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Chapter 8: Mi hermanastra encontró el documento que Vanessa quería destruir

Brianna me esperaba en el estacionamiento de una cafetería, con gafas oscuras y una sudadera que le cubría casi todo el rostro.

Cuando bajé del automóvil de Celeste, miró a ambos lados antes de acercarse.

—Pensé que no vendrías —dijo.

—Yo pensé que no volverías a llamarme después de robarme el vestido.

Brianna bajó la mirada.

—Sé que no merezco que confíes en mí.

—Por fin estamos de acuerdo en algo.

Sacó un sobre de su mochila.

Era el mismo de la fotografía.

Lo reconocí por la letra de Vanessa.

—¿Dónde lo encontraste?

—En el despacho de mamá. Estaba escondido detrás de una carpeta de contratos. Ayer, cuando discutió con papá, escuché que decía que tenía que deshacerse de él antes del sábado.

Celeste extendió la mano.

—Antes de abrirlo, quiero que sepas que no debes llevarte documentos privados de una casa sin autorización. Si encontraste esto en circunstancias dudosas, necesitaremos preservar su procedencia y consultar con un abogado sobre cómo entregarlo legalmente.

Brianna asintió.

—Lo sé. No quiero que nadie diga que falsifiqué algo.

Celeste fotografió el sobre tal como estaba y anotó cómo había llegado hasta nosotras. Después lo abrió con cuidado.

Dentro había una copia de un informe médico, varios recibos y una carta firmada por una mujer llamada Patricia Owens.

La carta estaba fechada tres días después de la muerte de mi madre.

Señor Carter: tal como acordamos, confirmo que Elena fue trasladada al hospital después de sufrir una caída en su taller. Sin embargo, cuando llegó la ambulancia, presentaba una lesión en la cabeza que requería una evaluación adicional. La documentación inicial no permite establecer con certeza cómo ocurrió.

Debajo aparecía otra frase.

Le recomiendo que conserve cualquier registro de lo sucedido aquella noche.

Mi respiración se volvió irregular.

—¿Quién es Patricia Owens? —pregunté.

Celeste revisó el nombre.

—Podría ser una profesional médica o alguien vinculado al caso. Tendremos que verificar su identidad y el documento original.

Brianna sacó otra hoja.

—Hay algo más.

Era una copia de una póliza de seguro de vida de mi madre. El beneficiario original era mi padre. Una modificación posterior había añadido una cuenta fiduciaria destinada a mi educación.

El documento llevaba la firma de Marcus y la de Vanessa como testigo.

Pero lo más extraño era una anotación en el margen.

No procesar hasta confirmar la transferencia de los derechos de la colección.

Celeste se quedó mirando la hoja.

—Esto es muy importante. Necesitamos comprobar si la póliza se modificó legalmente y si el dinero se pagó. No podemos asumir que hubo fraude solo por esta anotación.

—¿Puedes averiguarlo? —pregunté.

—Sí, pero necesitaré que un abogado solicite los registros pertinentes.

Brianna se sentó frente a nosotras.

—Mamá me dijo que todo el dinero que recibió por la colección se utilizó para pagar deudas. Siempre aseguró que Elena había aceptado la venta.

—Mi madre la rechazó —respondí—. Tenemos una grabación donde lo dice.

Brianna se puso pálida.

—Entonces mamá me mintió durante toda mi vida.

No respondí.

Era difícil sentir compasión por ella cuando todavía podía recordar su sonrisa al llevarse mi vestido.

—¿Por qué me estás ayudando ahora? —pregunté.

Brianna se quitó las gafas.

Tenía los ojos hinchados.

—Porque anoche vi a mamá cortando algo.

—¿Qué cosa?

—Los documentos del vestido. Tenía una fotografía de tu diseño original y una copia de tu cuaderno. Los estaba rompiendo y metiendo en una bolsa.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo consiguió mi cuaderno?

Brianna cerró los ojos.

—Yo se lo di.

La miré sin poder creerlo.

—¿Qué?

—Cuando encontré el vestido, fotografié algunas páginas de tu cuaderno. Quería demostrarle a mamá que el diseño era bonito. Ella me dijo que necesitaba ver cómo lo habías creado para que una modista pudiera ajustarlo.

Su voz se quebró.

—Yo sabía que estaba mal. Pero pensé que solo íbamos a utilizarlo para la competencia. No creí que todo esto tuviera que ver con Elena.

—¿Y cuando me abofeteó y se llevó el vestido? ¿También pensaste que era un accidente?

Brianna comenzó a llorar.

—No. En ese momento sabía exactamente lo que estaba haciendo. Y no la detuve.

Me levanté.

—No puedes deshacer eso con una disculpa.

—Lo sé.

—No puedes devolverme los meses en que trabajé hasta que me dolían las manos. No puedes devolverme la oportunidad de entrar a mi graduación con algo que yo había creado sin que todos pensaran que soy una ladrona.

—Lo sé, Nia.

—Entonces, ¿qué quieres de mí?

Brianna se secó las lágrimas.

—Quiero declarar lo que vi. Quiero contarle a Celeste que el vestido es tuyo. Y quiero decir la verdad en la competencia.

Celeste la observó cuidadosamente.

—Si haces eso, debes comprender que podría tener consecuencias. La organización podría descalificarte y la investigación podría extenderse a las personas que te ayudaron a presentar el diseño.

—Lo entiendo.

—Y no debes hacerlo únicamente porque tienes miedo de tu madre. Debes hacerlo porque es lo correcto.

Brianna asintió.

—Lo haré.

Por primera vez, no parecía la muchacha que había pasado años intentando demostrar que podía conseguirlo todo.

Parecía una chica que acababa de descubrir el precio de lo que había conseguido.

Regresamos al taller de Rosa y revisamos los documentos con ayuda de Celeste. Ella se comunicó con su equipo legal para verificar la identidad de Patricia Owens y determinar cómo entregar las pruebas a las autoridades.

Mientras tanto, Brianna escribió una declaración sobre la creación del vestido, el momento en que lo había encontrado en mi habitación y la forma en que Vanessa había decidido presentarlo como una obra suya.

No le pedí que me mostrara lo que escribía.

Si realmente quería asumir la responsabilidad, tendría que hacerlo sin que yo la guiara.

Al anochecer, mi padre llegó con un abogado independiente.

Confirmó que estaba dispuesto a colaborar con las autoridades y entregar los archivos que conservaba. También aceptó no firmar ninguna transferencia relacionada con la colección mientras se revisaban los derechos.

Por primera vez, parecía comprender que pedir perdón no significaba que yo estuviera obligada a perdonarlo.

—No espero que vuelvas a confiar en mí de inmediato —dijo antes de marcharse—. Pero quiero hacer lo que debí hacer desde el principio.

—Entonces empieza diciendo la verdad, aunque te perjudique.

Asintió y se fue.

Esa noche, Brianna se quedó en casa de una amiga. Vanessa no sabía dónde estaba.

Yo regresé al taller de Rosa para preparar la presentación de mi diseño. No tenía el vestido, pero tenía los bocetos, las fotografías del proceso y una declaración firmada por Rosa que confirmaba que había trabajado en la pieza durante meses.

Celeste me ayudó a organizar las pruebas en orden cronológico.

—Mañana no necesitas convencer al público de que eres una víctima —me dijo—. Necesitas mostrarles quién creó el vestido y permitir que los documentos hablen.

Asentí.

Sin embargo, a las once de la noche, recibimos un correo de la organización de la competencia.

La final había sido adelantada dos horas por motivos de programación.

Y se había añadido una nueva condición: cada finalista debía entregar su diseño al comité antes de subir al escenario.

Celeste frunció el ceño.

—Esto es extraño. No estaba en el reglamento original.

—¿Qué significa?

—Que podrían intentar impedirte presentar tus pruebas antes de que Brianna muestre el vestido.

Rosa revisó el correo.

—¿Quién autorizó el cambio?

Celeste hizo una llamada.

Cuando regresó, su expresión era grave.

—Daniel Whitmore.

Mi teléfono vibró de nuevo.

Un mensaje de Brianna apareció en la pantalla.

Acabo de llegar a casa de mi amiga. Mamá me llamó. Sabe que tengo los documentos.

Debajo había otro mensaje.

Dice que, si hablo mañana, va a contarle a todo el mundo que yo robé el vestido y que tú me ayudaste.

Sentí que la rabia volvía a crecer dentro de mí.

Brianna no había inventado aquella amenaza.

Vanessa estaba dispuesta a sacrificar a su propia hija con tal de conservar el control.

Entonces llegó un tercer mensaje.

Esta vez incluía una fotografía tomada desde el interior de nuestra antigua casa.

Vanessa estaba frente al perchero donde había colgado mi vestido.

Sostenía unas tijeras.

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Y debajo de la imagen había escrito:

Si no puedo presentar el vestido, nadie lo hará.

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