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Chapter 4: El secreto que Vanessa enterró durante diecisiete años

Elena dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, pero el mensaje de Vanessa seguía iluminando mi mente.

Si le cuentas la verdad sobre el vestido, las dos perderemos todo.

Miré a mi antigua instructora. La mujer que me había enseñado a coser, que había celebrado mi primera prenda terminada y que había defendido mis diseños frente a otros estudiantes ahora parecía una desconocida.

—Elena, mírame a los ojos —le pedí—. ¿Qué tiene que ver mi mamá con todo esto?

Ella apretó los labios.

—Tu madre se llamaba Isabel Carter, ¿verdad?

—Sí. Murió cuando yo era pequeña. Eso es lo único que papá me ha contado.

Elena se sentó lentamente.

—Isabel no solo era tu madre. Era diseñadora.

Sentí que algo se movía bajo mis pies.

—¿Diseñadora de qué?

—De vestidos de gala. Trabajaba desde casa y vendía algunas piezas a boutiques de Texas. Tenía un talento extraordinario, Nia. Mucho antes de que tú tocaras una máquina de coser, ella ya creaba vestidos que parecían pintados sobre el cuerpo.

Me acerqué a la mesa.

—¿Y por qué nunca supe eso?

Elena no respondió de inmediato. Abrió un armario pequeño y sacó una caja de madera cubierta de polvo. En la tapa había una flor tallada y una inicial que reconocí de las fotografías antiguas de mi madre.

I.

Isabel.

—Tu madre me pidió que guardara esto —explicó Elena—. Poco antes de morir, me hizo prometer que te lo entregaría cuando estuvieras preparada para defender tu propio trabajo.

—¿Y decidiste que diecisiete años no eran suficientes?

La pregunta la hizo estremecerse.

—Tienes razón. Debí entregártelo antes.

Abrió la caja.

Dentro había cuadernos de bocetos, fotografías de vestidos y pequeñas muestras de telas. En el fondo descansaba una carpeta con documentos amarillentos.

Tomé uno de los bocetos.

El vestido tenía una falda blanca y ondas de colores que se extendían desde la cintura hasta la cola. Turquesa, violeta, coral y dorado.

Los mismos colores que yo había utilizado para transformar mi vestido de graduación.

Me faltó el aire.

—Yo nunca había visto esto.

Elena observó mi rostro.

—No conscientemente. Pero cuando eras niña, pasabas horas mirando los álbumes de tu madre. Es posible que algunas de sus ideas se quedaran contigo.

Pasé los dedos por el dibujo. En una esquina, Isabel había escrito:

Las manchas también pueden convertirse en belleza. Nunca destruyas una creación solo porque no salió como esperabas.

Me llevé una mano a la boca.

Era exactamente lo que había pensado cuando decidí salvar mi vestido después de que Brianna lo cubriera de pintura.

—¿Mi mamá diseñó algo parecido al vestido que hice?

—Sí. Pero hay algo más.

Elena sacó un sobre sellado.

En el frente aparecía mi nombre completo, escrito con una letra elegante que reconocí de las tarjetas de cumpleaños que mi padre guardaba en un cajón.

Nia Carter.

—Isabel me pidió que no abriera este sobre —dijo Elena—. Debía entregártelo personalmente cuando llegaras a cierta edad y comenzaras a desarrollar tus propios diseños.

Lo tomé con manos temblorosas.

Dentro había una carta.

Mi pequeña Nia:

Si algún día lees estas palabras, quiero que sepas que nunca necesitas permiso para ser quien eres. Si heredaste mi amor por las telas, no dejes que nadie te convenza de que tu talento es menos importante que el de otra persona.

He dejado algo para ti. No es dinero ni una casa. Es una oportunidad para que nadie pueda borrar tu nombre de aquello que creas.

La carta terminaba con una referencia a un fideicomiso creativo establecido a mi nombre y a un proyecto que mi madre había registrado años atrás.

No entendía todos los términos legales, pero una frase me llamó la atención.

La colección permanecerá protegida hasta que Nia Carter presente una creación original ante un comité independiente.

Levanté la mirada.

—¿Qué significa esto?

Elena respiró hondo.

—Tu madre registró una colección y dejó instrucciones legales para proteger sus diseños y ciertos derechos vinculados a su trabajo. No puedo decirte exactamente qué sigue vigente sin revisar los documentos completos. Pero sé que Vanessa intentó impedir que el comité investigara la conexión entre tu vestido y aquella colección.

—¿Por qué?

Elena bajó la voz.

—Porque tu madre murió antes de terminar una disputa sobre varios diseños. Vanessa estaba involucrada en aquel asunto.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, escuchamos un automóvil detenerse afuera.

Elena miró por la ventana.

Una camioneta negra acababa de estacionarse frente al taller.

Mi madrastra descendió del vehículo con su traje color crema y una carpeta bajo el brazo.

Entró sin tocar.

—Vaya —dijo, observando la caja abierta—. Así que finalmente encontraste los recuerdos de Isabel.

Me coloqué delante de los documentos.

—¿Tú sabías que mi mamá era diseñadora?

Vanessa soltó una risa sin humor.

—Por supuesto. Conocí a Isabel mucho antes de casarme con tu padre.

—¿Y sabías que había dejado algo para mí?

Su sonrisa desapareció.

—No tienes idea de lo que estás haciendo, Nia. Tu madre dejó asuntos sin resolver. No deberías meterte en ellos.

—¿Como el registro de mi vestido?

Vanessa miró a Elena.

—Te advertí que guardaras silencio.

—Y yo te advertí que no volvieras a amenazarme —respondió Elena, aunque su voz tembló.

Vanessa abrió su carpeta y sacó un documento.

—Aquí tienes una solución. Firma una declaración confirmando que entregaste voluntariamente tu vestido a Brianna. Retiramos la denuncia ante el comité, tú recibes una compensación y todos seguimos con nuestras vidas.

Miré el papel.

Había una cantidad de dinero escrita en letras grandes.

Era más dinero del que yo había gastado en materiales durante años.

—¿Cuánto vale mi silencio? —pregunté.

—Lo suficiente para que puedas empezar de nuevo.

Arrugué el documento.

—Mi nombre no está en venta.

Por primera vez, Vanessa dejó de fingir que era una mujer razonable.

Se acercó tanto que pude oler su perfume.

—Entonces tendrás que descubrir por qué tu padre lleva diecisiete años ocultándote la verdad sobre la muerte de tu madre.

Se marchó antes de que pudiera detenerla.

Me quedé inmóvil.

Elena cerró lentamente la caja.

—Nia, necesito que escuches lo que voy a decirte. Hay cosas que todavía no sé. Pero una persona sí las conoce todas.

—¿Quién?

Elena me miró con tristeza.

—Tu padre.

En ese instante, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Marcus.

Hija, no firmes nada. Vanessa no sabe que yo todavía conservo el documento original.

Debajo había una fotografía adjunta.

Era un contrato antiguo.

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Y en la parte inferior aparecía una firma que reconocería en cualquier lugar.

La de mi madre.

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