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Chapter 8: La traición del hombre que juró protegernos

Durante varios segundos, nadie se movió.

Daniel permanecía junto al automóvil, con el rostro desencajado. Mi padre tenía una mano apoyada en la barandilla del porche. Marcus nos observaba como si hubiera esperado años para pronunciar aquella acusación.

Yo solo podía pensar en una cosa.

El hombre que había identificado a mi padre por un reloj.

El hombre que había prometido ayudarnos a descubrir la verdad.

El hombre que había estado conmigo cuando encontramos la caja de seguridad.

¿Daniel había intentado matarlo?

—Eso es mentira —dije finalmente.

Marcus soltó una risa amarga.

—Ojalá lo fuera.

Daniel se acercó.

—No tienes ninguna prueba.

—Tengo más de la que imaginas.

Mi padre levantó la mano.

—¡Basta! No vamos a resolver quince años de mentiras gritándonos en un porche.

Se volvió hacia mí.

—Nia, entra. Te voy a contar lo que ocurrió.

Quería escuchar su versión.

Pero también quería respuestas inmediatas.

Miré a Daniel.

—¿Intentaste matar a mi padre?

Él me sostuvo la mirada.

—No.

Su voz era firme.

Sin embargo, cuando Marcus sacó un sobre de su chaqueta, Daniel retrocedió un paso.

Lo noté.

Y ese pequeño movimiento hizo que mi estómago se contrajera.

Marcus abrió el sobre y sacó una fotografía.

En ella aparecían mi padre y Daniel frente a un automóvil oscuro. La imagen parecía tomada de noche. Mi padre tenía una mano sobre el capó, mientras Daniel sostenía algo que no se distinguía con claridad.

—Esta fotografía fue tomada la noche del accidente —dijo Marcus—. Daniel fue la última persona que estuvo con él antes de que desapareciera.

—Eso no demuestra que intentara matarme —replicó mi padre.

Marcus lo miró.

—¿Vas a contarle lo que pasó con la transferencia de los dos millones cuatrocientos mil dólares?

Mi padre palideció.

Me volví hacia él.

—¿Qué transferencia?

Gabriel apretó los labios.

Marcus aprovechó su silencio.

—Tu padre descubrió que la empresa estaba moviendo dinero a cuentas que no podía justificar. Daniel era el encargado de supervisar parte de esas operaciones. Cuando Richard descubrió que tu padre iba a denunciarlo, organizó una reunión para resolver el problema.

—¿Y Daniel estaba allí? —pregunté.

—Sí.

Daniel negó con la cabeza.

—Estás omitiendo lo más importante.

—Entonces dilo tú.

Daniel miró a mi padre.

—Aquella noche fui a advertirle que Richard sabía lo que estaba haciendo. Le pedí que se fuera de la ciudad. Quería ayudarlo a escapar.

—¿Y por qué no lo ayudaste a volver con su familia? —grité.

Daniel cerró los ojos.

—Porque recibí amenazas. Me dijeron que si revelaba lo que sabía, matarían a Evelyn y a ti.

Mi padre dio un paso adelante.

—Daniel me ayudó a salir del automóvil después del choque. Yo estaba herido y apenas podía caminar. Me llevó a una clínica privada con un nombre falso.

Sentí un escalofrío.

—Entonces, ¿por qué todos creyeron que estabas muerto?

Mi padre bajó la cabeza.

—Porque el cuerpo que encontraron no era el mío. Era el de un hombre que murió en el accidente. Alguien colocó mi reloj entre sus pertenencias para que la policía me identificara sin investigar demasiado.

Miré a Daniel.

—¿Tú sabías que había otro cuerpo?

—Sí.

—¿Y dejaste que mi madre enterrara a un desconocido creyendo que era su esposo?

Daniel comenzó a llorar.

—Pensé que, si todos creían que Gabriel había muerto, Richard dejaría de buscarlo.

—Pero mi madre recibió llamadas de mi padre —dije—. Sabía que seguía vivo.

Mi padre asintió.

—Le pedí que guardara silencio. Creía que era la única forma de mantenerlas a salvo.

—¿Durante quince años?

—Cada vez que intenté regresar, Richard encontraba la manera de demostrarme que seguía vigilándolas. Cuando supe que Marcus se había acercado a ti, pensé que tal vez podría descubrir sus intenciones sin ponerlas en peligro.

Lo miré con incredulidad.

—¿Me dejaste enamorarme de él para usarlo como una investigación?

—No sabía que te enamorarías tanto.

Aquella respuesta me golpeó con más fuerza que cualquier grito.

—¡Era mi prometido! ¡Iba a casarme con él!

Mi padre bajó la mirada.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. Tú estabas escondido mientras yo lloraba en tu tumba. Estabas vivo mientras mamá trabajaba dobles turnos y yo me preguntaba por qué nos habías dejado.

Mi voz se quebró.

—No tenías derecho a decidir por nosotras.

Mi padre no intentó defenderse.

Marcus, en cambio, aprovechó el momento.

—Por eso tienes que escucharme, Nia. Yo no fui quien inició todo esto. Richard me pidió que me acercara a ti porque quería localizar los documentos de tu padre. Al principio pensé que solo necesitaba información sobre la herencia.

—¿Y cuándo decidiste acostarte con Vanessa?

Marcus apartó la mirada.

—Eso no tiene nada que ver.

—¡Tiene todo que ver! ¿Cuándo decidiste convertir mi vida en una mentira?

Él respiró profundamente.

—Me enamoré de ti.

Solté una carcajada llena de rabia.

—No pronuncies esa palabra.

—Al principio acepté el trato por dinero. Pero después las cosas cambiaron. Quise abandonar el plan.

—¿Y por eso falsificaste documentos para conseguir la casa de mi madre?

—Yo no falsifiqué esa firma.

Vanessa había aparecido detrás de la camioneta.

No la habíamos escuchado acercarse.

Llevaba una carpeta azul bajo el brazo.

—Lo hice yo —confesó.

Todos nos volvimos hacia ella.

Vanessa subió los escalones del porche.

—Richard me pidió que preparara los documentos. Me dijo que Evelyn ya había aceptado vender la propiedad. Marcus debía conseguir que Nia firmara después de la boda.

—¿Y mi cabello? —pregunté.

Vanessa bajó los ojos por un instante.

—No estaba en el plan.

—¿Entonces por qué lo hiciste?

Ella apretó la carpeta.

—Porque estaba cansada de ser la mujer que se quedaba detrás de ti. Todo el mundo hablaba de tu boda, de tu vestido, de tu familia perfecta. Marcus siempre decía que tú eras la mujer que tenía que elegir.

—¿Así que decidiste humillar a mi madre?

—Quería que la boda se cancelara antes de que él cambiara de opinión.

Miré a Marcus.

Él no pareció sorprendido.

Y comprendí que aquella relación no era una aventura impulsiva. Vanessa había estado involucrada en el plan desde mucho antes de aquella mañana.

—¿Qué hay en esa carpeta? —pregunté.

Ella la sostuvo contra el pecho.

—La prueba de que Richard no actuó solo.

Daniel se acercó.

—Dámela.

Vanessa retrocedió.

—No.

—Vanessa, si quieres evitar que te acusen de fraude, necesitas entregar esos documentos.

Ella lo miró con desprecio.

—¿Y tú vas a darme lecciones de honestidad?

Sacó una hoja y me la entregó.

Era una transferencia bancaria realizada hacía seis meses. El destinatario era una cuenta privada a nombre de Richard Cole.

El monto era de cincuenta mil dólares.

Debajo aparecía el nombre de quien había autorizado el pago.

Daniel.

Sentí que el mundo volvía a detenerse.

—¿Tú le pagaste a Richard? —pregunté.

Daniel se pasó una mano por el rostro.

—No es lo que parece.

Mi padre retrocedió.

Vanessa sonrió sin alegría.

—Eso es exactamente lo que decía Marcus cada vez que descubríamos una nueva mentira.

Daniel intentó acercarse a mí.

—Nia, escúchame. Ese dinero fue para mantener a tu padre escondido.

Mi padre lo miró horrorizado.

—Yo nunca recibí ese dinero.

Daniel se quedó inmóvil.

Y entonces comprendí que el hombre que había prometido protegernos podía haber estado utilizando el nombre de mi padre para financiar algo mucho más oscuro.

Antes de que alguien pudiera hablar, el teléfono de Vanessa sonó.

Ella contestó.

Escuchó durante unos segundos.

Después me miró directamente.

—Richard sabe que encontraste a tu padre —susurró—. Y acaba de dar la orden de destruir todas las pruebas.

La llamada terminó.

Daniel corrió hacia el automóvil.

Pero mi padre lo sujetó del brazo.

—Esta vez no vas a desaparecer antes de decirnos la verdad.

Daniel se volvió lentamente.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—No entiendes, Gabriel. Richard no es el único al que debemos temer.

Miró a mi padre.

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Después me miró a mí.

—El dinero nunca fue suyo. Y la persona que ordenó el accidente sigue viva.

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