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Chapter 6: La colección que nunca debió pertenecerles

A la mañana siguiente, Sofía Delgado me esperaba en una cafetería cerca del centro de San Antonio.

La reconocí por la fotografía que mi padre había guardado durante años. Tenía el cabello oscuro salpicado de canas, gafas redondas y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.

Cuando me vio entrar, se levantó de inmediato.

—Tienes los ojos de Isabel —dijo.

No supe qué contestar.

Sofía pidió dos cafés y colocó una carpeta gruesa sobre la mesa.

—No voy a pedirte que confíes en mí solo porque conocí a tu madre —advirtió—. Quiero que revises todo y decidas por ti misma.

Abrió la carpeta.

Había fotografías de vestidos, bocetos, facturas de materiales y cartas intercambiadas entre Isabel y una empresa de moda llamada Bellmont Atelier.

Al principio, las piezas parecían independientes.

Después comencé a reconocer patrones.

Una línea dorada que recorría una manga. Una falda con pliegues asimétricos. Un corpiño decorado con ondas de colores.

Eran detalles que había visto en los cuadernos de mi madre.

Y algunos aparecían también en fotografías recientes de Brianna.

—¿Ella sabe que está utilizando estos diseños? —pregunté.

Sofía se quitó las gafas.

—No lo sé. Pero su madrastra sí conoce su procedencia.

Sacó una carta fechada varios años atrás.

La empresa había recibido una reclamación formal de Isabel por el uso de sus diseños sin autorización. En la respuesta, Bellmont Atelier sostenía que determinados modelos pertenecían a una colección adquirida legalmente.

Sin embargo, la supuesta cesión estaba firmada por una persona que no era mi madre.

Vanessa Carter.

—¿Mi madrastra firmó en nombre de mi mamá?

—Eso parece. Pero necesitamos que un abogado revise los documentos y determine su validez. Lo que sí puedo decirte es que Isabel nunca aceptó esa transferencia.

Sofía me mostró otra hoja.

Era una carta escrita por mi madre dos meses antes de morir.

Si algo me sucede, asegúrate de que Nia conozca su historia. No quiero que crezca creyendo que su talento es una coincidencia. Quiero que sepa que las ideas pueden heredarse, pero la autoría debe demostrarse.

Tuve que apartar la mirada.

Durante años había creído que mi amor por la costura era un pasatiempo insignificante, algo que Vanessa toleraba mientras no interfiriera con los planes de Brianna.

Ahora entendía que cada puntada me acercaba a una parte de mi madre que alguien había intentado borrar.

—¿Por qué me buscaste hasta ahora? —pregunté.

Sofía suspiró.

—Porque no sabía dónde vivías. Isabel me pidió que no revelara ciertos documentos hasta que tuvieras una oportunidad real de presentar tu propio trabajo. Hace poco vi la convocatoria del concurso y reconocí tu nombre en una lista de participantes.

—¿Y por qué no contactaste al comité directamente?

—Lo hice. Pero cuando pregunté por el registro de autoría, me dijeron que alguien había solicitado modificar tu inscripción.

Me mostró una captura de pantalla.

La solicitud se había presentado desde la cuenta de Brianna.

Debajo figuraba una nota dirigida al comité:

La candidata Nia Carter ha cedido voluntariamente su diseño a su hermana. Solicitamos que la presentación sea asignada a Brianna Carter.

Mi hermana no estaba improvisando.

Había preparado un plan.

Y Vanessa había utilizado la experiencia que obtuvo trabajando con Bellmont Atelier para hacerlo parecer legítimo.

—¿Podemos detenerlas? —pregunté.

—Podemos presentar pruebas, solicitar una revisión y exigir que el comité no acepte una cesión cuestionada. Pero necesitamos demostrar que el vestido que Brianna llevará es tu creación.

—Tengo fotografías del proceso.

—Perfecto. También necesitaremos los archivos originales, los bocetos fechados y cualquier mensaje donde ella admita que tomó el vestido.

Recordé nuestra conversación en la cocina.

Yo soy la que tiene una oportunidad real en la moda.

Recordé su sonrisa mientras se llevaba mi creación.

Y entonces recordé algo más.

La noche en que había encontrado las manchas azules, Brianna había publicado una fotografía en sus redes sociales con una frase: A veces hay que destruir algo para descubrir quién merece realmente tenerlo.

Yo había guardado una captura porque me había dolido verla burlarse de mi trabajo.

Saqué mi teléfono y se la mostré a Sofía.

Ella leyó la publicación dos veces.

—No prueba por sí sola que haya robado el vestido —dijo—, pero puede ayudar a establecer el contexto.

—Tengo más.

Le enseñé las fotografías del antes y el después, los videos de costura y las imágenes donde aparecían mis manos bordando los detalles dorados.

Sofía sonrió con tristeza.

—Tu madre estaría orgullosa de ti.

Por primera vez en varios días, sentí que podía respirar.

Pero la calma duró poco.

Cuando regresé a casa, encontré a Brianna en la sala, rodeada de cajas de accesorios y bolsas de ropa. El vestido estaba colgado junto a la ventana, protegido por una funda transparente.

Ella levantó la mirada.

—¿Dónde estabas?

—No es asunto tuyo.

—Mamá dice que estás intentando sabotear mi presentación.

—Estoy intentando recuperar lo que me pertenece.

Brianna soltó una risa.

—¿Tu vestido? Nia, nadie va a creer que una chica que cose arreglos en un cuarto pequeño diseñó una pieza que parece salida de una pasarela profesional.

—No necesito que tú me creas.

—Entonces vas a perder.

Me acerqué a la funda y observé el corpiño. Reconocí cada puntada, cada curva de hilo y cada pequeño detalle que había añadido durante aquella noche interminable.

—¿Sabes qué es lo peor? —le pregunté—. Si me hubieras pedido ayuda, quizá habría hecho un vestido para ti.

Su sonrisa se desvaneció durante un instante.

Después volvió a endurecerse.

—No necesito tu ayuda.

—Entonces deja de necesitar mi trabajo.

Vanessa apareció al pie de las escaleras.

—Brianna, sube a prepararte. Nia y yo tenemos que hablar.

Mi hermana recogió sus accesorios y se marchó con una sonrisa triunfal.

Vanessa esperó hasta que sus pasos desaparecieron.

—He oído que estás reuniéndote con gente que no conoce todos los detalles de esta familia.

—Conocí a Sofía Delgado.

Su rostro perdió el color.

Fue apenas un segundo, pero lo vi.

—No deberías haberlo hecho.

—¿Por qué? ¿Porque conoce a mi madre?

Vanessa se acercó a la ventana y cerró las cortinas.

—Tu madre cometió errores, Nia. Errores que nos costaron mucho a todos.

—¿Qué errores?

—Creyó que podía enfrentarse a una empresa más grande que ella y salir ilesa.

—¿Y tú la ayudaste a perder?

Vanessa me miró con una frialdad que nunca olvidaré.

—Yo hice lo necesario para proteger esta familia.

—¿Incluso falsificar mi firma?

No contestó.

Saqué mi teléfono y le mostré la fotografía de la declaración.

Por primera vez, mi madrastra pareció comprender que ya no podía intimidarme con una simple amenaza.

—No sabes lo que estás arriesgando —susurró.

—Estoy arriesgando perder a una familia que ya me dejó sola.

Vanessa apretó la mandíbula.

—Si continúas, tu padre perderá su trabajo. Brianna perderá su oportunidad. Y tú te quedarás sin nadie.

—Tal vez. Pero al menos nadie podrá decir que regalé mi nombre.

Me marché antes de que respondiera.

Esa noche, Sofía me envió un mensaje confirmando que el comité había aceptado revisar mi reclamación. También me informó que una representante de Bellmont Atelier asistiría al concurso para evaluar a los participantes.

Era una oportunidad para demostrar la verdad.

Pero había una condición: tendría que presentarme con una creación original y explicar públicamente mi proceso de diseño.

Miré el vestido que había reconstruido después de las manchas azules.

Era hermoso, pero Brianna todavía lo tenía.

No podía presentarme con las manos vacías.

Abrí el armario y encontré una caja de retazos que había guardado durante meses. Entre ellos había tela blanca, pequeñas piezas de satén turquesa y tiras de organza violeta.

Mi madre había escrito en uno de sus cuadernos: Una diseñadora no es dueña de las circunstancias. Es dueña de lo que decide crear con ellas.

Encendí mi máquina de coser.

Si Brianna quería quedarse con el vestido, tendría que hacerlo sin llevarse también mi talento.

Trabajé hasta el amanecer, construyendo una nueva pieza desde cero. No sería una copia de la primera. Sería una declaración de quién era yo.

A las seis de la mañana, el timbre de la puerta sonó.

Mi padre apareció en el taller con una expresión grave y un sobre en la mano.

—Nia, necesito que veas esto antes de ir al concurso.

Dentro había una notificación oficial de Bellmont Atelier.

La empresa solicitaba suspender mi participación alegando que mi vestido utilizaba diseños protegidos de su colección.

Pero la última página contenía una acusación todavía más grave.

*Afirmaban que yo había robado los diseños originales de mi propia madre.*

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Y la persona que había presentado la denuncia en mi contra era la misma mujer que había intentado robarme el vestido.

Vanessa Carter.

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