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Chapter 1: El vestido que convirtió mi desgracia en una obra maestra

La noche en que mi hermanastra me robó el vestido más hermoso que había creado, mi madrastra me dio una bofetada tan fuerte que caí contra mi mesa de coser. Sin embargo, cuando ambas salieron de mi habitación con mi vestido entre las manos, sonreí.

Porque ellas creían que acababan de destruir mi futuro.

No tenían idea de que acababan de cometer el error más caro de sus vidas.

Me llamo Nia Carter, tenía diecisiete años y estaba a tres días de graduarme de la preparatoria cuando descubrí que compartir un apellido no significaba compartir una familia.

Mi padre, Marcus Carter, se había casado con Vanessa dos años antes. Ella llegó a nuestra casa con tres maletas de diseñador, una colección de perfumes costosos y una habilidad extraordinaria para hacer que todos se sintieran culpables por no darle lo que quería.

Su hija, Brianna, tenía dieciocho años y había heredado exactamente el mismo talento.

En poco tiempo, nuestra casa dejó de sentirse como el lugar donde había crecido.

Las fotografías de mi madre desaparecieron de la sala. Mi habitación se convirtió en el único lugar donde podía estar sin escuchar críticas. Y mi padre, que antes solía sentarse conmigo los domingos para ayudarme con mis proyectos escolares, comenzó a pasar cada noche intentando evitar una discusión con su nueva esposa.

Yo aprendí a hacerme pequeña.

Brianna, en cambio, aprendió que podía ocupar todo el espacio que quisiera.

Cuando pidió un teléfono nuevo, lo recibió.

Cuando quiso asistir a un concurso de moda local, Vanessa pagó la inscripción, el maquillaje y un vestido de diseñador.

Cuando yo pedí dinero para comprar un vestido de graduación, mi madrastra soltó una carcajada.

—¿Un vestido caro para una ceremonia de preparatoria? —preguntó Vanessa, sin levantar la mirada de su tableta—. ¿Desde cuándo necesitas fingir que eres una princesa?

—No quiero uno caro —respondí—. Solo quiero algo bonito.

Brianna estaba sentada sobre la isla de la cocina, mostrando sus zapatos nuevos.

—Entonces compra algo en una tienda de segunda mano. Dicen que ahora eso está de moda.

—Brianna —murmuré—, no te pregunté tu opinión.

Su sonrisa desapareció.

—Mamá, ¿escuchaste cómo me habló?

Vanessa dejó la tableta sobre la encimera.

—Nia, deberías estar agradecida de que tengas un techo y comida. Hay chicas que no tienen ni eso.

Miré a mi padre.

—Papá, prometiste que me ayudarías con la graduación.

Marcus dobló lentamente el periódico que estaba leyendo.

—Cariño, este mes tenemos muchos gastos.

—Pero acabas de pagarle a Brianna un vestido de mil ochocientos dólares.

El silencio cayó sobre la cocina.

Vanessa se puso de pie.

—No compares las situaciones. Brianna tiene una competencia importante. Necesita proyectar confianza.

—Yo también tengo una graduación importante.

—Es una ceremonia escolar, Nia. No estás entrando a la realeza.

Mi padre se frotó la frente.

—Por favor, no discutamos por esto.

Sentí algo romperse dentro de mí, aunque ya estaba acostumbrada a sus silencios.

Mi madre, Elena, había muerto cuando yo tenía once años. Era costurera y podía transformar una cortina vieja en un vestido precioso. Sus manos siempre olían ligeramente a jabón de lavanda y tela recién planchada.

Ella me enseñó a coser antes de enseñarme a conducir una bicicleta.

—Una aguja puede reparar muchas cosas, mi amor —me decía—. Pero nunca olvides que no todo lo roto merece que lo repares tú sola.

Antes de morir, había ahorrado dinero para mi futuro. Yo había encontrado una vez un sobre escondido en su costurero. Decía: «Para los sueños de Nia».

Después de que Vanessa se mudó con nosotros, el sobre desapareció.

Cuando pregunté por él, mi padre aseguró que el dinero se había utilizado para cubrir gastos familiares durante una época complicada.

Nunca me explicó por qué Vanessa había sido quien administró esos gastos.

Dejé de preguntar.

En cambio, conseguí un trabajo de medio tiempo en un pequeño taller de arreglos. Durante tres meses, hice dobladillos, cambié cremalleras y reparé vestidos de clientes que jamás sabrían quién había trabajado hasta tarde para dejarlos perfectos.

Guardé cada dólar.

Compré satén blanco, forro, hilo y un accesorio de segunda mano para crear pliegues delicados.

Por las noches, dibujaba diseños en mi cuaderno. Imaginaba hombros esculpidos, una cintura perfectamente ajustada y una falda que se moviera como el agua.

No quería parecerme a Brianna.

Quería parecerme a la mujer que mi madre siempre había creído que yo podía llegar a ser.

La tarde en que terminé casi todo el vestido, Brianna entró en mi habitación sin tocar.

—¿De verdad vas a usar eso para tu graduación? —preguntó.

Seguí cosiendo.

—Sí.

Se acercó al perchero y examinó las costuras.

—Parece hecho en casa.

—Porque lo hice en casa.

—Qué vergüenza.

Levanté la mirada.

—¿Necesitas algo?

Brianna acarició la falda con dos dedos.

—Mamá me compró otro vestido para el concurso del sábado. Es una pieza exclusiva. Casi dos mil dólares.

—Felicidades.

—¿No estás celosa?

—No.

Su rostro se endureció.

—Siempre actúas como si fueras mejor que yo.

—Nunca he dicho eso.

—No necesitas decirlo. Se te nota en la cara.

Se marchó dando un portazo.

Debí haber entendido que no había venido a admirar mi trabajo.

Al día siguiente, regresé de la escuela y encontré la puerta de mi habitación abierta.

El olor me golpeó antes de que pudiera ver el vestido.

Pintura.

Mi satén blanco estaba cubierto de salpicaduras azules. Algunas manchas se habían endurecido sobre el corpiño y otras descendían por la falda como heridas abiertas.

Un recipiente medio vacío descansaba sobre mi escritorio.

Brianna estaba junto a la ventana, mirando su teléfono.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

Ella levantó la cabeza con una expresión de falsa inocencia.

—¿Esto? Me tropecé.

—¡La pintura está sobre mi vestido!

—Qué desafortunado.

Tomé la tela entre mis manos. La pintura había atravesado el satén y alcanzado el forro.

—¡Trabajé tres meses en esto!

—Entonces debiste guardarlo mejor.

Vanessa apareció en la puerta.

—¿Por qué gritas?

Señalé a Brianna.

—¡Ella arruinó mi vestido!

Vanessa observó las manchas y luego a su hija.

—Brianna, cariño, ¿qué pasó?

—Estaba bajando el recipiente. Nia dejó todo atravesado y me tropecé.

—¡Está mintiendo!

—¡Basta! —gritó Vanessa—. Es solamente un vestido.

—¡Es mi graduación!

—Entonces ponte otra cosa.

Mi padre llegó del trabajo unos minutos después. Todavía llevaba su camisa azul y tenía las llaves del automóvil en la mano.

—¿Qué sucede aquí?

Vanessa se acercó a él.

—Tu hija está haciendo un escándalo porque Brianna tuvo un accidente.

—No fue un accidente —insistí—. Mira el recipiente. Estaba sobre mi escritorio.

Marcus miró el vestido, después a mí.

Por un instante, pensé que finalmente me creería.

—Nia, cariño, ¿no puedes hacer otro?

Lo miré como si acabara de hablar en un idioma desconocido.

—La graduación es en tres días.

—No hagamos más grande este problema.

Brianna escondió una sonrisa detrás del hombro de su madre.

Y mi padre no la vio.

Me encerré en mi habitación. Lloré hasta que me dolieron los ojos, sentada en el suelo junto a la tela arruinada.

Después recordé las palabras de mi madre.

El arte no siempre comienza con algo hermoso. A veces comienza con algo roto.

Me levanté.

Observé las manchas azules y abrí mi cuaderno de bocetos.

¿Y si no intentaba esconder la pintura?

¿Y si la convertía en el centro del diseño?

Trabajé durante toda la noche. Añadí turquesa, violeta, coral y dorado. Transformé las manchas en olas y corrientes de color. Rediseñé las mangas, cosí pequeños adornos a mano y añadí una cola larga que parecía atrapar la luz del atardecer.

Mis dedos se acalambraron. La máquina de coser zumbó hasta el amanecer.

Cuando terminé, me quedé inmóvil frente al espejo.

Ya no era un vestido blanco arruinado.

Era una obra de arte.

Por primera vez en meses, sonreí sin tener que fingir.

Entonces escuché pasos en el pasillo.

La puerta se abrió de golpe.

Vanessa entró, seguida de Brianna.

Mi hermanastra se quedó mirando el vestido.

Su rostro cambió.

—Mamá —susurró—. Lo quiero.

Vanessa observó los detalles, los colores y la caída de la falda. Después me miró con una frialdad que me hizo retroceder.

—Dáselo a Brianna.

Parpadeé.

—¿Qué?

—El vestido. Se lo pondrá en la competencia.

—No.

Vanessa se acercó.

—No te estoy preguntando.

—Yo lo hice. Es mío.

Brianna se interpuso entre nosotras.

—¡Siempre tienes que arruinarlo todo! ¡Yo soy la que tiene una oportunidad real en la moda!

—Entonces crea tu propio vestido.

Su mano me golpeó antes de que pudiera apartarme.

La bofetada me lanzó contra la mesa de coser. Las tijeras cayeron al suelo y una caja de botones se volcó bajo mis pies.

Me llevé la mano a la mejilla.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? —escupió Vanessa.

Brianna descolgó el vestido.

—Gracias, mamá. Sabía que harías lo correcto.

Intenté levantarme.

—¡No pueden quitármelo!

Vanessa me señaló con un dedo.

—Si vuelves a causar problemas, te arrepentirás.

Salieron de la habitación con el vestido entre las manos.

Me quedé junto a la mesa, respirando con dificultad.

Pero no lloré.

Porque mientras Brianna creía que acababa de robarme mi única oportunidad de brillar, yo recordé algo que había visto la noche anterior, cuando buscaba unas agujas en la caja de herramientas de mi padre.

Una tarjeta.

Un nombre.

Y un correo electrónico que había cambiado por completo el significado de aquella competencia.

Mi sonrisa regresó.

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Brianna no sabía que el concurso del sábado tenía una regla que podía descalificarla inmediatamente.

Y Vanessa tampoco sabía que el hombre que había financiado el evento llevaba tres meses buscando a la diseñadora del vestido que yo acababa de terminar.

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