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Chapter 7: Mi madrastra me acusó de robarle a mi propia madre

La denuncia de Bellmont Atelier estaba sobre la mesa cuando mi padre terminó de leerla por tercera vez.

Yo seguía de pie frente a él, con el vestido nuevo colgado detrás de mí y los dedos manchados de tinta de tanto revisar mis bocetos.

Vanessa no se había conformado con robarme una creación.

Ahora quería convencer al mundo de que yo era una ladrona.

—Esto no puede ser legal —murmuré.

Marcus dejó los documentos sobre la mesa.

—La empresa afirma que tu diseño reproduce elementos de una colección registrada a su nombre. También exige que el comité suspenda tu participación hasta que se resuelva la disputa.

—¡Pero esos diseños eran de mi mamá!

—Lo sé.

Lo miré fijamente.

—Entonces tendrás que decirlo delante de todos.

Mi padre tragó saliva.

—Lo haré.

No le respondí. Había escuchado demasiadas promesas durante mi vida para confiar en una pronunciada justo cuando él podía perder algo.

Tomé fotografías de la denuncia y se las envié a Sofía.

Su respuesta llegó menos de diez minutos después.

No firmes nada. Voy a comunicarme con el abogado que llevó el caso de Isabel. Conserva todos los originales.

Me senté frente a la máquina de coser.

Mi nueva creación estaba casi terminada. Había utilizado retazos que llevaba meses guardando y había construido una silueta diferente, con una falda asimétrica y pequeñas ondas bordadas a mano.

No quería reproducir el vestido que Brianna me había quitado.

Quería demostrar que podía crear algo nuevo incluso después de que intentaran destruirme.

A las diez de la mañana, mi padre me pidió que lo acompañara a la sala.

Vanessa estaba allí, impecable como siempre. Brianna ocupaba el sofá con el teléfono en la mano, revisando comentarios en sus redes sociales.

Cuando entré, mi madrastra deslizó un documento sobre la mesa.

—La empresa está dispuesta a retirar la denuncia si firmas una declaración aceptando que tu vestido fue desarrollado a partir de materiales y bocetos pertenecientes a Bellmont Atelier.

Miré la hoja.

—Eso es mentira.

—Es una solución.

—¿Una solución para quién?

Brianna dejó el teléfono.

—Nia, no tienes que convertir todo en una tragedia. Firma y podremos concentrarnos en el concurso.

La miré con incredulidad.

—¿Tú también sabes que están acusándome de robarle a mamá?

Brianna se encogió de hombros.

—No sé qué pasó hace años. Solo sé que mi presentación es el sábado y no voy a perder mi oportunidad por tus problemas.

—Tu oportunidad está construida sobre mi trabajo.

—¡Porque tú nunca haces nada para avanzar! —estalló ella—. Siempre estás encerrada en ese cuarto, cosiendo para ti misma, esperando que alguien venga a descubrirte. Yo sí estoy dispuesta a hacer lo necesario para triunfar.

El silencio que siguió fue brutal.

Vanessa se levantó.

—Brianna tiene razón en algo. El mundo no premia a las personas que se quedan esperando.

—Entonces debería haber aprendido a diseñar —respondí—, no a robar.

Mi madrastra golpeó la mesa con la palma.

—¡Basta!

Mi padre se puso de pie.

—Vanessa, deja que termine.

Ella lo miró como si acabara de traicionarla.

—¿Ahora vas a defenderla?

Marcus respiró profundamente.

—Voy a defender la verdad.

Por primera vez, vi miedo en el rostro de Vanessa.

Pero solo duró un instante.

—Muy bien —dijo—. Si quieres convertir esto en una guerra, tendrás que aceptar las consecuencias.

Recogió su bolso y salió de la habitación. Brianna la siguió, murmurando que todos estaban arruinándole la vida.

Mi padre se sentó a mi lado.

—Sé que no tengo derecho a pedirte que confíes en mí.

—No lo tienes.

Asintió.

—Entonces no te lo pediré. Solo quiero que sepas que encontré algo más en la caja de Isabel.

Sacó una memoria USB.

—Estaba escondida detrás del forro interior. No la había visto antes.

La conectamos a mi computadora.

Había carpetas con fotografías, bocetos digitalizados y varios archivos de audio. Algunos estaban fechados meses antes de la muerte de mi madre.

Uno llevaba el título: Reunión con Vanessa y Bellmont.

Presioné reproducir.

La voz de Isabel llenó el pequeño taller.

—No voy a aceptar que presenten mis diseños como si fueran de otra persona, Vanessa. Tengo los bocetos originales y las fechas de creación.

Después escuchamos una segunda voz.

La reconocí inmediatamente.

Era Vanessa, más joven, pero con la misma manera cortante de pronunciar cada palabra.

—Estás exagerando, Isabel. Nadie va a distinguir quién dibujó primero esas líneas.

—No se trata de distinguirlas. Se trata de respetar el trabajo de quien las creó.

Hubo un ruido, como si alguien hubiera movido una silla.

Después Vanessa habló otra vez.

—Si sigues adelante, no solo perderás el contrato. También perderás la oportunidad de dejarle algo a tu hija.

La grabación terminó abruptamente.

Me quedé mirando la pantalla.

Mi padre tenía los ojos húmedos.

—Nunca había escuchado esto.

—¿Crees que ella sabía que estaba siendo grabada?

—No lo sé.

Copié el archivo en dos memorias distintas y se lo envié a Sofía.

Minutos después, recibimos una llamada del abogado que había representado a Isabel en la disputa original. Tras revisar los documentos, confirmó que la grabación podía ser relevante, aunque tendría que verificar su autenticidad y el contexto legal antes de utilizarla formalmente.

No era una victoria.

Pero era la primera grieta en la historia que Vanessa había construido.

Aquella tarde, el comité del concurso confirmó que mi reclamación seguiría adelante. Mi participación no quedaría suspendida mientras revisaban las pruebas iniciales.

La decisión incluía una condición: tanto Brianna como yo tendríamos que presentar nuestros diseños ante un jurado independiente.

Mi hermana recibió la noticia antes que yo.

A las siete de la noche, apareció en mi taller sosteniendo el vestido que me había robado.

—Necesito hablar contigo —dijo.

No la invité a entrar.

—Habla.

Brianna miró hacia el pasillo para asegurarse de que Vanessa no estuviera cerca.

—Mamá dice que encontraste documentos de Isabel.

—Encontré la verdad.

—No sabes toda la historia.

—Entonces cuéntamela.

Apretó el vestido contra su cuerpo.

—Mamá me dijo que el diseño estaba disponible para que yo lo usara. Me aseguró que tú habías aceptado compartirlo.

—¿Y cuando descubriste que era mentira?

Brianna bajó los ojos.

Durante un momento, pensé que iba a disculparse.

En cambio, levantó la barbilla.

—Ya es demasiado tarde. La presentación está registrada con mi nombre. Si digo la verdad ahora, perderé todo.

—¿Y qué crees que perderé yo si sigues mintiendo?

No respondió.

Se marchó con el vestido en los brazos.

La observé alejarse y comprendí algo doloroso: mi hermana no necesitaba creer que era inocente. Solo necesitaba que el resto del mundo siguiera creyéndolo.

Aquella noche recibí otro correo del comité.

Debía entregar una descripción escrita de mi proceso creativo antes de las ocho de la mañana.

Adjuntaron una fotografía del diseño de Brianna para la presentación.

Cuando abrí el archivo, se me heló la sangre.

Su vestido no era solamente el mío.

Había incorporado detalles de tres bocetos inéditos de mi madre que yo había visto en la caja de Elena.

Detalles que jamás habían sido publicados.

Alguien había accedido a los documentos originales.

Y, al pie de la imagen, aparecía un título que reconocí de inmediato.

*Mareas de Luz: la colección perdida de Isabel Carter.*

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Brianna estaba a punto de presentar la obra de mi madre como si fuera suya.

Y esta vez, el robo sería público.

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