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Chapter 2: La firma que nunca hice

A las siete de la mañana, mi teléfono vibró sobre la mesa de costura.

No había dormido.

Había pasado horas buscando fotografías del vestido antes y después de la transformación, capturas de mis bocetos y videos en los que aparecía cosiendo las primeras piezas. Cada archivo era una pequeña prueba de que el vestido no había surgido de la imaginación de Brianna.

Era mío.

Pero había un problema.

La página del concurso indicaba que mi inscripción estaba pendiente de una verificación de autoría.

Abrí el correo que había encontrado en la tarjeta.

Escribí un mensaje explicando lo ocurrido, adjunté fotografías y envié una imagen de la confirmación original.

Después me quedé mirando la pantalla.

No sabía si alguien respondería.

A las ocho, escuché pasos en la cocina.

Cuando bajé, encontré a Vanessa preparando café mientras Brianna desayunaba frente a su teléfono. Sobre la mesa había una revista de moda abierta y varias fotografías del vestido impresas en papel brillante.

Mi vestido.

Brianna había fotografiado cada detalle como si fuera una pieza que acababa de comprar.

—Buenos días, Nia —dijo Vanessa sin mirarme—. Espero que hayas reflexionado sobre tu comportamiento de anoche.

Me serví agua.

—Espero que ustedes hayan reflexionado sobre robarme.

Brianna soltó una carcajada.

—¿Robarte? Mamá dice que el vestido es un regalo familiar.

—Yo lo diseñé. Yo compré la tela. Yo lo cosí.

—Y yo voy a llevarlo a la competencia.

Dejé el vaso sobre la mesa.

—¿Con qué nombre?

Brianna levantó la barbilla.

—Con el mío, obviamente.

Vanessa cerró la revista.

—Nia, tienes que entender algo. Brianna tiene contactos, presencia y posibilidades reales de construir una carrera. Tú todavía estás aprendiendo.

—¿Y eso significa que puede quedarse con mi trabajo?

—Significa que debes aprender a compartir.

La miré fijamente.

—¿También tengo que compartir mi graduación? ¿Mi diploma? ¿Mi nombre?

Por un instante, Vanessa no tuvo respuesta.

Entonces Brianna se levantó y recogió su bolso.

—Nos vemos el sábado. Intenta no hacer una escena cuando me entreguen el premio.

Salió de la cocina riéndose.

Vanessa esperó a que se alejara antes de acercarse a mí.

—Tu padre ya tiene suficientes problemas en el trabajo. No lo obligues a elegir entre tú y esta familia.

Sentí un nudo en la garganta.

—Soy su hija.

—Y yo soy su esposa.

No necesitó decir nada más.

Subí a mi habitación y cerré la puerta.

A las diez y diecisiete, recibí una respuesta.

El remitente pertenecía al comité organizador del concurso.

Nia Carter: hemos recibido su mensaje. Antes de emitir una resolución, necesitamos verificar ciertos documentos relacionados con su registro original. Preséntese mañana a las nueve de la mañana con las pruebas que considere pertinentes.

Leí el correo tres veces.

Por primera vez desde que Brianna había destruido el vestido, alguien estaba dispuesto a escucharme.

Imprimí la respuesta y guardé mis archivos en una memoria USB.

Pero, cuando regresé al taller, descubrí que mi computadora estaba encendida.

Yo la había apagado antes de bajar a desayunar.

En la pantalla aparecía mi cuenta del concurso.

Alguien había iniciado sesión otra vez.

Me acerqué al escritorio y observé el historial de actividad.

La última modificación se había realizado hacía apenas cuatro minutos.

Mi nombre seguía apareciendo en el registro original, pero el apartado correspondiente a la presentación había cambiado.

Ahora decía:

*DISEÑADORA PRESENTADORA: BRIANNA CARTER.*

Debajo aparecía un documento adjunto.

Una declaración de cesión de derechos.

La abrí con las manos temblorosas.

El documento afirmaba que yo había entregado voluntariamente mi diseño a Brianna y que renunciaba a cualquier reclamación sobre la prenda.

Al final había una firma.

Nia Carter.

Mi nombre.

Mi apellido.

Mi supuesta autorización.

Pero yo jamás había firmado aquello.

Llamé a mi padre.

Contestó al cuarto tono.

—¿Qué pasa, Nia?

—Papá, ¿por qué usaste tu acceso para cambiar mi inscripción?

Hubo un silencio.

—¿De qué estás hablando?

—Hay una declaración que dice que cedí mi vestido a Brianna. Alguien la subió desde nuestra cuenta familiar.

Escuché una puerta cerrarse al otro lado de la llamada.

—Nia, escucha. Vanessa me dijo que ustedes habían llegado a un acuerdo.

—¡Nunca llegué a ningún acuerdo!

—Tal vez hubo un malentendido.

—¿También fue un malentendido cuando me abofeteó?

Mi padre no respondió inmediatamente.

Cuando finalmente habló, su voz sonó más baja.

—No quiero que esto destruya a nuestra familia.

Apreté el teléfono.

—¿Y qué hay de mí? ¿Yo no formo parte de tu familia?

La llamada terminó sin que respondiera.

Me quedé mirando el documento falsificado.

Entonces noté algo que antes no había visto: al pie de la declaración aparecía el nombre de un testigo.

No era Vanessa.

Tampoco era Brianna.

Era una persona que conocía perfectamente mi trabajo, mis horarios y cada uno de mis diseños.

*Elena Ruiz, coordinadora del taller juvenil donde yo había aprendido a coser.*

La misma mujer que me había recomendado para el concurso.

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La misma que había dicho que jamás permitiría que alguien se apropiara de mis creaciones.

Y, según aquel documento, la misma persona que confirmaba que yo había cedido voluntariamente mi vestido.

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