Chapter 3: La mujer que sabía demasiado
Elena Ruiz había sido la primera persona que creyó en mí.
La conocí dos años antes, cuando entré al taller comunitario de San Antonio con una mochila rota y un vestido que había intentado arreglar sin saber cómo utilizar una máquina de coser.
Mientras los demás jóvenes diseñaban prendas para proyectos escolares, yo me quedaba después de las clases practicando puntadas.
Elena fue quien me enseñó a reconocer una tela de buena calidad con solo tocarla. También fue quien me prestó su primera caja de agujas cuando mi padre dijo que no podía gastar dinero en mis pasatiempos.
—Tienes manos de artista, Nia —me había dicho una tarde—. Pero también necesitas aprender a defender lo que haces.
Recordar esas palabras mientras observaba su nombre en la declaración falsificada me hizo sentir peor que la bofetada de Vanessa.
A las nueve de la mañana siguiente, llegué a la oficina del concurso con una carpeta llena de fotografías, recibos y capturas de pantalla.
El edificio ocupaba una antigua fábrica remodelada, con ventanales altos y paredes cubiertas de diseños de jóvenes creadores.
En la recepción me esperaba una mujer de cabello corto y gafas negras.
—¿Nia Carter? Soy Patricia Morales, responsable de verificar las inscripciones.
Le entregué la tarjeta.
Patricia examinó el documento y después me condujo a una sala pequeña.
—Hemos recibido dos versiones de tu registro —explicó—. Una contiene tus diseños originales. La otra incluye una cesión de derechos firmada supuestamente por ti.
—Yo nunca firmé eso.
—Lo imaginábamos. Por eso te pedimos que vinieras.
Colocó una fotografía del vestido sobre la mesa.
—Necesito que me expliques cómo se creó esta prenda.
Le mostré mis bocetos originales. Después, las fotografías de las manchas azules y cada una de las etapas de transformación.
Patricia pasó las imágenes lentamente.
—La composición de colores es consistente en todas las versiones —observó—. Además, hay detalles de costura que coinciden con tus primeros bocetos.
—Porque yo los hice.
Ella asintió.
—Eso ayuda a establecer la autoría, pero necesitamos investigar la declaración presentada en tu nombre.
Deslicé hacia ella una copia impresa.
—Elena Ruiz aparece como testigo.
Patricia dejó de pasar las páginas.
—¿Elena trabaja contigo?
—Fue mi instructora. Ella me recomendó para el concurso.
—¿Sabes si conocía a tu familia?
Negué con la cabeza.
Patricia tomó algunas notas y después me entregó una hoja con instrucciones.
—Mientras verificamos los documentos, no firmes ninguna cesión adicional. Tampoco entregues tus archivos originales a personas que no formen parte del comité.
Me levanté para marcharme, pero antes de llegar a la puerta escuché su voz.
—Nia, hay algo más. La declaración que recibimos no fue enviada desde la computadora de tu padre.
Me volví.
—¿Entonces desde dónde?
Patricia giró su monitor para mostrarme una dirección electrónica parcialmente oculta.
Reconocí inmediatamente el nombre de usuario.
Era el correo que Brianna utilizaba para sus proyectos escolares.
Sentí que el estómago se me encogía.
—¿Está segura?
—La dirección coincide con la cuenta que envió el documento. Todavía debemos verificar quién tuvo acceso, pero es un dato importante.
Salí del edificio con las piernas temblorosas.
Mi hermana no solo había tomado mi vestido. Había intentado borrar mi nombre de mi propia creación.
Y Elena había permitido que su firma apareciera en la mentira.
Necesitaba escuchar la explicación de ambas.
A mediodía llegué al taller comunitario.
Elena estaba sola, organizando rollos de tela en un estante.
Cuando me vio, sonrió como siempre.
—¡Nia! ¿Cómo va el vestido? ¿Estás lista para el sábado?
No le devolví la sonrisa.
Coloqué la declaración sobre la mesa.
—¿Por qué firmaste esto?
Elena bajó la mirada.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después dejó lentamente el rollo de tela que sostenía.
—¿Dónde conseguiste ese documento?
—El comité me lo mostró. Dice que fui yo quien cedió el vestido a Brianna.
Elena se quitó las gafas.
—Nia, yo no firmé esa declaración.
—Pero tu nombre está aquí.
—Alguien debió utilizar una copia de mi firma de otro documento.
—¿Quién?
Elena se pasó una mano por la frente.
—Hace unos días, Vanessa vino a verme. Dijo que quería organizar una sorpresa para Brianna y me pidió información sobre el concurso. Pensé que tú estabas de acuerdo.
—¿Qué información le diste?
—Nada que considerara privado. Le expliqué las reglas generales y le mostré el formulario de recomendación que había enviado para ti.
Me quedé helada.
—¿El formulario incluía mi firma?
Elena abrió un cajón y sacó una carpeta.
La revisó apresuradamente hasta encontrar una copia de mi solicitud original.
Al verla, se puso pálida.
—Nia, esto no tiene sentido.
Señaló la esquina inferior de la página.
Allí estaba mi firma auténtica, junto a la fecha de inscripción.
Pero debajo aparecía una anotación manuscrita que yo nunca había visto.
Elena acercó el papel a la ventana.
—Esto no estaba aquí cuando envié tu solicitud.
Me incliné para leer las palabras.
Si Nia se presenta, el acuerdo anterior quedará anulado.
Levanté la cabeza.
—¿Qué acuerdo anterior?
Elena cerró la carpeta de golpe.
Por primera vez desde que la conocía, parecía tener miedo de hablar.
—Hay algo sobre tu familia que debí contarte hace mucho tiempo —susurró—. Algo relacionado con el concurso, con tu madre biológica y con el motivo por el que Vanessa nunca quiso que entraras en el mundo de la moda.
Antes de que pudiera preguntarle qué significaba aquello, su teléfono comenzó a sonar.
Elena miró la pantalla.
El color desapareció de su rostro.
Era Vanessa.
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Y el mensaje que acababa de recibir solo contenía una frase:
*«Si le cuentas la verdad sobre el vestido, las dos perderemos todo».*
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