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Chapter 9: La verdad detrás de la colección perdida

Mi padre nos llevó a una pequeña sala privada del edificio.

Brianna entró detrás de mí, todavía aferrada a su bolso. Vanessa se quedó en el pasillo discutiendo con su abogado por teléfono.

Marcus cerró la puerta y dejó el sobre sobre la mesa.

—No quería que se enteraran así —dijo.

—¿Enterarnos de qué? —pregunté.

Mi padre sacó varias páginas y las ordenó con manos temblorosas.

—Después de la muerte de Isabel, encontré estos documentos entre sus pertenencias. Durante años pensé que solo estaban relacionados con la disputa sobre sus diseños. Hace unos días, cuando descubrí la memoria USB, decidí pedir una copia completa del expediente original.

Brianna se sentó lentamente.

—Papá, ¿qué tiene que ver todo esto con mamá?

Marcus miró a su hija biológica.

—Vanessa no fue la única persona que participó en aquella disputa. Hubo alguien más que ayudó a registrar los diseños antes de que Bellmont Atelier pudiera reclamarlos.

—¿Quién? —pregunté.

Mi padre deslizó una fotografía sobre la mesa.

Era Sofía Delgado, mucho más joven, sentada junto a Isabel frente a una mesa cubierta de bocetos.

En el reverso había una anotación manuscrita:

Colección original: Isabel Carter y Sofía Delgado. Registro conjunto, pendiente de actualización.

Miré a mi padre.

—¿Sofía era su socia?

—Sí. Pero no una simple colaboradora. Habían creado juntas la colección Mareas de Luz. Isabel diseñaba las siluetas y los bordados; Sofía desarrollaba los patrones y las técnicas de construcción.

—Entonces, ¿por qué nos dijeron que Vanessa había robado los diseños?

Marcus respiró hondo.

—Porque Vanessa intentó registrar una parte de la colección a nombre de Bellmont Atelier. Sin embargo, Isabel y Sofía habían presentado un registro conjunto anterior. La empresa nunca tuvo derecho a atribuirse toda la colección.

Brianna se levantó de golpe.

—¿Eso significa que todos los vestidos que mamá me enseñó como parte de su trabajo eran de ellas?

Mi padre no contestó inmediatamente.

—Algunos podrían estar relacionados con aquella colección. No podemos afirmar que todos lo estén sin revisar cada diseño.

Brianna se cubrió la boca.

Por primera vez, pareció comprender la dimensión de lo ocurrido.

Yo seguí leyendo.

El documento incluía una declaración de Isabel en la que explicaba que había descubierto varias reproducciones no autorizadas de sus diseños. También señalaba que Vanessa había tenido acceso a bocetos y patrones mientras colaboraba con Bellmont Atelier.

Pero había una segunda declaración, firmada por Sofía, que me llamó la atención.

En ella, Sofía reconocía que Isabel le había transferido ciertos derechos para proteger la colección en caso de que alguna de las dos quedara incapacitada para administrarla.

Al final aparecía una cláusula que no entendía.

—¿Qué significa esto? —pregunté, señalando el párrafo.

Mi padre se inclinó.

—Significa que tu madre estableció una protección adicional para ti. Si se demostraba que alguien había utilizado sus diseños sin autorización, el comité debía revisar el registro original y cualquier reclamación presentada en tu nombre.

—¿Por qué yo?

Marcus me miró con una tristeza profunda.

—Porque Isabel quería que su trabajo permaneciera protegido para la siguiente generación. Pero también porque sabía que Vanessa podía intentar controlar la colección cuando ella ya no estuviera.

Brianna se quedó mirando la mesa.

—¿Mamá sabía que Vanessa haría eso?

—No lo sé —respondió Marcus—. Pero dejó instrucciones muy claras.

En ese momento, la puerta se abrió.

Sofía entró acompañada por su abogado.

—Perdón por interrumpir —dijo—. Acabo de recibir la confirmación de que el registro original sigue archivado. También hay una copia certificada de la primera presentación de Mareas de Luz.

La abogada colocó un documento sobre la mesa.

—Este registro es importante porque permite comparar las fechas de creación y los nombres de las autoras. No resuelve por sí solo todas las cuestiones legales, pero contradice la afirmación de que Bellmont Atelier fue el propietario original de toda la colección.

Sentí que el peso de los últimos días comenzaba a aflojarse.

—Entonces, ¿podemos demostrar que mi vestido es mío?

—Podemos presentar pruebas sólidas de tu trabajo y solicitar que se retire la acusación contra ti —respondió la abogada—. La cuestión de los diseños históricos requerirá una revisión separada.

Sofía asintió.

—Y hay otra cosa. Encontré un correo que Isabel me envió poco antes de morir.

Sacó su teléfono y abrió un archivo.

La voz de mi madre no estaba en aquella ocasión. Era un mensaje escrito.

Si Nia algún día crea algo inspirado en nuestros diseños, no permitas que nadie la acuse de copiar lo que lleva en la sangre. Pero tampoco le digas que heredar una historia significa ser dueña de todas las ideas. Enséñale a demostrar su trabajo, a respetar a los demás y a defender su nombre.

Leí las palabras una y otra vez.

Mi madre no me había dejado una promesa de éxito.

Me había dejado una responsabilidad.

Brianna comenzó a llorar.

—Yo no sabía todo esto —susurró—. Mamá me dijo que la colección era suya y que tú habías tomado ideas de sus archivos.

La miré.

—¿Nunca te preguntaste por qué necesitabas mentir sobre el vestido?

Brianna no levantó la cabeza.

—Tenía miedo de no ser suficiente.

—Yo también tengo miedo. La diferencia es que no utilizo a otra persona para sentirme importante.

Sus palabras me golpearon, pero no me hicieron olvidar.

Mi hermana había elegido llevarse mi trabajo, había permitido que falsificaran una cesión y había seguido adelante incluso después de descubrir que yo protestaba.

No podía borrar eso con lágrimas.

—¿Dónde está el vestido? —pregunté.

Brianna sacó una llave del bolso.

—En el camerino de la presentación final.

—Necesito recuperarlo.

Ella me la entregó sin discutir.

Era la primera vez que me devolvía algo sin obligarme a luchar por ello.

Sin embargo, todavía faltaba Vanessa.

Cuando regresamos al pasillo, la encontramos junto a su abogado. Al ver la carpeta en manos de Sofía, se quedó inmóvil.

—¿Qué están haciendo? —preguntó.

—Presentando el registro original al comité —respondió Sofía—. Y aportando pruebas sobre la declaración de cesión.

Vanessa miró a Brianna.

—¿Les entregaste los documentos?

Mi hermana retrocedió.

—No, mamá. Yo…

—¡Después de todo lo que hice por ti!

Brianna palideció.

Yo di un paso adelante.

—¿Qué hiciste por ella? ¿Le enseñaste a diseñar o le enseñaste a apropiarse del trabajo de otras personas?

Vanessa se volvió hacia mí.

—No entiendes lo que tuve que sacrificar.

—Entonces explícalo.

Su mandíbula se tensó.

Durante unos segundos, pareció que iba a confesarlo todo.

Pero su abogado le tocó el brazo y ella cerró la boca.

—Esto no ha terminado —dijo antes de marcharse.

La presentación final se celebraría esa misma tarde. El comité había decidido mantener ambas inscripciones mientras completaba la revisión, aunque la acusación de plagio contra mí quedaría sujeta a las pruebas documentales.

Me dirigí al camerino y encontré mi vestido dentro de su funda.

Lo sostuve con cuidado.

Todavía era hermoso. Las ondas turquesas y violetas capturaban la luz, mientras los bordados dorados recorrían la cola como pequeños ríos.

Brianna apareció en la puerta.

—Nia.

Me volví.

—¿Qué quieres?

—Voy a decir la verdad ante el jurado.

No respondí inmediatamente.

—¿Por qué ahora?

Ella bajó los ojos.

—Porque si gano utilizando tu trabajo, no habré demostrado nada. Y porque ya no quiero seguir siendo la persona que mamá decidió que debía ser.

La observé durante un largo instante.

—Decir la verdad no significa que todo quede arreglado.

—Lo sé.

—Tendrás que responder por lo que hiciste.

Brianna asintió.

—Lo haré.

Cuando salió, me quedé sola frente al espejo.

Por primera vez, no estaba pensando en cómo demostrar que era mejor que mi hermana.

Estaba pensando en cómo honrar a mi madre sin convertirme en alguien que necesitaba destruir a otra persona para triunfar.

Me puse el vestido que había creado aquella noche y acomodé la tela sobre mis hombros.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Era la presidenta del comité.

—Nia, necesitamos que vengas a la sala principal. Hay una nueva declaración de Bellmont Atelier.

Me entregó una hoja.

La empresa reconocía que existían discrepancias en los registros históricos y solicitaba que se suspendiera temporalmente la presentación de la colección de Brianna.

Pero al final aparecía una nota escrita por Vanessa.

La participante Nia Carter no podrá reclamar derechos sobre la colección de Isabel hasta que se determine quién es la heredera legal de todos los diseños.

Miré a la presidenta.

—¿Qué significa eso?

Su expresión se volvió seria.

—Significa que la revisión ha descubierto un documento adicional. Uno que podría cambiar la manera en que entendemos la relación entre tu madre, Vanessa y la colección.

Me entregó una copia.

En la parte inferior aparecían dos nombres.

Isabel Carter.

Y Vanessa Carter.

Junto a ellos había una cláusula que nunca había visto.

*La colección sería transferida a la heredera designada únicamente si se cumplía una condición específica antes de la presentación final.*

La condición estaba escrita en una sola línea.

La creadora original deberá presentar personalmente una pieza terminada y reconocer públicamente la procedencia de los diseños.

Levanté la mirada.

La presentación estaba a punto de comenzar.

Y Vanessa acababa de hacer algo que jamás había imaginado.

Había exigido que yo subiera al escenario.

Porque creía que, si lo hacía, perdería el derecho a reclamar la colección.

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Pero mi madre había dejado una última instrucción al pie del documento.

Una instrucción que Vanessa, al parecer, nunca había leído.

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