpeta amarilla.
—Tu madre trabajó con una mujer llamada Celeste Monroe —dijo—. Era una diseñadora importante en Los Ángeles. Cuando Elena enfermó, Celeste quiso ayudarla a dejarte algo que pudiera servirte en el futuro.
Mi corazón comenzó a latir más deprisa.
—¿Qué clase de ayuda?
Rosa abrió la carpeta.
Dentro había copias de cartas, fotografías y varios documentos firmados.
—Tu madre había diseñado una colección que nunca llegó a presentar. Celeste creía que tenía un talento extraordinario y quería que tú pudieras estudiar moda cuando fueras mayor.
Tomé una de las fotografías.
Mi madre aparecía junto a una mujer elegante, de cabello oscuro, frente a una mesa cubierta de telas.
Al reverso había una fecha y una frase escrita a mano.
Elena y su pequeña artista. Que algún día el mundo vea lo que ustedes ven.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Por qué nunca me contaste esto?
Rosa bajó los ojos.
—Porque tu madre me pidió que esperara hasta que cumplieras dieciocho años, salvo que necesitaras ayuda antes. Y porque creí que tu padre estaba cuidando de ti.
No pude evitar una risa amarga.
—Yo también lo creí.
Rosa volvió a la carpeta y sacó una tarjeta.
El nombre impreso era el mismo que yo había visto en el escritorio de mi padre.
Celeste Monroe.
—Es la presidenta de Thread of Tomorrow —explicó Rosa—. Y este sábado será la jueza principal de la competencia.
La miré, incrédula.
—¿Ella conoce mi trabajo?
—Conoció el trabajo de tu madre. Y hace unos meses me pidió que le hablara de ti.
—¿Por qué?
Rosa respiró profundamente.
—Porque alguien presentó una solicitud para una beca utilizando el nombre de tu madre. Celeste pensó que quizá eras tú.
Mi sangre se enfrió.
—Yo nunca presenté ninguna solicitud.
Rosa asintió lentamente.
—Eso mismo le dije.
Abrió otra carpeta y me mostró una copia de la solicitud.
El nombre de Elena Carter aparecía en la sección de referencia artística. Debajo había una firma que se parecía a la de mi padre.
Pero lo que me dejó sin aliento fue la dirección de correo electrónico del solicitante.
Pertenecía a Vanessa.
—¿Mi madrastra solicitó una beca usando el nombre de mi madre?
—Eso parece.
—¿Para Brianna?
Rosa no respondió inmediatamente.
No hacía falta.
Sentí que las piezas comenzaban a encajar: el sobre desaparecido, las explicaciones de mi padre, la insistencia de Vanessa en controlar mis materiales y ahora la apropiación de un vestido que ella no había diseñado.
—Quiero saber qué pasó con el dinero que mi madre me dejó —dije.
Rosa me apretó la mano.
—Entonces debemos encontrar los documentos originales.
—¿Dónde están?
Ella miró hacia la puerta del taller.
—Tu madre dejó una caja de seguridad en un banco. Yo tengo una copia de la autorización que firmó antes de morir. Pero para acceder a ella necesitamos que cumplas dieciocho años o que tu padre presente los documentos que demuestren que es tu tutor legal.
—Mi padre jamás hará eso si Vanessa está involucrada.
—Entonces tendremos que encontrar otra manera.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
*Hola, Nia. Soy Celeste Monroe. Rosa me habló de ti.
Necesito verte antes de la competencia del sábado. Es importante que vengas sola.*
Debajo había una dirección.
Y una segunda línea.
También necesito preguntarte por un vestido que tu madre diseñó hace dieciocho años.
Le mostré el mensaje a Rosa.
Su rostro perdió el color.
—Nia —susurró—, hay algo que nunca te conté sobre el último diseño de tu madre.
—¿Qué cosa?
Rosa miró la fotografía de Elena.
—El vestido que acabas de crear se parece demasiado a una pieza que desapareció la noche antes de que tu madre muriera.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Qué vestido?
Rosa señaló mi cuaderno de bocetos.
—El diseño original de tu vestido de graduación. Las curvas de los hombros, las capas asimétricas y la cola inspirada en el océano.
May you like
Hizo una pausa.
—Tu madre lo había dibujado exactamente así.
Related Stories